30 octubre 2013

balance

ahí va un trocito de vida gris 
vestida con falda larga y tupida 
pelo encrespado 
bolso a juego con la mirada apagada 
horario partido, martes y jueves de inglés básico 
cena ligera y tres relaciones rotas. 
un número ínfimo de ceros y comas 
memorizado por máquinas que escupen datos inútiles 
recordatorios, vencimientos 
fechas límite 
códigos que dictaron expertos en formularios y humo 
acatados sin preguntas 
mansamente 
porque así se ha hecho siempre 
y es contraproducente cambiar. 
camina rápido, como si fuera a alguna parte 
como si quisiera llegar antes 
para luego 
detenerse en la luz roja 
y mirar a ambos lados antes de cruzar una calle cerrada al tráfico 
la cabeza gacha, las manos frías en los bolsillos 
el rumor acallado de todo lo que tenía que ser. 
escucha conversaciones ajenas en un vagón saturado 
de planes para un fin de semana con bajada de las temperaturas 
periódicos mal doblados que pronostican más alarma que alivio.
observa a mujeres que probaron una nueva dieta 
y siguen con el mismo amante que la prefería oronda y ancha 
hombres que compraron un coche más veloz 
para un viaje de siete minutos, dos rotondas y una carrera perdida 
hijos que aprenden a fumar y disimulan la tos, 
la arcada 
el olor a humo al llegar al adosado de cuatro habitaciones 
jardín trasero, vecinos que hablan a gritos y maravillosas vistas 
a un muro de ladrillo enmohecido donde alguien, en una noche 
de odio y pérdida, 
pintarrajeó: “hija de puta”. 
a todos los escucha de refilón, 
entre parada, destino y fin de trayecto de una línea más viva 
que la de sus propias manos y sigue andando deprisa, 
con pasos tan cortos que parece que en vez de avanzar, 
retrocede 
disminuye 
encoje. 
ahí va el capricho ya crecido de unos padres ancianos 
temblorosos y ausentes 
el deseado proyecto, a medio camino, 
entre lo común y lo mediocre 
un sí, pero definitivamente no, 
un pedacito de ilusión velada 
que mal sonríe cuando inventa motivos y disimula a todas horas, 
hasta en los sueños 
sueños que descartó por más pereza que miedo, más miedo que empeño 
más juicios que impulsos. 
y ahora camina, cómodamente, muda, ciega y amputada, 
hacia no sabe dónde. 
un trazo perfecto, recto y predecible 
tan fiable y útil como el mapa de una ciudad lejana 
la progresión decadente 
la incitación a la nada. 
ahí va.

27 octubre 2013

Eulalia se colgó el bolso y salió del bar para que nadie pudiera ver que estaba a punto de echarse a llorar. No quería que las lágrimas sofocaran su furia. Se mordió los labios y echó a andar, casi a correr por el Paseo del Prado. Alguien se acercó a Jorge para proponerle tomar una copa en otro sitio. Tendría que haber dicho que no y salir corriendo a buscarla pero se dejó llevar por lo más fácil. Sabía cómo transcurriría la noche aunque aún no la había vivido, como si estuviera ya escrita y sólo hubiera que seguir los renglones con el dedo índice: irían a tomar una cañas ya picar algo a la Taberna de la Dolores, subirían luego la calle Huertas hacia la plaza de Santa Ana y entrarían en el Café Central. Allí se tomarían uno, dos, varios gin tonics. Y si hubiera algún grupo tocando jazz, el alcohol le ayudaría a cerrar los ojos, a creer que la música entraba dentro de uno subliminando cualquier dolor sentimental. Se imaginaría a sí mismo escribiendo una novela, se imaginaría la historia misma, la música de las frases, que se parecería a la música que estaría escuchando. Empezaré mañana mismo, se diría, o esa misma noche. En algún momento había que poner en marcha ese mecanismo adormecido de la ambición. El alcohol y la música harían su trabajo, como siempre, dispararían los mejores deseos, los que le llevan a uno a pensar que puede hacer cosas grandes, que de pronto tiene la voluntad que le faltaba, y que esa voluntad no va a fallar al día siguiente. Pero luego, el nivel de los grandes propósitos iría bajando, en cuanto salieran a la intemperie, fuera del encanto de la música. Los sentidos irían apreciando poco a poco, según los mejores efectos del alcohol se transformaran en los más desagradables, la vida tal y como es, ajena al amparo de las luces matizadas y de las baladas melancólicas. Se metería en un taxi. Subiría en el ascensor evitando mirarse al espejo. Y, al fin, se derrumbaría en la cama. Pero lo más terrible llegaría unas horas después, cuando la luz cruel de la mañana entrara en el cuarto, en el que desde hacía un año se había caído la cortina y no había sido capaz ni de colocar la barra. Sabía perfectamente cuál sería entonces su primer pensamiento: crees que estás en el centro del mundo y no estás en el centro de nada.

Algo más inesperado que la muerte, E. Lindo

22 octubre 2013

caso clínico: vida sana

antes que nada aclarar que no seré yo quien desmonte todas esas teorías sobre lo beneficioso que es llevar una vida sana. estoy convencida de que si se han dedicado tantos años, y tantos estudios, a este asunto y todos los expertos coinciden, entre otras cosas, en la importancia de los dos litros de agua, por algo será. lo que pasa es que yo ya no sé si tantos sacrificios, constancia, autocontrol y autoflagelación, merecen la pena. porque sí, vale, vivir más años, sano, está muy bien pero si el camino para conseguirlo está lleno de piedras y de productos light, pues ya no sé qué decirles. 

comer sano, la sin-sal de la vida: 


el primer día que escuché la frase “la naturaleza es sabia” no pude evitar pensar, en primer lugar, en un parto natural de doce horas. inmediatamente después, quise borrar esta imagen y mi cerebro buscó algo más bucólico que corroborase la frase y me vino a la cabeza un plato de acelgas hervidas. y bueno, allí ya desistí y me dije “sabia, ¿de qué?”. que sí, que nada mejor que una manzana para saciar el hambre entre horas y que lo que no consiga una taza de té verde al día para el hígado tampoco lo conseguirá un traguito de vodka, pero de verdad: ¿hay algún héroe en la sala que dos minutos después de haberse comido una manzana no sienta la imperiosa necesidad de saquear la nevera para paliar en serio, definitivamente, de verdad, el hambre voraz? aunque bueno, en realidad la culpa es de los humanos, que nos pasamos el día inventando productos que más bien parecerían creados por el mismísimo diablo: que si patatas fritas, que si donuts, que si mazapanes, que si bebidas con gas que contienen tantísimo azúcar que no me atrevo ni a decirlo (seis cucharaditas bien ricas para ser exactos). y luego, con toda esta variedad de tentaciones y colesterol bien expuestas en las estanterías de los supermercados, los expertos pretenden que elijamos la opción sana (y cara) porque claro, somos animales racionales. y obesos. 

¿qué cura más, el tiempo o dos litros de agua? 


sin duda alguna, el agua. cualquier estudio médico que llegue a sus manos, cualquier foro que consulte, cualquier vecina, madre, conocido que entienda o no del tema, estará de acuerdo en que beber agua es la solución a todos los problemas: dolor de riñones: agua. retención de líquidos: agua. infección de orina: agua. ruptura sentimental: agua. bloqueo creativo: agua. de verdad, todo se quita con agua. 
sin ir más lejos, yo misma he comenzado con esto de los dos litros diarios y debo asegurar que desde el minuto uno noté los cambios. para empezar tengo la tripa abultada y pesada a todas horas, lo cual es algo fenomenal porque en el metro me ceden siempre el asiento y todos me miran con tanta dulzura que me veo incapaz de desmontarles la ilusión y confesarles que es agua. 
por otro lado, he mejorado mi propio record a la hora de precipitarme hacia el baño y desabrocharme los pantalones. algo que hago ya casi telepáticamente. ahora mismo, para que no decrezca mi productividad en el trabajo y en casa viva un poco más sosegada, estoy considerando mudarme al baño. sería cuestión de coger lo imprescindible (portátil, teléfono, libros, un poco de comida, un colchón inflable, una cafetera y un jarroncito con flores para darle un toque más de hogar) y adaptarse al nuevo espacio. teniendo en cuenta que podría realquilar mi antigua habitación, ahora libre, y sacarme un dinerillo extra mientras mi vejiga y mi salud soporta estoicamente otro vasito de agua bien rico. 
sin embargo, al no haber llegado todavía a esta alternativa, lo que sí he desarrollado es un maravilloso sexto sentido para localizar en cuestión de segundos el baño de cualquier cine, restaurante, bar, museo, centro comercial, gimnasio o lo que sea de dónde me halle. y bueno, tal vez esto no me haga mejor persona, ni se considere suficientemente importante como para poner en un c.v, pero sí que agudiza el sentido de supervivencia y nunca se sabe para cuándo una tercera guerra mundial. 

mens sana y el resto que sea lo que dios quiera: 


una vez asimilada la dieta y el agua, el tercer paso es el archiconocido deporte. los hay realmente valientes, y con una fuerza de voluntad fuera de lo común, que optan por ir a correr o a andar o lo que sea, por su propio pie, sin necesidad de haber pagado previamente por una clase. olvidémonos de esta especie en vías de extinción. los demás, los mortales, un poco más débiles, optamos por ir a un gimnasio, donde el mero hecho de tener que pagar una cuota, nos arrastra del sofá a las máquinas de pesas con una inverosímil (y poco sana) motivación. y es que en realidad éstas son las razones por las que uno se apunta a un gimnasio, no busquen más: 
1. como acción meramente filantrópica: pisaron un solo día el gimnasio y luego decidieron seguir pagando las mensualidades como si eso contabilizara como ejercicio. buen intento, pero no. 
2. ligar: qué les voy a contar que no sepan ustedes ya. 
3. falta de voluntad: o las consecuencias de tener que recurrir algo malo (pagar) para hacer algo peor (ejercicio). 

la cosa es que cuando uno se ha acostumbrado al gentío, a las colas en las duchas, al sudor ajeno, al “¿quieres que te ayude con esta pesa, nena?”, y sobre todo, al dolor en forma de agujetas, moratones, esguinces y fracturas, hacer deporte no está tan mal y se sale del gimnasio con el nivel de endorfinas tan por las nubes que se diría que incluso ha valido la pena el esfuerzo. una lástima que las dos cañitas y el par de tapas de después se rían muy fuerte de este esfuerzo. 

malos hábitos: 


es que claro, todos tenemos un pasado y aunque hayamos decidido pasar página, siempre nos quedará ese paquete de cigarrillos escondido en el segundo cajón a la derecha, justo debajo de la cajita de madera donde guardamos la marihuana, por si acaso. no se lo pongan aún más difícil a ustedes mismos. ya bastante tenemos con lidiar con los estantes del supermercado como para, además, tener al enemigo en los lugares más recónditos (que tampoco son tan recónditos porque los recordamos perfectamente) de casa. 
de ser de los que empezaron con todo eso de vida sana y “olvidaron” el paquete o la cajita, hay dos soluciones: 
1. cerrar los ojos, abrir el cajón, extraer la tentación a la que sucumbiremos tarde o temprano manteniendo los ojos bien cerrados, dirigirse a la cocina, tropezar con una silla, soltar un taco, abrir la basura, tirar tentación, sollozar un poco y recomponerse. 
2. abrir el cajón con los ojos abiertos, hacer un cálculo rápido con el número de cigarrillos y los gramos de hierba que quedan, bajar a por papel (siempre falta papel), liarse los porros correspondientes, fumarlos uno detrás de otro, esperar a bajarse de la nube, atracar la nevera y la del vecino, decidir que se empieza, de nuevo, definitivamente, en serio, esta vez sí, el lunes. 

y por último, la clave de todo: 


esto es un poco como el pez que se muerde la cola o el qué fue primero, la el huevo o la gallina. me explico: es complicado mantener tanta constancia, entereza y paz espiritual si nuestra vida está regida por el estrés y las carreras a contrarreloj. si además del poco tiempo libre que disponemos, tenemos que dedicarlo a contar calorías, mear y sudar grasas, pues es lógico que nos pasemos al bando contario. 
organización, simplificación y priorización, querido lector, ni más ni menos, ahí está la clave. a mí, por ejemplo, lo que me vino muy bien para aprender a simplificar fue comprarme un sofá, tres plazas, bien mullido y dos cojines floreados. un poco después, cuando comenzó a refrescar, adquirí una manta de lana y desde entonces soy la reina de las priorizaciones. es sólo una idea por si les puede funcionar a ustedes, claro. hay muchas otras alternativas, como tirar el teléfono, fingir enfermedades altamente contagiosas, hacerse el muerto en casos puntuales y la más arriesgada de todas: hablar con su jefe, exponerle sus teorías sobre la vida sana y esperar una buena reacción que podría ser a/ subida de sueldo por sus buenas intenciones (y ya con más dinerito, la falta de tiempo pasa a segundo plano y el estrés se sobrelleva mejor) o b/despido y por lo tanto pasa usted a tener todo el tiempo del mundo para concentrarse en exclusiva en la práctica de los buenos hábitos. 

de verdad que no era mi intención amargarles el día. sé que tal y como están las cosas en el mundo ya sólo nos faltaba estar pendientes de nuestro cuerpo, de cuidarlo y mimarlo como si sólo tuviéramos uno o algo así, pero es que hace ya un tiempo que nos leemos y les he cogido aprecio y no querría que nada malo les ocurriera. así que ahora, en disposición de toda la información que han leído, miren ese pastelito de crema que compraron por error creyendo que eran madalenas integrales. mírenlo bien, obsérvenlo detenidamente y fíjense en la cantidad de colorantes, edulcorantes, grasas saturadas, aditivos y e-330 que aporta. piénsenlo bien y pregúntense con sinceridad: ¿me lo como ahora o después de la docena de croquetas? 

15 octubre 2013

poca cosa

es martes por la noche. las diez y diez. mi madre y yo esperamos que empiece el programa ése del hermano que busca a su padre después de quince años de no saber de él o de la hija que acaba de conocer a su madre biológica. es el que más nos gusta de todos y por eso, antes de que comience, preparamos las palomitas y sacamos un par de coca-colas con mucho hielo, tal y como nos gusta tomarla. mi madre se sienta en el sillón viejo, el que está ya roído por las esquinas, y yo me estiro en el sofá de dos plazas, los pies descolgados y desnudos. ella me advierte de que cogeré frío y me resfriaré. yo levanto la mano y la agito al aire, como diciendo que se calle, que está a punto de empezar el programa. ella suspira y coge una lata que sorbe ruidosamente.
-ssssssshhhh. 
ella deja la lata en el reposabrazos y, con la mano encima de su boca, eructa. 

la presentadora, una mujer joven que bien podría ser de mi misma edad, aunque esto es lo único que tengamos en común, espera el final de los aplausos, sonríe y da la bienvenida a los espectadores en el plató y en casa. a continuación explica muy brevemente las historias que nos tienen preparadas para esta noche. en todas ellas mi madre va soltando un “vaya por dios” o un “oh, no” o un “qué terrible”, como si fuera la primera vez que viera el programa y no estuviera ya habituada a tantas personas que buscan a tantas otras. siento un poco de frío en los pies, así que me acurruco por pereza a levantarme y coger unos calcetines. mi madre toma otro sorbo, esta vez en silencio, aunque vuelve a eructar. 

la primera historia es la de arturo y rosalia, que entran cogidos de la mano, un tanto perdidos, sin recordar en qué lugar debían sentarse. la presentadora acude en su ayuda al ver que están a punto de salir de plano. miro de reojo a mi madre. algunas veces llora con los invitados. se emociona cuando las familias se perdonan y se abrazan. siempre dice que la familia es lo más importante y que debería llamar a mis primas para saber cómo están. no las llamo nunca porque me da igual cómo estén. arturo y rosalía buscan a un tercer hermano. yo no tengo hermanos. mi madre tiene dos, rita y amalia, a las que ve de tanto en tanto a pesar de ser vecinas. las palomitas se han enfriado y algunas están totalmente carbonizadas. a medida que la historia de los tres hermanos avanza, el cuenco se va vaciando y mi madre se va poniendo más nerviosa. asegura que la historia no va a terminar bien. yo le digo que se calle porque cada vez que abre la boca para opinar me pierdo algún detalle. ella se calla, pero sólo un rato. efectivamente, tal y como ella pronosticaba, no termina bien: el tercero de los hermanos no ha querido saber nada de los otros dos, pero al menos, exclama mi madre, ahora podrán dormir tranquilos sabiendo que han hecho todo lo posible. 
-antes de seguir con la siguiente crónica - informa la presentadora – vamos cinco minutos a publicidad. no se muevan, volvemos enseguida. 
mi madre se levanta y desaparece por el pasillo. ha terminado su lata de coca-cola. yo hago lo mismo con la mía y grito que me traiga otra. 
-¡y un poco de chocolate! – añado. 
a su vuelta me lanza unos calcetines gruesos de rayas verdes, pero ha olvidado el chocolate. dice que no ha escuchado nada. yo niego con la cabeza porque sé que no es verdad. sólo cuando le conviene dice que no me ha escuchado, o que no sabía. se sienta de nuevo, abre su lata y vemos los anuncios porque el mando a distancia está en la mesilla y ninguna de las dos alcanza a cogerlo. tampoco importa mucho. a lo que encontremos algo interesante en alguna otra cadena ya habrá comenzado el programa, así que siempre miramos los anuncios. 

-¿es que no te vas a poner los calcetines? – me recuerda. 

la segunda historia termina mejor. las dos partes acceden a conocerse, y aunque les distancien miles de kilómetros, prometen, delante de las cámaras, mantener el contacto cueste lo que cueste. la presentadora, ahora más sonriente aún, les acompaña hasta el pasillo por donde se despiden jovialmente y desaparecen. escucho los sollozos de mi madre. con una mano apoyada en la mejilla intenta ocultar en vano una lagrimilla que resbala hasta su escote. como más palomitas y pienso en la tableta de chocolate que sigue en la nevera. 
el teléfono suena justo después de que hayan presentado a los siguientes invitados. es extraño que suene, ya de por sí, y mucho más a estas horas. 
-¿quién será? – pregunta ella, sin moverse del sillón. 
me levanto con lentitud. me duele un poco la espalda de la mala postura en la que me he tumbado. mi madre me apremia y contesto que puede ir ella misma si tanta prisa tiene. al dejar su lata en el reposabrazos, ésta cae y el líquido mancha parte del tapizado, de la bata y del parqué. 
-¿ves lo que has conseguido? – chilla al tiempo que yo descuelgo el teléfono. 

noto el suelo helado y encojo los dedos de los pies tanto como puedo. tal vez haya habido algún accidente o haya fallecido algún conocido o alguien nos esté buscando para acudir a un programa de la tele. no suele llamarnos mucha gente. 
-¿sí? ¿dígame? 

cuando vuelvo al salón mi madre está todavía intentando quitar la mancha del sofá, pero ha desistido con la de la bata y ahora, además del lamparón de coca-cola, hay a su alrededor una enorme mancha de agua. me pregunta quién era, aunque sigue con más interés el programa que mi contestación. me estiro de nuevo en el sofá y justo entonces recuerdo que he olvidado el chocolate. hay una actuación. es un cantante muy conocido, el artista favorito del invitado, que se llama rodrigo y tiene un tic nervioso en el ojo derecho, aparte de una enfermedad degenerativa que la presentadora explica por alto. el chico va acompañado de sus padres, dos personas ya mayores. o quizá es que la enfermedad de su hijo les ha envejecido más rápidamente. rodrigo, absorto, como mi madre, contempla a su ídolo con lágrimas en los ojos. ella al menos no llora, pero sigue el ritmo de la melodía con la cabeza y tararea algunas palabras inventadas del estribillo. 
-ssssshhhhh. 
-¿qué pasa ahora? ¡si no están hablando! 
-me molesta. 
ella se calla, pero el ruidito que hace al masticar también me pone nerviosa y al final me reincorporo, cojo el mando y subo el volumen hasta que consigo silenciarla. no dice nada. parece que no se ha dado ni cuenta. cuando el artista termina de cantar la presentadora agradece su colaboración en el programa y le hace un par de preguntas sobre su carrera profesional y todo el éxito que ha conseguido en los últimos años. mientras, rodrigo, al lado del cantante, solloza y su madre le seca los mocos que él no puede quitarse. las cámaras lo enfocan unos segundos y luego vuelven a la sonrisa de la presentadora. cuando poco después despiden a los tres. rodrigo, mediante titubeantes muecas y algún movimiento leve de cabeza, asegura que este ha sido el día más feliz de su vida. el cantante le abraza por fin. mi madre, ahora sí, también llora. el programa termina después de la quinta historia. siempre hacen cinco, ni una más ni una menos. creo que esta última es la que menos le ha gustado a mi madre porque en algún momento la he visto cabecear y sólo cuando ha sonado la melodía final del programa ha parecido desvelarse de repente. 
-bueno… - dice haciendo un esfuerzo para reincorporarse y recoger el bol de palomitas vacío. 
apago la tele y la estancia se queda a oscuras. antes de que mis ojos se acostumbren a la penumbra de la habitación, tropiezo con la esquina de la mesilla y cojeo aparatosamente hasta mi cuarto. cierro la puerta y me siento en la cama. tengo un rasguño en la rodilla que humedezco con saliva abundante. oigo los pasos de mi madre a lo largo del pasillo hasta llegar a su habitación y desde allí vocea un “buenas noches” que me llega amortiguado a través de las paredes finas que nos separan. me tapo con la manta y me estremezco con el contacto de las sábanas frías y un poco húmedas. me acuerdo de los calcetines gruesos de rayas verdes, que imagino siguen en el suelo del salón, y de la tableta de chocolate. 

07 octubre 2013

poesía son los otros

me hablaron de desvelo y mariposas 
de sonrisas y sonrojos 
de domingos lluviosos y tazas humeantes de té 
me relataron sobre horas eternas al teléfono 
susurrando palabras suaves, silencios prolongados
suspiros y halagos. 
de corazones y flechas 
y nombres y fechas 
grabados en troncos de árboles apartados. 
de rimas y versos 
de letras escritas por mentes ilustres 
que sabían narrarlo mejor, 
mucho mejor que nosotros. 
dijeron que había caricias, 
también llanto. 
que la luz de la luna inspiraba más belleza 
que defectos 
que todo era más hermoso 
y que no lo olvidaría jamás.

me marché a casa cabizbaja 
apenada 
arrastrando los pies, levantando polvo 
pateando las piedras pequeñas 
que se amontonaban a los lados del camino.
arranqué malas hierbas 
pisoteé flores y ortigas 
y disparé con los dedos a los pájaros imaginarios 
concluí que lo habíamos hecho mal: 
yo comía con apetito 
dormía mil horas por las noches 
con demasiado que contar para callarme 
te avasallaba con palabras y gestos cada vez que te veía 
preferíamos la prosa 
nos desvestíamos deprisa 
escuchábamos más jadeos que canciones 
recordábamos más verbos que lunas 
los domingos lluviosos eran lunes soleados 
habíamos roto las tazas 
no nos quedaba más té. 
aporreé tu puerta y pronuncié tu nombre
escupí mis dudas y te miré perdida. 
observaste incrédulo, me llamaste tonta y resonó tu risa. 
respiré tu calma 
y me reí contigo.