08 octubre 2015

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alfredo reconoció de inmediato al alumno cuando este salió del portal y se alejó en dirección opuesta. era un chico alto y muy delgado, demasiado. andaba encorvado, con la cabeza gacha, las manos en los bolsillos y los brazos pegados a las costillas. parecía agotado. en clase solía estar callado y sus notas estaban en la media. sólo le había escuchado la voz cuando le había preguntado algo directamente y recordaba que sus respuestas eran breves y torpes. era evidente que no le gustaba ser el centro de atención y mucho menos hablar en público. por ese motivo alfredo dejó de preguntarle y optó por otros alumnos que dieran más juego a debates polémicos, de esos que terminaban con la clase dividida, comentarios improcedentes, algún insulto y ninguna conclusión. intentó recordar su nombre, pero le fue imposible y pensó que de regreso a su casa miraría las listas que la secretaría de la universidad le pasaba puntualmente en cada inicio de curso. llamó al timbre del portal y luego el ascensor con el temor de que el chico saliera del mismo lugar adonde él se disponía a entrar. la sola idea hizo que se estremeciera. sintió una mezcla de pudor y de rechazo. el chico tendría unos veintiún años, era un crío, aunque sabía que las cosas habían cambiado mucho desde que él había tenido veintiún años. descartó la idea, le era más cómodo y no tenía ganas de que esa imagen que ahora le rondaba por la cabeza empañara su inminente cita. en el mismo inmueble había una decena de viviendas y lo más probable era que hubiera visitado a alguien. unos abuelos, un amigo. el ascensor llegó a la planta seis y ana julieta, la dueña, lo recibió en la puerta como hacía siempre. 
-don alfredo, qué ilusión verle. 
-julieta –dijo él- lo mismo digo. 
la mujer lo abrazó con sus brazos rechonchos. 
-entre, por favor. bibiana está ya casi a punto. ¿quiere toma algo mientras tanto? 
alfredo entró al piso y olió ese perfume dulzón y empalagoso que impregnaba todas las habitaciones, sábanas y chicas. se quitó la chaqueta y se la dio a ana julieta que seguía esperando la respuesta de su cliente, pero él la había olvidado y tenía más prisa que de costumbre para ver a bibiana. 
-¿cómo va todo, don alfredo? 
-ese chico… - se sorprendió diciendo, con la imagen todavía del muchacho apresurando el paso a su salida del edificio. ana julieta clavó sus ojos azules en el hombre. 
-¿qué chico? -nada, nada. perdone. cosas mías. todo va estupendamente bien. enseñando a los chicos, como cada año, a ver si convertimos a alguno en un hombre de provecho y terminando mi cuarto libro. 
-eso es estupendo. me alegro mucho por usted, don alfredo. déjeme que vaya a colgar su chaqueta y regreso en seguida. tome asiento, por favor. 
ana julieta desapareció detrás de unas cortinas tupidas que separaban la zona pública de su pequeño despacho y de la aún más pequeña cocina para las chicas. el hombre había estado un par de veces, cuando ana julieta no estaba en el piso y bibiana le había asegurado que no pasaba nada por entrar un momento. habían sido las dos únicas ocasiones en las que alfredo había podido observar a bibiana haciendo algo que no tuviera que ver con su trabajo y en ambas ocasiones había disfrutado de verla con una bata de mercadillo, larga hasta los tobillos, con los bolsillos laterales llenos de pañuelos de papel, limpiando la cafetera y quejándose airosamente porque las demás chicas eran unas despreocupadas y unas guarras. le preguntaría a bibiana. sabía que ana julieta no iba a contarle nada, mucho menos de quién entraba o salía de su negocio. para eso era la jefa y debía dar ejemplo de la profesionalidad y privacidad con la que se anunciaba en los periódicos, pero bibiana era otra historia. a ella le gustaba hablar y estaba acostumbrada a hacerlo con él cuando habían terminado y permanecían unos minutos en la cama, ella esperando a que él recuperara el aliento y él esperando a que ella le informara de que había terminado su hora. el hombre apenas había abierto uno de los periódicos cuando bibiana entró en la sala con ana julieta a su lado. 
-bueno, don alfredo, le dejo en buenas manos –dijo la dueña soltando del brazo a su trabajadora y dejando que esta se le acercara para darle dos besos en las mejillas. 
-qué guapo estás hoy –soltó la chica, entre risas. 
-ya sé que no es verdad, bibi, pero gracias. 
-no diga eso, don alfredo. está usted estupendo para la edad que tiene. ya les gustaría a muchos de esos universitarios suyos estar como usted, se lo aseguro –sentenció la dueña. 
alfredo sonrió y negó con la cabeza. bibiana se despidió de su jefa y, cogida ahora al brazo de su cliente, lo condujo hasta la habitación siete, la preferida del hombre por estar alejada de la sala de espera. le molestaba el ruido del timbre, los constantes pasos de los demás clientes yendo y viniendo y sobre todo la voz de ana julieta, aguda y penetrante, dando la bienvenida o despidiéndose con esa misma atención forzada con la que le había recibido a él. también era la habitación más austera, la que recordaba más un hotel de las afueras que un prostíbulo decorado con espejos de cuerpo entero y cuadros de ingres enmarcados en oro. y no es que al hombre le molestara reconocer que iba de putas una vez a la semana, ni mucho menos, pero consideraba que esa parte de su vida era privada y que, por lo tanto, no debía importarle a nadie más. de esta misma forma, privadamente, trató también las dos relaciones que tuvo después de enviudar y que terminó de mala manera porque las dos le exigían un compromiso que él ya no estaba dispuesto a dar o el tumor benigno que le extirparon en el estómago o sus vacaciones en creta del año pasado. 
bibiana llevaba su conjunto de ropa interior preferido, de color blanco, semi transparente, sencillo y elegante que contrastaba con su piel morena y hacía resaltar su culo voluminoso y firme. se había adelantado unos pasos para que alfredo pudiera recrearse en esas vistas carnosas y bamboleantes de las que muy pronto iba a poder disfrutar. la chica llegó a la puerta de la habitación, la abrió con una llavecita dorada que guardaba en la mano y esperó a que su cliente pasara primero y comenzara a desnudarse, aunque esta vez el hombre se quedó plantado en medio de la habitación, de espaldas a la cama enorme que olía a perfume dulzón y empalagoso. ella se le acercó y, viendo que él no hacía ningún gesto y permanecía quieto, comenzó a desabrocharle la camisa. él la dejó hacer, más ausente que atento a las manos de la chica, hasta que ella llegó al último botón, deslizó las mangas por sus brazos flácidos y fue a colocarla en el respaldo de una silla para que no se arrugara. él siguió sin moverse y a ella le pareció divertido. no solía ser habitual en él. estuvo a punto de preguntarle a qué se debía esa nueva actitud pasiva, pero acostumbrada a ver y a poner en práctica deseos mucho más peculiares, continuó con su labor de desnudar al hombre con sus habilidosos dedos en la hebilla del cinturón. 
-bibi, espera un segundo. 
ella se detuvo y miró al hombre. 
-claro. ¿pasa algo? 
-hoy, al llegar, he visto salir a un chico del portal. 
la mujer siguió mirando al hombre, apartó su mano y se alejó un paso para ver mejor su expresión grave. 
-es una tontería mía. nada serio, no te asustes. sólo quería saber si es cliente vuestro. 
-no conozco a todos los clientes, eso ya lo sabes. aquí entra y sale todo dios a todas horas. hombres que vienen un día y luego desaparecen. apenas me acuerdo de las caras o de los nombres de los habituales, imagínate de los demás. 
-de este te acordarías. es muy joven. alto y delgadurrio, con el flequillo largo. 
la mujer se quedó pensativa unos instantes. no estaba intentando recordar, pero le gustaba la atención con la que alfredo la miraba, expectante por conocer una información que sólo ella iba a poder proporcionarle. 
-¿casper? –titubeó finalmente. 
-¿cómo? 
-lo llamo así, en privado, claro. es tan blanquito que no se me ocurrió mejor apodo. 
-¿sabes su nombre? 
-mmm… jorge, creo. no, espera. no era jorge. joaquín, sí, eso es. 
-¿es cliente tuyo? 
-ay, por favor. no me digas que a estas alturas te vas poner celoso, eh, alfredo. ya sabes que no eres el único y que… 
-qué va, bibi. no va por ahí la cosa. ya soy muy viejo para estas tonterías de celos. dime, ¿es cliente tuyo? 
la mujer dudó. él insistió. 
-bueno… quizá, no lo sé 
-bibi, por favor. 
-qué raro estás hoy, cariño. viene y luego puede estar un tiempo largo sin aparecer. es un crío, tendrá sus historias, como todos. no he hablado más de dos frases con él y sólo sé que se llama así. poco más–dijo finalmente, temiendo haber hablado más de la cuenta y tener problemas con la discreción de la que se jactaba siempre su jefa. 
él acarició su pelo largo y se acercó hasta sentir su aliento. 
-está bien, da igual. era sólo una tontería. 
a continuación cogió sus manos finas y las volvió a poner en la hebilla. bibiana le bajó los pantalones, los calzoncillos y lo acompañó a la ducha antes de secarlo, tumbarlo en la cama y montarse encima de él. 

joaquín dos leyes rojas, leyó en la pantalla de su portátil cuando llegó a casa, horas después. había un jorge, un poco más abajo. jorge lópez lópez. joaquín o jorge. decidió que el chico tenía que llamare joaquín. se había corrido rápido, sin ganas, como un trámite pesado que había que pasar antes de poder volver a su piso. bibiana, por el contrario, se vanaglorió de haber mejorado sus trucos y técnica con él y, viendo que aún faltaba media hora para que terminara su turno, procedió a manosearle las ingles. él negó con la cabeza y le pidió que parara. se vistió deprisa, con la camisa mal abotonada, los calcetines del revés y se marchó quince minutos antes de lo pactado. también ana julieta se extrañó al verlo salir de la habitación con tanta urgencia, pero una vez hubo cobrado y apuntado una nueva cita para la semana siguiente dejó de preocuparse. había estado pensando en el chico todo ese tiempo desde que bibiana había admitido que también era cliente suyo. había imaginado la entrada tímida y silenciosa del muchacho al piso de ana julieta, en la elección de la puta con la que iba a acostarse, por qué bibi y no otra. había imaginado su cuerpecillo esquelético y liviano envuelto por las carnes rotundas de la chica. no pudo evitar preguntarse de dónde sacaba el dinero, de si trabajaba en algún restaurante de comida rápida o si su padre le pasaba una paga semanal para esos caprichos de crío, de si tenía una novia, varias, o no se le levantaba. joaquín dos leyes rojas. cómo no le había llamado la atención semejante nombre cuando le pasaron la lista de alumnos. tenía nombre, pensó, de personaje atormentado y marginal de novela negra, de ese tipo de novelas que podía escribir cualquiera de sus colegas de profesión, ganadores de un premio literario secundario para escritorzuelos sin talento. y sin embargo el muchacho, con ese cuerpo nimio, el flequillo lacio, pardusco y los andares como queriendo pasar desapercibido de su propia sombra era todo lo contrario a un personaje digno de mención en cualquier novela, por muy mala que esta fuera. 
cerró la lista de nombres y respiró profundamente. luego abrió el borrador de su cuarto libro, todavía sin título, y fue a la última página que releyó deprisa y sin prestar mucha atención. suprimió un párrafo, escribió otro más breve y confuso y lo volvió a borrar. olía a bibiana, ese olor dulzón y familiar, ahora molesto y extraño, fuera de lugar, y advirtió que todavía llevaba la misma ropa que cuando había salido de su cama. pensó que probablemente, a estas horas, también su alumno olía igual que él y la idea le pareció más graciosa que incómoda. quizá si el chico era menos escrupuloso que él podría oler ese mismo perfume en su clase al día siguiente. planeó pasearse por entre las mesas de los alumnos, como hacía cuando necesitaba que le prestaran atención, y se acercaría al crío sin necesidad de disimular para comprobar su olor, aunque eso le pareció poco. se levantó de su escritorio agitado por la idea. se quitó la ropa, arrugó la camisa entre sus manos, la olió y luego la dejó en el suelo con el resto de prendas. se metió en la ducha y enjabonó a consciencia todos los pliegues de su cuerpo anciano. antes de quedarse dormido pensó que, le gustara o no, lo haría hablar en clase al día siguiente.

vio al chico en el pasillo, de lejos. desvió la mirada hacia joaquín el suficiente tiempo como para que su interlocutor girara la cabeza en la misma dirección e interrumpiera su conversación un segundo. joaquín no se dio cuenta. hablaba por el móvil, sin expresión alguna en su cara medio oculta por su flequillo largo. pasó por el lado del profesor sin saludar, sin verlo, y entró en clase donde se sentó en las filas de en medio, tal y como solía hacer. el profesor entró pocos minutos después y las voces de los alumnos fueron silenciándose a la espera de que él comenzara su exposición. 
-señor joaquín dos leyes rojas –pronunció después de desear a los estudiantes un “buenos días” que quedó sin contestar. 
el chico saltó sobre su silla y algunas risitas se escucharon a su alrededor. los dos hombres se miraron. alfredo sonreía. joaquín ni tan siquiera parpadeaba. nunca antes se había dirigido a un alumno llamándolo “señor”. 
-me gustaría, por favor –continuó-, que me resumiera nuestra última clase. 
los alumnos se miraron extrañados. tampoco antes el hombre les había pedido algo así y todos, menos joaquín, se sintieron aliviados por no ser ellos los escogidos para semejante tarea. el profesor mantenía su sonrisa hierática mientras avanzaba unos pasos hacia él. joaquín cerró la libreta en la que había garabateado algo y que no quería que su profesor viera, se apartó el flequillo con sus manitas pálidas y aniñadas y carraspeó. 
-no pude venir a esa clase, lo siento –dijo con un hilo de voz asustadizo cuando el maestro se paró a su lado y lo miró por debajo del hombro. 
-vaya. 
alfredo aspiró profundamente y a continuación exhaló el aire con lentitud. 
-en ese caso, -prosiguió, evitando mostrar ninguna reacción- alguien podría contarme qué pasó en la anterior clase. 
el silencio se hizo más solemne y amenazante. alguien tosió en las últimas filas. joaquín tragó saliva y bajó la mirada. alfredo se giró y volvió sobre sus pasos hasta llegar a la pizarra en blanco que presidía el aula. el chico soló olía a miedo y a duda y sintió pena por él y asco por sí mismo.

intentó mantenerse alejado de él. apenas lo miraba cuando el chico se presentaba en clase y no se le volvió a ocurrir preguntarle nada más y aun así, cuando sabía que estaba despistado mirando por la ventana o hablando con algún compañero, se descubría observándolo de reojo, atento a algún detalle sin importancia que le indicara qué tipo de persona era. cómo vivía y qué le gustaba, aparte de las putas. releía sus trabajos con detenimiento. de hecho, a pesar de las quejas de los estudiantes, comenzó a mandar más tareas sólo para descubrir algún secreto de joaquín. corregía incluso las comas que el alumno ponía sin criterio y se explayaba en comentarios que no sabía si él iba a leer o ni tan siquiera a apreciar. no era un buen alumno. se defendía lo justo, le faltaba vocabulario y capacidad para argumentar. sus notas distaban mucho de ser prometedoras y a pesar de tan poca brillantez, perdía más el tiempo sumergido en sus palabras toscas que en su cuarto libro que hacía semanas que no avanzaba. 
no coincidió más con él en el portal ni mucho menos en la sala de espera de la casa de ana julieta. cambió sus citas alguna vez, por si había suerte y lo veía, aunque tampoco sabía qué hubiera hecho o dicho de haberlo encontrado allí, saliendo de la habitación con el flequillo despeinado, quizá con las mejillas con algo más de color, de la mano de bibiana. en algún momento creyó que todo había sido un error, una confusión, que joaquín dos leyes rojas jamás había pisado semejante antro. tenía veintiún años, no era su lugar en el mundo, todavía. a bibi le preguntó un par de veces, pero la chica se había asustado con tanto interés y se negaba a dar ninguna información. 
-eso es privado, alfredo. 
-antes no lo era. 
-¿qué te pasa con el crío, ese? ¿ahora te gustan los niños? 
-qué tonterías dices, joder. no es nada de eso. es sólo curiosidad. al fin y al cabo compartimos a la misma puta. 
-como muchos otros. 
-creo que es uno de mis alumnos –se justificó. 
-seguro que aprende más de mí. 
-no lo dudo, pero dime, ¿ha venido últimamente? 
-¿y tú has venido aquí a hablar o a follar? –decía riéndose, quitándole importancia al asunto, bajando sus bragas finas hasta las rodillas y esperando que el cliente desviara toda su atención hacia derroteros más carnales. 
terminó por dejar de preguntar y pidió a ana julieta de conocer a otras chicas. la dueña se inquietó y, mostrándole una preocupación exagerada, le preguntó si bibiana había hecho algo inadecuado. él la tranquilizó y sólo puntualizó que le apetecía un cambio. ella asintió, satisfecha con la escueta explicación, y apoyó al hombre con esa frase tan manida y resignada de que los cambios eran siempre buenos. luego cobró lo estipulado y le presentó a tres mujeres que sacó de la cocina apresuradamente y que le regalaron arrumacos, tocamientos y halagos reusados al oído. las tres le parecieron una copia mala de bibi. 

terminó su cuarto manuscrito. era una novela corta que se leía en una tarde y que consiguió una segunda reimpresión meses después de su publicación. sus colegas de trabajo lo felicitaban constantemente por los pasillos de la universidad y algunos medios locales se acercaron a su despacho para entrevistarlo y hacerle fotos que acompañarían sus respuestas de escritor, por fin, reconocido. también sus alumnos, los que habían mantenido más relación con él a lo largo del curso y lo alababan para sacar mejores notas, le insistían en lo mucho que les había gustado el libro. joaquín, como era de esperar, no se acercó nunca. su interés por el alumno se fue desinflando a medida que fue acostumbrándose al cuerpo de la nueva chica de la que nunca recordaba el nombre. era todo lo contrario a bibi: menuda, rubia, poco habladora y demasiado atenta. la veía una vez a la semana y podía adivinar que, a pesar de sus esfuerzos para aparentar lo contrario, odiaba su trabajo, a los clientes y a ella misma. él nunca le preguntó qué hacía allí metida, con tanto asco dentro. se concentraba únicamente en obtener su propio placer y luego se marchaba a casa, olvidándose de esa mirada apática e infeliz y esas manos frías y automáticas. algunas veces, en el pasillo o en la puerta podía escuchar la voz de bibi en la cocina y en una ocasión, a pesar de la discreción que intentaba mantener ana julieta para que los encuentros entre clientes y trabajadoras se redujeran a cero, la vio salir de una de las habitaciones enfilada en unos tacones altos y con un postizo de pelo que le rozaba el culo al caminar. ella también lo vio, le sacó la lengua, divertida y despreocupada, y sonrió. 

dos semanas antes de que terminara el curso tuvo ocasión de llamar a joaquín a su despacho. el trabajo que había presentado el chico era la copia exacta de otro que un alumno conocido había hecho el año anterior. no le hizo falta llegar a la segunda página para comprobar que la redacción no era la del alumno, como tampoco lo eran las expresiones, ni mucho menos la calidad. a estas alturas conocía bien su mediocridad y sin embargo lo leyó entero buscando algo suyo, propio, pero no encontró nada, aparte de su nombre escrito en la portada: joaquín dos leyes rojas. durante dos días acarició la idea de llamarlo al salir de clase, esta vez asustarlo con motivo, sentarlo unos minutos en su despacho, cara a cara, y preguntarle por qué había hecho semejante estupidez, a estas alturas del curso, aunque en realidad eso le daba igual. de haberlo tenido delante sólo le hubiera querido preguntar por bibi, por sus encuentros, por qué y cómo pero sabía bien que sus preguntas iban a causarle más problemas que respuestas. acabó por tirar el trabajo en el montón de tareas corregidas, con un comentario vago y un cinco coma cinco que tapaba parte del nombre del estudiante. al día siguiente los repartiría, felicitando a los que habían obtenido buenas calificaciones y callándose cuando no hubiera nada que decir. 

2 comentarios:

  1. Durante una parte del relato me ha llegado la pregunta de bibiana: ¿Y tú que tienes con el crío ese? Es la misma pregunta que el lector se hace a lo largo de la historia. Y como no nos tratas como a tontos, nos delegas una parte del trabajo. Lo que más distingue tu estilo es que es una narrativa de lo sugerente. Misterioso e inteligente. En realidad yo ya tengo mis ideas sobre lo que le ocurre al viejo profe con Joaquín "tengo un apellido impresionante". Pero no estropearé a nadie su relato que ya está perfecto como está.
    P.D: Nunca sabré como entras en otras vidas de forma tan verosímil. Eres desconcertante. La única bloguera de la que no tengo imagen mental. Eres legión.

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  2. Hey, sí, seguimos en pie. Ahora hemos vuelto para quedarnos de veras. Creo. Abrazos.

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