25 septiembre 2013

malo

no quiero que te pase nada 
malo 
piensa al ver las fotos en la primera página de un periódico. 
fotos a todo color 
titulares en negro 
un atentado, otro. 
una pareja muerta, tendida en el suelo 
abatida 
desangrada. 
esta mañana se despertaron abrazados, piensa 
ella dijo “vamos al centro”, imagina 
él protestó. 
veinte minutos tardaron en llegar 
él se interpuso 
su cuerpo, un escudo de pluma y paja 
veinte balas atravesaron sus huesos 
no tuvieron tiempo de mirarse, ni de decirse 
cayeron abrazados 
pero ya estaban muertos para darse cuenta, 
piensa. 

no quiero que te pase nada 
malo. 
repite, escuchando la voz ronca de una anciana coja 
en el asiento trasero de un autobús vacío. 
detalla la enfermedad, el pus, la gangrena 
maldice el dolor, la espera, el silencio 
el diagnóstico erróneo 
las agujas, la sala de espera 
más pruebas 
busca culpables.
aplaca la rabia 
ahoga la pena 
y ruega un final 
cualquier final que libere 
los últimos recuerdos 
de ése quien un día la recordaba a ella 
y hoy, sin embargo, 
senil y sedado, 
vegeta. 

no quiero que te pase nada 
malo. 
susurra cuando la chica de pelo corto sale del coche, descalza 
y regresa a su esquina 
con el billete de veinte en la mano, 
el trueque simple, la mente en blanco 
la vida entera por delante, descojonándose. 
cuando el niño de rizos claros pierde el equilibrio 
y se estrella con su bici nueva contra la hiedra frondosa 
su primer rasguño, el alcohol que escuece. 
cuando suena el teléfono a media noche 
cuando recibe otro no 
cuando discuten, dejan de hablarse 
y se cruzan por el pasillo como si no les importase. 
cuando miente y asegura que sí, 
que todo saldrá bien y desvía la mirada 
hacia la puerta cerrada. 

no quiero, ruega 
alzando la vista 
esperando que alguien escuche y acceda 
y topándose sólo con el techo alto 
una delgada grieta, una bombilla fundida 
y nada.

22 septiembre 2013

un campo de flores


seguramente todo empezara con algún documental de esos que emiten por la tele a las tantas de la noche. no quiero atribuirles el mérito a mis profesores de historia, que durante las clases parecían más preocupados de que guardáramos silencio, que de entender los motivos de la revolución industrial. supongo que también fue el morbo, la curiosidad. el salvajismo de todos aquellos años, que aún hoy, por muchos libros, revistas y documentales que existan, se hace incomprensible. leí unos cuatro o cinco libros y cuando comencé a soñar con marchas militares y celdas de castigo creí adecuado dejar el tema y centrarme en algo más plácido. hasta ahí llegaron mis investigaciones sobre el asunto. 
años después, muchos años después, visité berlín. las guías me hablaban de museos, edificios conmemorativos y barrios que no me podía perder. subrayé los que más me interesaron hasta que llegué al final de la guía. “visitas fuera de berlín”. era una estancia corta, de pocos días, así que apenas le di importancia porque no creía que fuera a darme tiempo a conocer toda la ciudad, pero mis ojos se detuvieron en aquellas palabras que me habían llevado a leer años antes. modifiqué los planes, suprimí un par de museos y me guardé el domingo entero para ir. 

berlín es una ciudad gris, sentencié para mis adentros nada más aterrizar. da igual que el cielo esté despejado y los turistas salpiquen las calles con ropas alegres y carcajadas. sigue siendo gris. hay como una especie de peso, de gravedad y responsabilidad que se cierne a lo largo y ancho de sus bonitas avenidas. los alemanes, con su carácter seco y cortante, tampoco ayudan demasiado, pero debo admitir que, a pesar de todo, me enamoré de la ciudad y pasé los tres primeros días maravillándome de todos los pequeños detalles que estando también en mi ciudad me pasaban inadvertidos. para cuando llegaba al hotel, a las tantas de la noche, con los pies ardiendo y la espalda encorvada y dolorida, me alegraba al pensar que para el día siguiente todavía me faltaban mil cosas por ver y me quedaba dormida encima de la cama, con el mapa marcado en rojo a mi lado. y llegó el domingo. 
habíamos disfrutado de un par de días de sol y calor, algo con lo que no contaba, pero el domingo amaneció nublado y lluvioso. mientras me decidía a salir de la cama o quedarme un rato más, abrió la puerta, por tercer día consecutivo, la mujer de la limpieza. y por tercer día consecutivo, a pesar de las cortinas corridas y la penumbra de la habitación, avanzó hasta asegurarse de que, efectivamente, seguía en la cama. en una mezcla de alemán, inglés y otro idioma que no supe identificar, se disculpó mil veces mientras yo intentaba disimular mis pelos de loca para no asustar más a la mujer. cuando hubo cerrado la puerta miré el reloj: eran las nueve menos diez. no pude evitar preguntarme si para los alemanes esas eran horas de estar ya en pie y a punto de empezar el día. el día vacacional. resolví que probablemente sí, así que me levanté y a pesar de notar el cuerpo todavía dolorido del día anterior, en media hora conseguí estar lista, con el mapa, la guía de viaje, el paraguas, dos jerséis por si acaso y una botellita de agua. 

a medida que iba acercándome a la estación iba creciendo mi expectativa para llegar. recordaba sin embargo las caras y los comentarios de algunos amigos míos cuando, al contarles mis planes, me habían tildado de morbosa o de malgastar un día de mis vacaciones para ir a pasarlo mal. el tren, eficazmente alemán, llegó puntual y después de mirar el plano más de tres veces para asegurarme de estar en la vía adecuada y en la dirección correcta, me relajé observando el paisaje de los suburbios de berlín. a cada kilómetro que recorríamos el gris de los edificios iba dejando lugar a un verde resplandeciente típico de los países del norte. también me di cuenta de que en cada parada iban apeándose más pasajeros hasta que me quedé prácticamente sola en el vagón. me extrañó, la verdad. en la guía había leído que mi destino era la segunda visita más popular de los alrededores de la ciudad y lo único que se me ocurrió para justificar la falta de público fue el día feúcho y más bien fresco que hacía. sí, estaba segura de que era eso. me repantingué en el asiento y continué admirando el paisaje, mientras me masajeaba las lumbares con los nudillos de las manos y me prometía a mí misma bajar un poco el ritmo de las caminatas para los próximos días. 

llegamos a oranienburg a la una de la tarde, una hora después de haber dejado berlín. apenas cinco o seis personas se bajaron en la misma estación y de nuevo esa sensación de sorpresa. enseguida me fijé en dos parejas que caminaban a pocos pasos delante de mí. dictaminé, por sus ropas y sin la menor duda, que se dirigían al mismo lugar que yo y decidí seguirles y así ahorrarme sacar el mapa y estar pendiente del nombre de las calles alemanas, no sólo imposibles de pronunciar sino maliciosamente largas. la primera pareja, sin embargo, se paró nada más salir de la estación para mirar algo en su guía. estuve tentada de pararme yo también y disimular hasta que reiniciaran la marcha, pero resolví seguir a la primera pareja que, sin mapas y menos dubitativos, encabezaban la marcha. 
oranienburg es un pueblecito plácido, con árboles centenarios a ambos lados de las calles poco transitadas y casas pequeñas de techos picudos. apenas me crucé con una decena de personas, la mayoría ancianos que paseaban mirando al suelo y que sólo levantaron la cabeza al encontrarse conmigo. debo decir que me sentí un poco incómoda. figuré que me habían identificado como turista y que por lo tanto sabían perfectamente hacia dónde me dirigía. por algún motivo, imaginé sus pensamientos: “ahí va otra que nunca va a dejarnos pasar página. de eso hace ya muchos años, muchos. algunos ni tan siquiera vivíamos aquí y los que lo hacían no sabían lo que sucedía realmente ahí dentro. así fue, en serio. qué culpa tendremos nosotros, ¿eh?”. 
decidí mirar al suelo yo también y sólo alzar la vista de vez en cuando para no distanciarme de la pareja que me precedía. siguiendo las indicaciones que iban repitiéndose en los postes del dibujo de una casa, que más bien parecía una mansión que hubiera pertenecido a algún aristocrático del siglo diecinueve, llegamos a una intersección entre el río y la carretera. en ese cruce las indicaciones desaparecían. sin embargo, la casa que habíamos visto dibujada en las señales aparecía por fin unos metros más allá. viendo que ya no necesitaba a mi pareja, aceleré el paso y llegué a los pocos minutos. estaba desconcertada. la casa, de proporciones descomunales, albergaba un museo con una exposición de cerámicas y figurillas de porcelanas y un bar-restaurante cuya carta era prohibitiva. justo al lado, una caseta más humilde informaba de la venta de tickets. entré. el chico, un tanto perplejo al verme acceder a la sala me preguntó, en alemán, si quería una entrada para el parque, para la exposición de figurillas de porcelana o para las dos cosas. sonreí, negué con la cabeza y en inglés le informé que no estaba entendiendo nada. repitió la pregunta en un inglés rudimentario. aún más desconcertada por haber escuchado la palabra “parque” y “exposición de figurillas de porcelana”, contesté que deseaba ver las dos cosas. él asintió, me cobró seis euros y me dio un mapa que guardé en el bolsillo. antes de salir de la caseta, divisé a mi antigua pareja, acercándose muy ilusionada. 

todo eso me parecía casi de mal gusto. quiero decir, una cosa era querer pasar página y dejar el pasado atrás, pero otra muy distinta hacer como si no hubiera pasado nada y obviar lo innegable. la cosa ya rebasó lo absurdo cuando, pasada la puerta de entrada, me encontré con unos jardines exquisitamente bien cuidados, repletos de preciosas flores de todos los colores y plantas de todas las formas. ahí empecé a sospechar de que algo no iba nada bien. me acordé del mapa que me había dado el muchacho del mostrador y lo desplegué. “campo de golf”, “pista de tenis”, “bar”, “biblioteca”, conseguí averiguar de mi alemán básico. caminé un buen rato por entre la colorida flora, esperando encontrar un cambio de escenario de un momento a otro, pero eso no ocurrió. cansada y frustrada decidí, por fin, consultar la guía que no había revisado en todo el día. me tranquilizó comprobar que estaba en el pueblo correcto. pero eso era todo. las fotos de la guía no concordaban con el paisaje que tenía delante y definitivamente concluí que aun no sabiendo dónde estaba, no era el lugar donde quería estar. salí enfurecida conmigo misma por ser tan comodona y con los alemanes por su pésima forma de indicar lugares de interés, porque, ¿desde cuándo un pueblucho insignificante perdido en medio de la nada era más popular por su parque de flores y su colección de figurillas que por su campo de exterminio? 
desanduve lo andado esperando encontrar alguna otra señal más explícita, sin éxito alguno. me perdí mil veces por entre las calles desiertas y sospesé la idea de parar a algún habitante para preguntar, pero sinceramente, me daba vergüenza. pensé que, siendo yo uno de sus habitantes, estaría hasta el gorro de escuchar la misma pregunta cada día y de sentir esa misma mirada acusadora, como si ellos hubieran tenido algo que ver. también tanteé la idea de seguir a alguien que saliera de la estación, pero vistos los resultados de la primera vez, la desestimé rápidamente. la cuestión es que después de una hora caminando sin saber muy bien hacia donde, encontré la primera pista, el primer indicio. caminé una hora más y cuando divisé a un grupo de cinco o seis personas que iban en dirección contraria a la mía, con semblante serio y arrastrando los pies, supe que esta vez había acertado. 

“bienvenido al campo de concentración de sachsenhausen. a continuación le explicaremos el modo para usar esta guía. a lo largo del campo, podrá ver carteles numerados colocados en el suelo o en la entrada de los barracones. pulse el número que aparece en el panel para proceder a escuchar la explicación de cada uno de los lugares. al final de cada explicación, escuchará otro número adicional con el que, si lo desea, podrá ampliar la información a través de testimonios reales que sobrevivieron al campo de concentración de sachssenhausen. para detener el audio, pulse el botón central rojo. para subir o bajar el volumen pulse las flechas de arriba y abajo situadas a la derecha. para…” 

perdí la noción del tiempo. en algún momento las nubes se hicieron más negras y cayeron cuatro gotas, que apenas humedecieron la tierra. al poco rato despejó y terminó saliendo el sol. un sol débil que apenas calentaba, pero sol al fin y al cabo. pocos minutos después se levantaron ráfagas de viento fresco que se colaban con fuerza por entre el edificio de la enfermería y el muro que separaba el crematorio del resto del campo. justo ahí, en un descampado donde ahora crecían las malas hierbas, me fijé en unas flores violáceas que despuntaban. eran unas flores comunes, típicas de cualquier jardín trasero mal cuidado, más bien feas, de forma redondeada, con los pétalos minúsculos y el tallo largo y blanquecino. arranqué un par y las metí dentro de la botella de agua que había estado cargando durante todo el viaje. 

cuando salí de sachsenhausen el sol ya se había puesto y el viento había parado de soplar. mientras me alejaba del campo, con el semblante serio y arrastrando los pies, me sentí tremendamente afortunada por poder coger el tren de vuelta al bullicioso berlín. 

17 septiembre 2013

caso clínico: los anuncios

es una pena que la mayoría de veces aprovechemos los cinco minutos de publicidad (que en realidad son veinte porque los medidores temporales publicitarios son ligeramente distintos a los medidores temporales comunes) para levantarnos a visitar la cocina o el baño, ignorando de esta forma los siempre bienvenidos consejos de los productos que aparecen en la pantalla, acompañados de melodías que tararearemos inconscientemente durante días y frases memorables que formarán parte de nuestras conversaciones cotidianas. es una pena porque, aunque parezca lo contrario, un anuncio es una pequeña obra de arte (fruto de muchos estudios de mercado por la calle que entorpecen el paso y muchas encuestas por teléfono que truncan miles de plácidas siestas) que puede convertir un producto en algo imprescindible en la vida de cualquiera de nosotros. y es que por mucho que nos opongamos y creamos estar al margen de influencias tan obvias, ¿quién no ha sucumbido alguna vez a ese artículo porque creímos que sí, que lavaba más blanco que el resto, borraba los signos de envejecimiento de forma inmediata o reducía dos tallas en dos minutos? ahá, me lo temía. 

pues por este motivo merecen especial atención y un caso clínico: 

ya les diré yo a qué huelen las nubes 


si yo fuera hombre, viendo los anuncios de compresas y/o tampones, repletos de bellas y jóvenes mujeres sonrientes, felices, brincando y bailando por las calles de una ciudad en la que todo el mundo parece encantado de haberse conocido, sentiría unas irrefrenables ganas de pedirle a mi médico un cambio de sexo. no voy repetirme de nuevo con el tema de la menstruación (vean http://hiliaescribe.blogspot.com.es/2012/05/enfermedades-letales-la-menstruacion.html en caso de curiosidad o mucho tedio), porque el tema que nos ocupa hoy es otro, pero sólo un dato informativo para los publicistas que durante meses planean las campañas para estos productos: tener la regla es una puta mierda. basta ya de usar tonos pastel, coreografías facilonas y bragas transparentes con puntillas. todo el mundo sabe, o a estas alturas debería ya saberlo, que las bragas de la regla son otras, mucho menos sofisticadas, que la única coreografía durante “esos” días es la de estar tumbada en un sofá y que los colores pastel son para los bollitos de repostería industrial que se ingieren en cantidades indecentes porque claro, alguien tiene que escuchar los dictámenes de las hormonas. 
dicho esto, tampoco entiendo muy bien la necesidad de anunciar compresas y/o tampones. quiero decir, ya sabemos qué hay que usar en “esos” días y tampoco es que haya una gran diferencia entre una marca y otra, ¿no? a ver, que una compresa es una compresa y un tampón es un tampón. que el producto no da más de sí, que si se tratara de un coche, de una crema de belleza, incluso de unas croquetas caseras, pues les diría bien, adelante, lo acepto: evolucionemos e inventemos, hagámoslo diferente. una croqueta en forma de corazón con sabor a madalena ideal para los desayunos y los enamorados, claro por qué no. pero es que un tampón es complicado de hacer diferente, por no decir, arriesgado. nadie quiere un tampón en otra forma que no sea la de un tampón. así que con todas las limitaciones que ofrecía el producto, llegaron las excentricidades de cada marca. y de verdad que no quisiera imaginarme con qué tipo de mentes brillantes cuenta cada casa, porque claro, luego sale lo que sale: 
-necesitamos algo nuevo. algo diferente. algo revolucionario. 
-umm… pues no sé... tenemos compresas finas, absorbentes, de día, de noche, de media tarde, con alas, sin alas, maxi, súper, extra, ultra, sensitive, con envoltorio individual rosa, con envoltorio individual rosa fucsia, sin envoltorio, con dispositi... 
-¿me está usted diciendo que ya está todo inventado? 
-eso parece, señor, aunque se me acaba de ocurrir una idea. no sé, puede que le parezca ridícula, pero… 
(se hace un silencio en la sala. los ejecutivos más veteranos de la compañía, escépticos y recelosos, ya no creen en ninguna nueva idea, temen que el mercado de las compresas y/o tampones esté estancado y algunos sospesan la idea de pasarse al negocio de las croquetas para enamorados, pero el joven no se acobarda, mira a todos y cada una de los rostros hieráticos que le rodean y se aclara la voz). 
-hable, por favor – le anima el que aún alberga alguna esperanza. 
-bueno… ahí va… ¿qué les parecería una compresa negra? 
-¿!negra?! 
(el joven sonríe tímidamente. los ejecutivos escépticos y recelosos susurran, bisbisean y murmuran algo incomprensible). 

les pondría aquí una foto del artilugio, porque sí, porque al final los ejecutivos escépticos y recelosos apostaron por tirarse a la piscina y dejar ideas tan descabelladas como las croquetas para enamorados para los verdaderos suicidas creativos, pero confío en su imaginación. y bueno, ahora podemos afirmar orgullosos que el mercado cuenta ya con compresas negras y, sinceramente, no veo el momento en el que aparezcan los estampados floreados, los animal print y los topos y rayas. 

¿y tú me lo preguntas? 


hay que ver lo que han evolucionado los anuncios de coches en los últimos años. aún recuerdo cuando, no hace demasiado tiempo, lo normal era acordarse más de la rubia con el pelo cardado, en bikini rojo y echada encima del capó, que del coche que se pretendía vender. fíjense ahora, en cambio. lírica (otro tipo de lírica, claro) pura. que si “¿te gusta conducir?”, que si “be water my friend”, que si “todo lo que hacemos nos conduce a ti”. 
no sé ustedes, yo últimamente he dejado de leer poesía para ver más anuncios de coches y me pregunto si en realidad los verdaderos poetas, los que imaginamos en una oscura buhardilla de parís, pasando frío y hambre y escribiendo a la luz de las velas, no están en realidad en una agencia de publicidad, rompiéndose los sesos con livianas palabras y etéreas frases para dejar al público con esa sensación de vacío por no tener ese, justo ese, coche en su garaje. aunque bueno, luego estos efectos de síndrome de stendhal se desvanecen ipso facto cuando por encima de la imagen de una preciosa puesta de sol anaranjada y un coche alejándose por una carretera infinita aparece el precio, siempre “desde” por si cuela. y así, de esta forma tan abrupta y rotunda, la sensación de vacío se convierte más bien en sensación de vértigo. por eso yo soy de la opinión que es siempre mejor obviar los números y quedarse con las letras. 

realismo mágico francés 


con un poco de imaginación, o incluso sin ella, uno podría llegar a pensar que al comprar un perfume, compra algo más que un perfume. que adquiere, por ejemplo, un coche deportivo, una mansión gigante en la campiña francesa, cuatro rubias, tres pelirrojas, dos morenas, una albina, un velero, un collar de diamantes que siempre termina rompiéndose, pero da igual, el jardinero, musculado y sudoroso, una piscina de leche de burra, pero sobre todo, más que todos estos bienes materiales, se obtiene éxito, confianza, reconocimiento y poder. sí, unas pocas gotas de ese frasquito tan exquisitamente bien diseñado, pueden convertirle a cualquiera en todo lo que había soñado, aunque delante del espejo siga viéndose un poco fondón y cada día más calvo. lo cual es algo que entiendo perfectamente porque es bien fácil reconocerse en los muchachos/as que aparecen en las pantallas. nada como hacer uso de gente normal y corriente haciendo cosas de gente normal y corriente para sentirse menos desgraciado y más seguro de sí mismo. y eso, apreciados lectores, sí que lo tienen los anuncios de perfume: ser conscientes de la realidad y ajustarse a ella y es que para dejar volar la imaginación ya existe la publicidad de entidades bancarias y productos para perder peso. 
un apunte más: si, en los tiempos que corren, están ustedes disfrutando de un auge en su carrera profesional, un auge que les proporcione algo de popularidad, ni que sea temporal, asegúrense de lanzar al mercado un perfume. uno no llega a la cima hasta que no ha creado su propia fragancia. que tenga un aroma distinguido o pestilente es algo secundario a lo que nadie reparará. lo importante es que se comercialice, lleve un nombre afrancesado y se pronuncie acompañado de una caída de párpados nada forzada. 

somos lo que comemos (también en festivos. especialmente en festivos) 


sea cual sea el producto que se anuncia, lo esencial en un spot publicitario de alimentación es una familia de cuatro (niño con cara de sorprendido de pelo oscuro, niña marisabidilla pelirroja, padre asintiendo rubio y madre demasiado joven para tener dos hijos y morena. así ningún espectador avispado puede sospechar que no se trate de una familia real) alrededor de una mesa. se aceptan también, a modo de extra y ya para los últimos segundos del anuncio, la aparición estelar de los abuelos, sobreexcitados y casi de la misma edad de la madre, y/o los amigos de los niños que siempre, siempre, se mueren de envidia. sana, eso sí. 
para los productos menos saludables, son preferibles los adolescentes: ellos practicando skate, y ellas también, porque para eso estamos en una sociedad igualitaria, aunque sus pantaloncitos sean cada vez más cortos y ajustados. el mensaje final, tampoco es que difiera mucho, se publicite un donut o una ensalada: coma y será usted feliz, lo cual para qué engañarnos, también es cierto, sea un donut o una ensalada. los de la ensalada se pueden permitir el lujo de hacer hincapié en lo de comer sano, saludable y vivir más años, algo que, tal y como están las cosas, no sé si es más una ventaja o un inconveniente. los de los donuts, por el contrario, pueden añadir una capa extra de chocolate y otra de nata y otra de caramelo y otra más de chocolate, porque puestos a morir, que sea a lo grande. 

podríamos adentrarnos en el mundo de la cerveza (¿quién no ha sentido nunca la imperiosa necesidad de aporrear una pandereta en la noche de san juan mientras se toma una cerveza fresquita a orillas del mediterráneo?), la ropa interior (nada como empezar el día esperando el autobús de las siete, debajo de una marquesina, con la imagen de algún actor/deportista y el obligatorio retoque de photoshop para enfatizar su mirada) y los coleccionables de septiembre (septiembre, el mes donde aprender inglés, aprender el lenguaje de los abanicos, aprender a pintar figurillas de porcelana de campesinas provenzales del siglo XVII, aprender a identificar la energía de los minerales del desierto de gobi, es posible. y siempre, siempre, en sólo dos semanas), pero me da la sensación que están deseando cinco minutos de publicidad para levantarse y cambiar de blog. 

11 septiembre 2013

Mejor no digo nada.
Sería inútil. Ya ha pasado.
Fue una chispa, un instante. Aconteció.
Yo acontecí en ese instante.
Puede que usted también lo hiciera.
Suele ocurrir con los poemas:
terminan condensándose las formas
en nuestros ojos como el vaho 
sobre un cristal helado;
las formas, con su herida.
Pues quien construye el texto
elige el tono, el escenario,
dispone perspectivas, inventa personajes,
propone sus encuentros, dicta los impulsos,
pero la herida no, la herida nos precede,
no inventamos la herida, venimos
a ella y la reconocemos.

Matar a Platón, C. Maillard

05 septiembre 2013

la primera vez fue una tormenta de verano. 
una comparación típica y facilona, sí, 
pero así fue; 
nubarrones negruzcos que avanzaron más rápidos
que sus propios pasos
truenos que silenciaron sus razones 
gotas que en segundos 
empaparon sus ropas estivales 
sus pieles curtidas de agosto 
sus cabellos salados de mar 
su tiempo ilimitado. 
los huesos, los huesos permanecieron intactos
y cálidos. 
el sol salió poco después 
y con la misma rapidez, se secaron 
rieron 
se abrazaron 
un mal entendido 
una estupidez. 
el recuerdo, casi agradable, de la hierba húmeda a sus pies. 
esa fue la primera vez. 

la segunda fue más rumiada, menos abrupta 
el viento otoñal empujaba el fin de un verano 
ya tibio 
no bastó con desnudarse y esperar que la ropa se secara 
tampoco bastó un abrazo 
temblaron de frío y desconcierto 
se sintieron frágiles, decepcionados 
temerosos de mirarse 
y continuar con quejas y críticas. 
quebrarse. 
en silencio, con la cabeza gacha 
los hombros caídos 
y el decreciente eco de una sarta de insultos. 
una manta vieja abrigó sus cuerpos calados 
debajo, una improvisada reconciliación 
encima, una lluvia fina 
impalpable 
invisible 
incesante. 

perdieron la cuenta. 
con cubos anchos bajo las grietas 
se habituaron al sonido de un goteo 
premonitorio 
y cuando el líquido turbio rebosaba los márgenes 
lo vaciaban, resignados, por un desagüe 
infecto. taponado. 
en ese intervalo, en esa espera, 
en ese tiempo escueto y tenso 
se creían ligeros, liberados. 
dispuestos a comenzar, otra vez, 
mil veces, 
de cero. 
y otra gotera. mil goteras. 
se cansaron. 
se cansaron de verter el pasado 
de parchear derrames 
de saltar charcos 
de retirar fango y evitar granizo. 
se cansaron. 

naufragaron. 

ahora, a la deriva 
aferrados a restos y añicos 
entumecidos, sin voluntad, 
se dejan llevar y se hunden 
poco a poco. juntos.