18 enero 2014

patrones

que a amanda la hubieran dejado plantada en el altar hace treinta y dos años debería ser, a día de hoy, con tanto tiempo de por medio, algo como mínimo anecdótico. algo de lo que poder reírse, o al menos medio sonreír, y recordar casi como una proeza: “yo sobreviví a un abandono, delante de ciento cuarenta y tres invitados más el cura, que para más recochineo ofrecía su primera ceremonia y al que tuvieron que consolar casi tanto como a mí”. sin embargo amanda no sólo obvió la información a su primer marido, el oficial, el que no la dejó plantada en el registro civil porque era un ateo convencido y se negó a pasar por la iglesia, a pesar de la ilusión mal disimulada que le hacía a ella, sino que tampoco lo contó a nadie en ese nuevo trabajo que encontró después del traumático suceso. ni tan siquiera cuando había pasado un tiempo y tenía confianza con algunos de sus compañeros. un detalle que quizá muchos considerarían como algo normal por pertenecer a la vida privada de la propia afectada, sino fuera porque, para rizar aún más el rizo, amanda trabajaba en esa conocida tienda, la que queda justo delante del teatro nacional y, con muy buen ojo, la pastelería especializada en tartas de boda. sí, esa misma tienda donde le hicieron el traje a esa famosa cantante que luego se divorció a las pocas semanas aduciendo que estaba bebida y que no sabía lo que hacía. sí, esa prestigiosa tienda de vestidos de novia. y claro, ante semejante panorama era normal que pasar página fuera algo más que una simple cuestión de dejar pasar el tiempo, porque por muchos esfuerzos que ella pusiera los vestidos seguían allí, al igual que la ilusión de las novias, o las eternas dudas de si ese o ese otro primer plato en el banquete, o los destinos exóticos de la luna de miel, el nombre del primer hijo y cómo no, el convencimiento de que aquello iba a durar para siempre. y cada vez que alguna de las mujeres entraba a la tienda y se emocionaba durante la primera prueba del vestido, ella no podía más que rememorar la escena, contada posteriormente y con todo tipo de detalles por sus damas de honor, del novio, abanicado por el padrino, lloriqueando en la salita donde se guardaban las sotanas y las hostias, y pidiéndoles a todos un poco de comprensión, mientras ella, de pie en el altar, apretaba cada vez con más fuerza el ramo de orquídeas que le había regalado su suegra, que en realidad nunca llegó a convertirse en su suegra. 

así que treinta y dos años después, amanda pasa una media de ocho horas al día, once si es en temporada de bodas, en el taller cortando telas, añadiendo capas, alargando colas, cosiendo las puntillas de los velos, ensanchando cinturas, reduciendo escotes y asintiendo cada vez que una novia aprovecha la intimidad del vestuario para confesar algo que no ha tenido el valor de admitir con nadie más. la mayoría de veces son confesiones de poca importancia referidas a los nervios y al estrés que deben de soportar las muchachas durante los preparativos. también están las que le piden subir la cremallera hasta arriba a pesar de que eso sea algo físicamente imposible. “dentro de dos meses entraré en él”, le aseguran a amanda. ella habla poco y toma las medidas, convencida de que en un par de meses la novia no habrá perdido ni un gramo y que luego tocará correr, a última hora, como siempre. alega que si habla demasiado se desconcentra y no hace bien su trabajo, algo que a sus compañeras no deja de sorprenderlas teniendo en cuenta el tiempo que hace que ella se dedica a esto. “podrías hacer los vestidos con los ojos cerrados y una mano atada a la espalda”, bromea una cuando amanda exige su derecho a permanecer en silencio. ella sonríe y mira a la novia, que un poco intranquila, preferiría que su modista fuera la que comparte confidencias y no esa mujer callada y seria que apunta las medidas con un lápiz sin punta en su libretita de tapa negra. y cada vez que amanda hunde una aguja entre la tela blanca, la novia aguanta la respiración y esconde la tripa. “cuidado cuando te quites el vestido”, les advierte ella cuando han terminado la prueba, “está lleno de agujas”. 
unas semanas después las chicas vuelven a la tienda. el vestido está listo. hay lágrimas, agradecimientos, abrazos y generosas propinas que se guardan en un bote comunitario y que se reparte a final de mes. amanda ve a las mujeres alejarse de la tienda con sus trajes cuidadosamente envueltos en una funda oscura con letras doradas. se las imagina en sus casas, la mañana de la boda, a pocas horas de la ceremonia que ella no pudo tener, poniéndose el velo, ayudadas por madres y amigas. algunas se darán cuenta en ese mismo momento. un pequeño pinchazo en el muslo, en la barbilla, un rasguño en el brazo. nada sin demasiada importancia. algunas puede que no lleguen a darse cuenta nunca, pero la aguja seguirá allí clavada, escondida entre las capas de tela, día tras día, hasta que la muerte les separe.

17 enero 2014

encontré una hoja de lechuga en el cenicero de casa. me extrañó. estaba segura de no haberla visto esa mañana, antes de salir de casa, y la última vez que tuve visitas fue hacía un par de semanas. la recogí con la punta de los dedos y la tiré a la basura. estuve pensando un rato y sí, efectivamente, habían pasado justo dos semanas desde que vinieron juan y diana a cenar. era raro. abrí la nevera y miré qué podía prepararme para almorzar. quedaban pocos ingredientes y opté por una ensalada y un poco de queso. abrí una bolsa de lechuga y dentro encontré una colilla de cigarrillo.

11 enero 2014

Es una mañana fresca de septiembre, el comienzo de otro curso. El profesor -canoso, rostro curtido, un aire a lo Lincoln que quizá resulte premeditado- entra en la pequeña clase donde sus estudiantes le esperan. Reina un silencio absoluto mientras se sienta tras la mesa de roble de principios de siglo y dispone sus lápices afilados, la lista de las alumnas matriculadas a su asignatura, sus dos delgados volúmenes de esto o lo otro; el último grito en crítica literaria, sin duda. Intimidades desde hace ya rato, las alumnas estudian los seductores rasgos de este hombre -puritanos, severos, tremendamente americanos- a la caza de humor o compasión. ¿Podrán engatusarlo? Las juzgará este profesor X, el pez gordo de un estanque bastante pequeño, el del Departamento de Inglés de Barnard.
Imaginaos a este hombre de mediana edad que, sin duda, desearía estar en una aula de Harvard; eso sí que tendría mérito. No serán grandes satisfacciones para el espíritu, y no digamos para la vista, las que le depare enseñar a esta pandilla de chicas sin gracia alguna, pálidas y amorfas, que habrán escarbado en la bolsa de la ropa sucia en busca de algo que ponerse para ir a clase. Sólo una lánguida belleza de cabello rojizo y pecas deliciosas -y rodillas sensacionales, acaba de darse cuenta- podrá, quizá, salvar el semestre.
Desvía la vista de su objetivo y comienza. ¡Ajá! A ver si esto lo responden, piensa. Se levanta; su metro ochenta añadirá más dramatismo al momento.
-Bien. - Su tono es tan árido como el semillero cultural estadounidense-. ¿Cuántas de ustedes quieren ser escritoras?
Observa, entre sardónico y divertido, mientras una mano se levanta, vergonzosa, y luego otra, hasta que ondean quince. Aquí y allá refulge algún que otro anillo de compromiso. 
En el aire flota la incomodidad de las alumnas. ¿Por qué les preguntará esto el profesor X? Sabe que su asignatura es obligatoria para todas las estudiantes que han escogido la especialización de Escritura Creativa.
-Lo siento mucho por ustedes -dice el profesor X, el experto en Melville y Hawthorne-. Muchísimo, porque, para empezar -ahora hay un destello de acero en sus ojos-, si quisieran ser escritoras no se habrían matriculado en esta asignatura. Ni siquiera se habrían matriculado en la universidad. Estarían viajando en trenes de carga, recorriendo el país.
El dogma de fe de 1953.
Las jóvenes aspirantes a escritora del aula acaban de entender que, por supuesto, no tienen nada que hacer. Una a una, todas las manos han ido bajando.
Yo era una de las que la habían levantado.

Personajes secundarios, J. Joyce

01 enero 2014

menú

primer plato

me siento, como cada año, al lado de mi hermana pequeña, que se ha rapado el pelo para disgusto de toda la familia, y mi prima bea, embarazada de cinco meses y con diez quilos de más encima porque dice que ahora tiene que comer por dos, a pesar de las náuseas matutinas. yo le digo que está muy guapa, pero mi madre me mira desde el otro lado de la mesa y pone cara de “no te pases, está como una foca” y se sirve la segunda copa de vino blanco porque a pesar de que acabamos de llegar ya está saturada de tanta gente. este año bea no bebe y le indica a mi madre que la botella es toda para ella. de todos los que estamos en la mesa son las únicas que prefieren el blanco al tinto. mi madre sonríe y contesta que no se preocupe, que ella no tiene que vigilar en absoluto. mi padre aparta un poco la botella hacia el centro de la mesa y le pregunta al novio de mi otra prima, carlota, hermana de bea, que cómo les va en la nueva empresa. él contesta que prefiere no hablar de trabajo. carlota asiente con la cabeza, dándole la razón al novio. mi padre acerca la botella de vino blanco y aparta la servilleta del plato justo cuando mi tía paloma, que hoy se ha puesto tacones a pesar de no saber andar con ellos, aparece con una bandeja. detrás de ella, su marido roque, la sigue con otra exactamente igual. la abuela, sentada en un rincón, al lado de la chimenea para que no pase frío, mareada por la hora de viaje en coche y sin tener ni idea de dónde está murmura algo, pero nadie lo entiende. bea, que está a su lado le pregunta si tiene hambre. la abuela, rascándose el cuello insistentemente, contesta “creo que el caramelo que me habéis dado estaba envenenado porque me quema la garganta”. “beba un poco de agua, ya verá como se le pasa” sugiere bea acercándole la copa. la abuela obedece, da un sorbo y la mitad del líquido se escurre hacia el babero que alguien le ha puesto para que no se manche la blusa blanca. cuando deja la copa en la mesa observa a bea con detenimiento, como si hasta ahora no se hubiera dado cuenta de que estaba allí, y al final termina por preguntarle que quién es y qué está haciendo en el salón de su casa. bea mira la botella de vino blanco y a continuación se acaricia la barriga con movimientos circulares. su marido jorge hace como que no ha visto nada y le comenta a tía paloma la pinta tan estupenda que tienen las dos bandejas. tía paloma sonríe, coge el plato de su marido roque y empieza a servir. 

segundo plato

los críos de mi hermana mayor, óscar y rubén, revolotean por debajo de la mesa tirándonos de los pantalones y deshaciéndonos los nudos de los zapatos. bea cree que no han comido nada y que alguien, aunque no especifica quien todos sabemos que se refiere a mi hermana susana, debería sentarlos en la mesa y enseñarles a comportarse. jorge le sirve un poco más de agua y también se pone un poco en su copa, aunque le pide a mi hermana pequeña que le acerque la botella de tinto. tía paloma retira los platos y carlota, yo y mi padre nos levantamos para ayudarla, pero inmediatamente nos manda sentarnos y nos repite que si no queremos arruinarle la sorpresa, no podemos en la cocina. carlota y yo nos sentamos. mi padre, con bastante dificultad, se agacha hasta debajo de la mesa y pellizca a óscar en las costillas. rubén se tira encima de él y por un momento la extensión que han puesto para alargar la mesa parece que va a volcarse. mi madre le grita que se levante, que ya no tiene edad para gatear por el suelo y que vigile con la cadera y rodrigo, el novio de susana desde hace seis meses y que conoció por internet aunque ella afirma que en realidad se conocieron en una parada de autobús, interviene diciendo que no hay de qué preocuparse, que el hombre está hecho un chaval. mi madre pone los ojos en blanco y susana le da un beso en la mejilla. rubén chilla, óscar se rie a carcajadas y mi padre, desde debajo de la mesa, suelta un “ay” que por un momento nos deja a todos en silencio. mi hermana saca un paquete de cigarrillos y enciende uno. roque le pide que salga al balcón, que hay niños y embarazadas. mi hermana resopla y se levanta. mi madre le pide que haga el favor de abrigarse, pero ella sale en manga corta y se asegura de coger también el móvil. el novio de carlota la acompaña. carlota, al verle, niega con la cabeza porque había dejado de fumar hace ocho días, pero no dice nada. ya fuera, mi hermana le pregunta que qué tal les va con el equipo de fútbol que montaron con los amigos, él contesta que prefiere no hablar de eso y terminan fumando en silencio, mirando a una calle desierta. el termómetro de la placeta marca nueve grados. paloma llega con el segundo plato. deja tres pesadas ollas en la mesa y cuando destapa la primera exclamamos un “oh” que va en aumento hasta llegar a la tercera, menos mi abuela, que aunque parecía amodorrada, se ha despabilado y pregunta a su hija quién es ella y por qué está en el salón de su casa trayendo tanta comida para tantos desconocidos. 

postres 

aparece brutus por el pasillo. a pesar de los alaridos de los niños al verle, él sigue avanzando lentamente, muy pegado a la pared, hasta llegar a la cocina donde tía paloma tiene el cuenco de agua y la comida. rubén y óscar salen disparados hacia la cocina. rubén choca con una de las sillas, pero no se da ni cuenta del rasguño en el brazo y óscar tira una copa de vino que mancha el mantel nuevo. roque dice que no le molesten. paloma dice que no le molesten, que es ya muy viejito. mi madre dice que no le molesten, que les va a morder. jorge dicen que cierren la puerta, que es alérgico a los gatos. la abuela se ha quedado definitivamente dormida, con el babero puesto y un trozo de pan en la mano que agarra con fuerza. bea ha ido al baño y jorge se impacienta porque cree que está tardando demasiado. susana intenta tranquilizarlo contándole que cuándo ella estuvo embarazada de rubén se pasaba el día encerrada en el baño, durmiendo o vomitando. jorge se levanta y va hacia el baño. cuando lleva él también un rato desaparecido, tía paloma, que se disponía a traer los postres, se levanta y va hacia el baño no sin antes pedirle a su marido roque que se encargue él de los postres. roque pregunta qué sucede y ella contesta que nada. jorge informa a tía paloma que bea está llorando y que no quiere hablar con nadie. tía paloma pregunta qué le pasa y jorge se encoje de hombros. tía paloma llama un par de veces sin armar mucho escándalo para no alarmar a los demás. desde el otro lado, bea les pide que se vayan, pero tía paloma insiste y al final bea abre la puerta y las dos mujeres se encierran en el baño. jorge vuelve a la mesa y pregunta a mi hermana si le da un cigarrillo. el novio de carlota se apunta de nuevo y esta vez, sin que tengan que avisarles, los dos hombres salen al balcón. jorge dice que no entiende nada. el novio de carlota hace un aro con el humo del cigarrillo y se queda mirándolo como si fuera una verdadera obra de arte. mi hermana pequeña nos dice que erika está a punto de llegar. mi prima carlota pregunta que quién es erika. mi hermana pequeña espera unos segundos en responder. es mi novia desde hace diez días y trece horas, dice. carlota, asiente un tanto desconcertada y se toca un mechón de pelo. luego se levanta para ayudar a su padre con los postres. los dos niños, que ya han olvidado a brutus, la siguen mientras van repitiendo el nombre de erika por el salón.

uvas

erika llega a las once y media de la noche. saluda a todos y se sienta al lado de mi hermana pequeña en una silla que le ha acercado mi padre. jorge, rodrigo y el novio de carlota no le quitan el ojo de encima. por primera vez en toda la noche escuchamos la voz del novio de carlota preguntando a erika que de qué parte de australia es y a qué se dedica. carlota le da un codazo mal disimulado y antes de que la chica responda, lo hace ella de una forma un tanto brusca. mi prima bea, que ya ha vuelto a la mesa y se ha servido una copita de licor, tampoco aparta la vista del escote de la chica y le informa de que antes de estar embarazada estaba como un palillo. erika sonríe, como si estuviera entendiendo algo y le pregunta a mi hermana en inglés si van a estar mucho rato más en casa. mi madre termina la botella de vino blanco. tía paloma trae las uvas. rubén y óscar abren la bolsita que las contiene y les quitan la piel y las semillas. tío roque pide que nos callemos todos, que están a punto de dar las cuartos. nos callamos y miramos la pantalla del televisor. 

una: mi madre se pregunta si habrá otra botella de vino blanco en la cocina.
dos: bea piensa que este año que entra va a convertirse en madre y siente que de nuevo le entran náuseas y ganas de llorar. 
tres: el novio de carlota se promete a sí mismo dejar de fumar. esta vez, definitivamente. 
cuatro: mi hermana pequeña le preguntará esta noche a erika si quiere irse a vivir con ella. 
cinco: mi tía paloma está convencida de que nos hemos quedado con hambre, pero por suerte compró dos piñas en el mercado de al lado de casa, por si acaso. 
seis: rubén y óscar escupen las uvas y se ríen el uno del otro. rubén será dentista y óscar pasará dos años sin hablarse con su madre.
siete: brutus se acomoda en el regazo de mi abuela y ella le acaricia el lomo. el gato termina durmiéndose y la abuela, también. 
ocho: mi padre será operado de la cadera en mayo, aunque seguirá cojeando el resto de su vida.  
nueve: erika regresará a australia a mediados de junio. 
diez: mi hermana susana sigue en la página de contactos donde conoció a rodrigo. 
once: jorge tendrá dos hijos más con su segunda mujer, candela. 
doce: mis uvas están intactas, pero nadie parece haberse dado cuenta.