08 febrero 2015

la semana más fría del año

la semana más fría del año puede ocurrir en cualquier momento aunque siempre es, por supuesto, el menos esperado, cuando uno creía que no podría suceder porque era imposible, porque no había indicios ni señales, ni el cielo había enrojecido, ni los pájaros volaban en dirección opuesta a la tormenta. puede que suceda a principios de agosto o puede que empiece un dos de febrero a las diez de la noche. en punto. puede incluso, en ocasiones muy especiales, suceder dos veces en un mismo año. es algo infrecuente, cierto, pero ha llegado a suceder. yo lo he visto. 
la semana más fría del año no acarrea nieve ni tampoco vientos huracanados que arrasan con las palmeras y los techos de madera de las cabañas al lado de la orilla. en realidad, durante esa semana se pueden alcanzar máximas de cuarenta y tres grados a la sombra a las siete de la tarde. aunque también puede coincidir con una mañana plácida de finales de abril, cuando el día es largo, la brisa fresca y el sol abriga, pero no abrasa. puede coexistir con el segundo orgasmo de una pareja de enamorados -o desconocidos- que se corre al mismo tiempo mientras se miran a los ojos y susurran que se aman en la habitación contigua. con atrapar una mosca y arrancarle lentamente sus alas vidriosas con la punta de unos dedos manchados de culpa, semen y sollozos. o con la espera de esa llamada que no va a cambiar el rumbo de ninguna vida, de ese premio que no hace célebre ningún trabajo o de ese tren que no es un tren, sino una trampa. 

los síntomas a lo largo de esa semana son distintivos: el cuerpo se vuelve ingrávido, transparente, anecdótico. el corazón, por supuesto, sigue latiendo y por las arterias corre la sangre espesa y viva. las rodillas se mueven cuando así lo ordena el cerebro y el aparato digestivo está preparado para convertir el alimento en energía. pero durante esa semana no hay alimento, no hay movimiento y los latidos apenas se perciben. nada debe entorpecer la mente, el pensamiento, las ideas. las culebras y el veneno. las vísceras y el aullido. la locura se instala cómodamente en la cuna donde reposar la cabeza. la cólera hace el resto. no hay tregua. no hay tiempo muerto. no hay hambre ni sed ni tan siquiera una herida abierta, palpable, por dónde meter el puño y sujetar los órganos vacíos. hay vómito y lágrimas y vino oscuro para ganarle a la noche unos minutos de sueño. los días diáfanos son noche. las risas de otros son noche. el consuelo ajeno es noche. el tiempo lo cura todo es noche. cuantos más kilos de carne fértil se pierden más se gana en deformidad, en visiones tóxicas, en recuerdos infecciosos, rotos. 
a lo largo de esa semana se padece una amputación por minuto, un aborto cada media hora y los desgarros, que producen regueros de palabras invisibles, son constantes y desmedidos. el centro de gravedad se desplaza cien metros por debajo del subsuelo y la única vocecilla que se escucha por la calle, en la cama, entre los pilares inservibles de una casa en ruinas, es la de una niña muda, sin piernas ni manos, con garfios oxidados en los ojos, que suplica que te agazapes a su lado. y uno lo hace. sin dudarlo. obedece, la abraza y se deja arañar por esas puntas metálicas hasta que los cortes son caricias y la sangre… la sangre es siempre sangre. 
y sin embargo, aunque pudiera parecer lo contrario, poco de lo detallado hasta ahora es comparable con lo que puede acontecer después. en realidad, para seros sinceros, poco de lo descrito es preocupante o terminal. en serio, no lo es. lo peor, el capítulo más viciado y demente de este periodo escueto, es que al terminar la semana más fría del año empieza el verdadero invierno, siberia, un desierto de nada: abrir los ojos, apartar las sábanas, levantarse. aceptar. acostumbrarse.


(para los que se quedan)