18 enero 2015

el primer muerto que vi en mi vida se llamaba felipe ruiz 
setenta y pico
enfermo desde hacía tiempo 
había estado en áfrica -no sé qué había hecho allí- 
era lo que solía recordarse a si mismo 
para darse ánimos, para hacerse fuerte 
para cuando la enfermedad lo postraba en la cama 
lo hacía toser, arrugarse, escupir sangre, mearse encima, 
otra sesión de quimio 
otro tratamiento que tal vez 
al lado de su esposa amalia 
que lo limpiaba, lo cuidaba y esperaba a su lado 
hasta que él se dormía y descansaba. 
felipe ruiz, se llamaba 
yo no lo conocía de nada 
nunca había visto a un muerto 
ni pisado un tanatorio. 

el padrastro de una compañera del trabajo que tampoco conocía demasiado bien. 
por eso sabía de la existencia del hombre. 
por eso y nada más. 
su nombre aparecía en la pantalla de la entrada, junto a otros, en mayúsculas, letras blancas sobre fondo azul. sala a8. 
a la izquierda los baños, a la derecha la cafetería 
enfrente un pequeño jardín con bancos donde salir a fumar 
era preferible perderse a preguntar 
aunque supimos llegar porque hay cosas que hay que hacer 
cumplir 
protocolos 
todos se levantaron, menos el muerto 
qué detalle, gracias por venir, son cosas que pasan 
sí, mejor así, ése es tal ésa es cual, queréis tomar algo 
la sala a8 tenía cuatro sofás granates, una lámpara de pie, una vidriera cromada, un carrito con agua, zumos, cafés y pastas 
nadie comía. nadie lloraba. nadie hablaba de verdad. 
lo importante era estar, acompañar, sujetar por si alguien caía 
y eso lo sabían hacer todos bien. 
bebimos café y encontramos parecidos entre primas, tías y hermanos 
en algún momento amalia sonrío y asintió. luego agarró el bolso como si quisiera marcharse y volvió a mirar al suelo. 
tenía los párpados hinchados y los ojos azules.
vestía de negro y había tomado un baño a las cinco de la mañana porque no podía dormir, nos contó su hija
como si ella estuviera en otra parte.
buscamos otros temas de conversación 
improvisamos cautamente 
las primas salieron a fumar 
dejamos los vasos vacíos de café en los reposabrazos 
una anciana asomó la cabeza y preguntó por montse solanas 
no, aquí está felipe ruiz, indicó la esposa del difunto
todos la miramos. dejamos de improvisar. 

fue amalia quien preguntó. quien invitó. quien nos ofreció verlo. 
había en su tono más ruego que posibilidad 
más cercanía que trámite incómodo 
más temblores que entereza 
ha quedado muy bien, dijo 
como último recurso para convencernos 
para dejarnos llevar 
y horrorizada (no tanto por ver a un muerto, mi primer muerto, sino por ver a un desconocido, a uno cualquiera, a un anónimo que me era del todo indiferente en la última escena más íntima de su vida. aunque estuviera muerto) entré a la sala contigua a la a8 donde felipe ruiz yacía entre sábanas blancas satinadas, rodeado de rosas rojas, los ojos cerrados, las manos juntas en el pecho, la piel amarillenta, el semblante de hombre tranquilo que duerme. 
lo observamos. lo contemplamos. nos fijamos en sus arrugas y sus labios agrietados. lo miramos sin que él pudiera defenderse, opinar, soltar un taco y pedir que nos largáramos. 
sí, ha quedado muy bien, le aseguramos a amalia 
y justo allí, al lado del muerto que había quedado tan bien recuperamos un par de temas triviales 
porque hay cosas que hay que hacer 
cumplir 
ejecutar
estar a la altura 
por si alguien se cae.

3 comentarios:

  1. El otro día estuve en el tanatorio visitando al padre de un amigo. Todo fue como lo cuentas salvo por los detalles que también fueron así pero ni había reparado. Porque aquí desgranas hasta el último detalle. Aahora incluso recuerdo de forma distinta esa tarde. La veo mejor, se me mezcla el recuerdo con tu literatura. Es como si la hubiese vivido con miopía y al verla con tus ojos de escritora me hubiese puesto unas gafas bien graduadas.

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  2. Terrible.
    Sí, en ocasiones evitar la debacle.
    Besos de siempre

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