21 agosto 2014

sin ellos hubiera descubierto todo un poco más tarde, tal vez nunca. 
otras cosas. 
lo justo. 
puede que nada. 

me besó en junio, de noche, primerizos, rodeados de otros borrachos que se besaban con las mismas intenciones. 
las mismas náuseas. 
los vómitos, a la luz del día, junto a los árboles, se habían resecado. 
también nosotros nos marchitamos deprisa. 
había que beber de otras manos, sorber de otros cuerpos 
libar de otras fuentes, aunque supieran a sal. 
sangré la primera vez, en la cama de sus abuelos 
me partí en dos y gemí de dolor. miramos de reojo mis muslos manchados, yo avergonzada y quieta. él no sabía nada. 
me acompañó a casa en su coche, de madrugada, callados. 
quitó la música, se le fueron las ganas y yo esperé su llamada todo un verano en el que heló más que cualquier diciembre. 
me burlé de sus trucos falsos, sus palabras vacuas, sus patéticos rituales 
para terminar follando en los baños encharcados de cualquier bar, 
con la puerta entreabierta y la música suficientemente alta como para acallar un nombre tóxico 
ciega de gramos que me pretendían ser feliz 
aunque por dentro me acuchillaban cristales afilados y recuerdos nocivos. 
desperté al lado de alguien que susurró un “te quiero” 
asustadizo y sincero. 
y me quedé sin respuesta, muda, 
exiliada entre el hueco de su clavícula y su cuello. radiante. 
nos preparamos desayunos que excedían nuestro hambre, pero jamás ese apetito que iba a hacernos especiales, únicos, diferentes 
cotidianos, acostumbrados, tirando a normales 
grises, aburridos, insultados. odio. 
odié. 
odié hasta convertir mis demonios en el cortejo perfecto, 
temblaba ante ellos, bailaba entre ellos. me dejé abatir.
atendí sus aullidos con obediencia devota 
sus zarpazos con la piel llagada 
sus normas como un nuevo dogma al que acogerme y loar. 
confié en el tiempo, que lo cura todo si es que uno quiere, 
y si no, también. 
“tu problema” me dijo uno después de pagar sesenta euros por una hora en la que acabé con su caja de pañuelos de papel “es que piensas demasiado”. 
pensé demasiado en pensar demasiado. 
apreté las mandíbulas antes de llorar. antes de reír. antes de bajarme las bragas. después de dar un portazo y huir de lo mejor para mí, de lo que me convenía. 
de lo que iba a hacerme cabal 
conté hasta diez, hasta mil. 
dejé de contar cuando nos derrumbamos abrazados en el suelo porque ya no se podía caer más bajo. 
y aprendí a decir adiós mucho antes que tal vez 
porque cuando algo empieza también ha comenzado a terminar
y cuando algo termina hay que empezar a olvidar. 

sin ellos hubiera sido otra, otra distinta. todo lo contrario. lo justo. puede que nada.