16 agosto 2015

Dejó de oír los boletines meteorológicos. Aceptaba el tiempo según se presentaba, con su fría lluvia y sus días ventosos y los grandes peñascos cheposos en los campos inclinados, como emblemas de clanes, palpitantes de luz de tormenta, historia y tiempo. Cortaba leña. Se pasaba horas frente a la pantalla del ordenador, contemplando un vídeo en directo filmando en el arcén de una autopista de dos carriles situada junto a una población finlandesa. Era medianoche en Kotka, Finlandia, mientras ella observaba la pantalla. Le resultaba interesante porque estaba ocurriendo en ese momento, con ella allí sentada, y también porque ocurría veinticuatro horas al día, de forma anónima, con los coches que entraban y salían de Kotka, o simplemente con la carretera vacía en tiempo muerto. El tiempo muerto era lo mejor. 
Permanecía allí sentada, observando la pantalla. Le resultaba fascinante, y lo bastante real como para soportar la circunstancia de que no ocurriera nada. Se alimentaba de esa circunstancia. Eran las tres de la madrugada en Kotka y ella espraba a que pasara un coche, aunque luego ni siquiera se preguntaba quién viajaría en su interior. Se trataba simplemente del hecho de la existencia de Kotka. De la sensación de organización, de lugar contenido en un marco perpetuo mientras existe y mientras uno lo contempla, con la hora local detallada en una ventana digital situada en una esquina de la pantalla. Kotka era otro mundo, pero ella podía verla en toda su realidad, en sus horas, minutos y segundos. 
Imaginaba que tal vez habría alguien que se masturbara con aquello, con la aparición de un automóvil camino de Kotka en mitad de la noche. Al pensarlo le entraban ganas de reír. Cortaba leña. Todos los días reservaba algún tiempo para la webcam de Kotka. Ignoraba el sentido de aquella filmación, pero la aceptaba como un acto de poesía suspendida. Cuando más le gustaba era durante el tiempo muerto. Le vaciaba la mente y le permitía experimentar el profundo silencio de otros lugares, el misterio de ver, al otro lado del mundo, un lugar despojado de todo menos de una carretera que se aproxima y se aleja, como dos realidades simultáneas, y los números que cambiaban en la ventana digital con una urgencia peculiar y vacua de minutos que crecen en dirección a la hora, y ella seguía allí sentada y miraba la pantalla, esperando a que en la carretera se formara la silueta fugaz de algún coche. 

Body art, D. Delillo

2 comentarios:

  1. Vaya. Al principio te he confundido con Delillo. Otro creador de atmósferas. Otro malsano genial. Y ese libro en particular no lo he leido. Aun me reservo cuatro o cinco suyos de los publicados aqui.

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  2. Yo creo que me habría preguntado quién iba en el coche. O me lo hubiera inventado, llegado el caso.

    Me ha encantado <3

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