27 junio 2014

reconozcámoslo: empezamos con mal pie. 
él me hacía más alta. yo con menos tripa. 
tampoco había hecho mención a esa nariz grande y desviada 
ni a su frente abultada, ese andar desmañado 
ni el pantalón viejo, deslucido y arrugado. pero nos sonreímos y, como dicta el protocolo, nos besamos las mejillas heladas. 
nuestro primer roce me produjo escalofrío.
olía a susto, a derrota. a soledad y a vacío. 
su frase más larga fue un balbuceo nervioso 
“¿qué quieres hacer?” 
éramos tan previsibles que entramos en el primer bar que encontramos en el paseo. 
dos pasos por delante busqué una mesa en el centro, 
rodeada de extraños 
él, detrás, pudo por fin bajar la mirada hasta el final de mi espalda. 
nos sentamos uno enfrente del otro 
con la distancia suficiente como para apartar mi mano si a él le daba por alargar la suya. 
hablamos poco, con monosílabos, 
hasta la segunda cerveza tibia que nos sirvió un camarero pendiente de un partido que pasaría a la historia. otra historia, no la nuestra.
me contó de un trabajo de ocho horas, a veinte minutos de casa, una hora para comer y dos compañeras insoportables. 
una ex enloquecida y aún enamorada, 
como todos los ex que inventamos a nuestra pesarosa medida, 
un libro sin terminar, pero muy recomendable. 
un pasado brillante. y fingido. 
“bueno, y tú qué” preguntó al rato 
tan tarde, tan apático, que no hubo forma de ingeniar nada. 
pedimos dos más 
finalizó el partido 
"una derrota injusta", afirmó uno. y me hizo gracia
como si existieran los finales neutrales. 
nos quedamos solos 
alargó la mano 
desvié la mirada 
llegamos a su casa lúgubre en un sexto sin ascensor 
nos besamos a oscuras, con los abrigos puestos y los latidos acartonados 
qué frío su cuarto, qué húmedas las sábanas 
qué torpe su lengua y qué pocas mis ganas. 
“puedes quedarte, si quieres” dijo tendido en la cama 
abierto de piernas, manchado y triunfal. 
qué triste todo 
qué pena daba 
qué alivio salir de su mundo en llamas. 
pero insistió. 
insistió hasta hacerme creer que también para nosotros había medallas 
insistió porque un clavo ardiendo era mejor que una paja. 
insistió porque había que compensar su torpe lengua, sus negadas manos, 
su cuerpo idiota que había perdido práctica. 
qué ridículos fuimos durante ese tiempo 
esforzados en encender un fuego con agua 
qué lamentable su afán infantil, su puesta en escena, 
su frenética carrera para convertir lo que yo sabía imposible 
en lo que él quería estable. 
y qué gloriosa, qué memorable esa primera riña banal un domingo soleado. 
lo leí en sus ojos, en su temblor inquieto, 
en una disculpa atropellada 
pintado con letras centelleantes en las paredes de toda la casa. 
una grieta, una fuga, un nudo 
la derrota injusta y mi excusa encontrada. 
y no es que la necesitara, cierto, 
bastaba con haber abandonado antes 
pero yo también era cobarde, mezquina y atontada. 
hasta que cerré la puerta y tiré la llave.
y no crujió nada. 
le olvidé como quien no ha pasado. 
le olvidé rápido. le olvidé feliz. 
con la ligereza de quien se desprende de una silla rota, 
polvorienta, que sobraba. 
y ahora, algunos días, muy raros y escasos, 
cuando me puede una imaginada nostalgia, 
aún recuerdo que lo mejor de nosotros fue, sin duda, alejarme.

6 comentarios:

  1. Siempre es una victoria pero casi siempre deja un sabor amargo y mucho dolor por el camino y en muchas ocasiones depende de cómo llegas hasta ahí, un milagro.
    Hizo lo correcto, sin duda.

    Abrazo

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  2. A veces cometemos ese error de cometer un error a conciencia. Cuando eso sucede, la mayor satisfacción es quemar naves y abandonar. Triste relato pero muy cierto, muy real.

    Un saludo

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  3. Me ha encantado esta parte:
    --"una derrota injusta", dijo uno. y me hizo gracia:
    como si existieran los finales neutrales.--

    Mejor amores insípidos e insignificantes que amores de dolor y sufrimiento. Pregunto.

    Me ha encantado Hilia, pese a la desazón que me ha dejado en la boca.
    Un abrazo!

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  4. Qué difícil nos parece mantener la intensidad en lo que escribimos y rematarlo con la guinda. Conseguir que la guinda destaque sobre lo que ya es destacable. Y aquí lo haces porque esa última frase es ya toda la historia y además es otras historias. Aún así me gustan esos detalles como su cuerpo manchado, su aspecto de mobiliario viejo o roto, la sensación de relación que va hacia ningún lado porque uno de los dos lados tiene muy claro que no quiere. Y con eso basta.

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  5. esto es algo que creo yo debería aprender, que no todas las historias pueden convertirse en historias, que a veces es mejor dejar todo antes aún cuando después no quede nada que contar.

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  6. espero que después se diese de baja en donde sea que se hayan conocido. los sitios de citas online me dan mal rollo. y esto es un precedente estupendo para el futuro.
    excelente como siempre.

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