31 agosto 2013

Esa división de la atención de Nailles durante el culto había comenzado en la infancia, cuando pasaba casi todo el tiempo en la iglesia examinando las figuras capturadas en el grano de la madera de roble. Bajo ciertas iluminaciones y disposiciones mentales, parecían bastante coherentes. Había una carga de jinetes mongoles en el tercer banco de la derecha, junto a la pila. En el banco de delante se vía un ancho lago (algún tipo de extensión de agua) con un faro en una península. En el banco del otro lado del pasillo había una batalla, y en el de delante, lago así como un rebaño de reses. Esa falta de concentración no inquietaba a Nailles, que no tenía previsto desprenderse del atrio de su cuerpo mortal ni de su memoria. Su interés por la iglesia seguía siendo al menos parcialmente prosaico, y esa mañana de invierno advirtió que la señora Trenchman persistía en su particular versión competitiva de fervor religioso. La señora Trenchman era una conversa reciente (había pertenecido a la iglesia unitaria), y estaba más que orgullosa de su dominio de las respuestas y formalidades del servicio; era combativa. Nada más oír la voz del sacerdote en la sacristía, se ponía en pie y empezaba a disparar su amenes y sus gracias con voz firme y resonante, bastante antes que el resto de la congregación, como si participara en algún tipo de carrera eclesiástica. Sus genuflexiones eran profundas y elegantes, su credo y su confesión eran literalmente perfectos, su agnusdéis era sentido y, si le salía competencia, como a veces sucedía, añadía un par de señales de la cruz, como prueba de la superioridad de sus devociones. La señora Trenchman era una ganadora. 

Bullet Park, J. Cheever

23 agosto 2013

décimo séptima planta

puede que lo leyeran en el periódico. salió unos días después de que ocurriera, cinco o seis, no lo recuerdo bien. la noticia ocupó apenas diez líneas, con una falta de ortografía en el nombre de ella y una foto del edificio en el que sucedió todo. se llamaba jennifer, aunque yo la conocí bajo el nombre de mariposssa. le gustaban las mariposas, me dijo cuando le pregunté a qué venía ese nombre. le gustaban sus colores, sus formas y sobretodo cómo aleteaban grácilmente alrededor de las flores. me contó también que durante muchos años su padre las había coleccionado y que muchas veces ella había salido por el campo con él para ayudar a cazarlas y luego, ya en casa, disecarlas y catalogarlas. 
-teníamos una treintena de paneles con especímenes increíbles. 
-vaya - escribí yo sin saber si eso era algo que me gustaba o no. 
-aunque tuvimos que deshacernos de ellas. a mi madre no le gustaba verlas ahí, muertas, atravesadas con una aguja. 
-sí, bueno, creo que puedo entenderla. 
-¿tú nunca tuviste una mascota de pequeño? – preguntó. 
contesté que no era muy amigo de los animales. de hecho soy alérgico a los gatos, los insectos me dan asco y los perros me parecen unos animales terriblemente torpes, siempre con la lengua fuera y ladrando ante cualquier estupidez. mariposssa contestó que a ella le encantaban los animales y que si no fuera porque vivía en un piso pequeño tendría como mínimo dos. le dije que tal vez cuando se mudara a otro piso más grande y ella contestó que en realidad le gustaba su piso. y cambiamos de tema. aparte de los bichos, teníamos bastantes cosas en común. supongo que por eso me fijé en su perfil: 
“soy mariposssa. tengo treinta y cinco años y me gustan los animales, viajar, leer novelas de terror, el cine, cocinar tartas, pasear y salir con mis amigos.”

bueno, sí. tal vez no era una información demasiado detallada de ella. había centenares de chicas más prácticamente con la misma descripción poco detallada, así que sí, puede que también me fijara en la foto que había elegido y me llamara la atención su escote y sus piernas largas. 
sea lo que fuera, le envié un mensaje. creo que fue un “hola, qué tal” o un “a mí también me gustan las novelas de terror” (aunque tampoco era cierto), o un “me encantan las tartas”. ya saben, algo casual para iniciar una conversación y no quedar como un pringado en el caso de que te ignoren. sin embargo, a diferencia de otras, mariposssa contestó casi inmediatamente y comenzamos a hablar de esto y de aquello, lo típico, vamos. cuando dos horas después me dijo que tenía que marcharse porque tenía que preparar una tarta para el cumpleaños de su octogenaria abuela, supe que querría volver a saber de ella. y ella de mí. 
se puede decir que esa semana estuvimos los dos enganchados a la pantalla. pasamos a darnos los correos personales y era frecuente que en las horas de trabajo recibiera un email suyo preguntándome si estaría en casa por la noche para hablar un rato. hombre, claro, me empecé a hacer ilusiones. supongo que les hubiera pasado lo mismo a ustedes: una chica interesante y con un buen escote que quiere saber de ti. y no es que yo me considere feo ni aburrido. y si en el último año antes de conocer a mariposssa no había echado ni un puñetero polvo fue porque estaban todas locas, pero esto ya es otra historia que no tiene nada que ver con ésta. 

propuse de quedar. cara a cara. era lo más lógico después de una semana de perseguirnos mutuamente. accedió encantada y nos encontramos un par de días después en un bar pequeño y tranquilo que sugirió mariposssa. 
llegué diez minutos antes. no quería hacerla esperar y además me gustaba la idea de verla llegar y adivinar si era ella o no. sí, ya había visto la foto de su escote y sus piernas largas, pero no había visto ninguna más y todos sabemos que la realidad siempre supera la ficción. y no precisamente a mejor. fue a peor, claro. a ver, no era fea, ni mucho menos, pero era obvio que la foto era de hacía unos cuantos años, de cuando en vez de preparar, y catar, tartas hacía un poco de ejercicio. mantenía, eso sí, el escote, más vistoso y generoso que en la foto, así que me abstuve de hacer ningún comentario sobre la vigencia de la dichosa foto. ella sin embargo pareció muy contenta al verme y comprobar que sí, que yo era el mismo de la foto, con mis ojos claros y vivarachos, mi pelo rubio y frondoso y mis dientes alineados y blanqueados. mentiría si dijera que al principio había más silencios incómodos que conversación fluida. no me pareció preocupante, al fin y al cabo era la primera vez que nos veíamos y los dos nos sentíamos como bajo un foco, observados y juzgados por el otro. afortunadamente, soy un hombre de recursos y comencé a sacar temas de los que ya habíamos hablado antes y con los que sabía que ella se sentiría cómoda y parlanchina. y así fue. también ayudaron los gin tonic que nos sirvió un camarero alto y delgadurrio al que mariposssa miraba insistentemente y con sospechoso interés. por suerte, para el segundo gin tonic habían cambiado el turno y nos sirvió una muchacha tatuada hasta el cuello que ella ignoró por completo. para el tercer gin tonic, que llegó dos horas después, yo me había cambiado de silla y me había sentado a su lado, con mi mano en su rodilla y nuestras caras lo suficientemente cerca como para besarnos. 
el primer beso fue un poco raro. no es que besara mal, pero parecía que no sincronizáramos bien: cuando yo sacaba la lengua para entrelazarla a la suya, ella la retiraba y cuando yo la retiraba la sacaba ella. así pasamos cinco minutos, intentando ponernos de acuerdo hasta que ella se apartó y bajó un poco la cabeza. pensé que estaba arrepentida o avergonzada, pero no, sólo cogió un poco de aire para preguntarme si me apetecía ir a su casa. para qué engañarnos, me olvidé de su lengua rasposa y comencé a fantasear en la noche que me esperaba en su casa, con ese escote que cada vez me parecía más deseable y atractivo y esas piernas que quizá no eran tan largas, pero eran piernas al fin y al cabo. contesté que sí, claro. pagué la cuenta y salimos del bar. 
su casa no estaba demasiado lejos y andamos hacia allí. hacía una noche agradable y las calles estaban transitadas por turistas que fotografiaban cada rincón de la ciudad. aproveché para hablar de los países que habíamos visitado, puesto que mientras caminábamos volvimos a quedarnos callados, de nuevo ese silencio incómodo, y temí que cambiara de idea con lo de ir a su casa. mariposssa había salido poco, así que terminé haciendo un monólogo sobre los lugares en los que había estado yo. ella escuchaba, o eso parecía, y de vez en cuando se reía y me hacía preguntas. nos relajamos y pasé mi brazo por encima de su hombro. no lo retiró y de esta forma llegamos a su edificio. 

vivía en la décimo séptima planta, aunque a mí me pareció más bien la tercera. el ascensor subía rápido y además lo pasamos besándonos, esta vez un poco más acompasados, y metiéndonos mano. a estas alturas ya les puedo garantizar que sentía unos deseos irrefrenables de arrancarle la ropa nada más entrar en su piso, tumbarla en el suelo, o en el sofá o donde fuera y follármela como nunca la hubieran follado. habían pasado más de tres horas, más de una semana, más de un año. pero mis planes quedaron truncados cuando al entrar, encendió la luz y se empeñó en tomar una copa en la terraza. su piso era minúsculo y con cierta reticencia comprobé que en una de las paredes había conseguido salvar de las garras de su madre una decena de paneles con mariposas disecadas de todos los colores y tamaños. no quise hacer ninguna observación acerca de ellas, aparte de porque no era un tema que me fascinara precisamente, porque sabía que eso sólo implicaría un retraso en mi objetivo. llámenme interesado si quieren, pero más de tres horas, más de una semana, más de un año. no estaba para hablar de mariposas a esas horas. su casa tenía, sin embargo, una terraza enorme, casi el doble de lo que era el interior, con unas vistas impresionantes de la ciudad. 
-caray, -dije- tienes la ciudad a tus pies. 
-me quedé el piso sólo por la terraza. además, con la barandilla acristalada, parece que estés volando. sal y verás. 
-no sé, tengo un poco de vértigo… 
-¿en serio? sal, sólo un poco ni que sea. es que vale la pena, ya lo verás. 

mientras ella desaparecía en la cocina a por hielo, yo abrí la puerta hacia el exterior y muy lentamente avancé unos centímetros. me quedé con la espalda pegada a la pared y encendí un cigarrillo. mariposssa tenía razón: se estaba muy bien allí. di un par de pasos más y alcancé una de las sillas para sentarme y relajarme. no había de qué preocuparse y además, pensé, ahora venía lo mejor. apareció al poco rato, con dos vasos en la mano. sonreía y me preguntó si estaba bien. respondí que sí. me dio uno de los vasos y en vez de sentarse a mi lado, fue hacia la barandilla y se apoyó en ella, justo delante de mí, con la ciudad a sus espaldas. se había quitado los zapatos y vi sus pies menudos y graciosos con las uñas pintadas de un color rosado pálido. 
-¿tú no sientes vértigo? 
-¡no! 
me ponía nervioso verla allí. 
-¿por qué no te sientas aquí, conmigo? 
-porque estoy bien aquí – contestó, divertida ante mi inquietud. 
y a continuación se subió el vestido a la altura de la cintura. también se había quitado las bragas. creo que fue en ese momento cuando me olvidé del vértigo, de las vistas y de todo lo demás. también fue justo en ese momento cuando escuché un crujido seco y extraño y cuando la baranda cedió. fue todo tan rápido que ni tan siquiera me dio tiempo a entender qué había sucedido. en menos de un segundo me encontré sentado delante de la nada. la ciudad seguía a mis pies, sí, con sus lucecitas parpadeantes y sus gigantescos edificios, pero a mí me dio más la sensación de estar enfrente de un espectáculo macabro. luego, supongo que fue inmediatamente, aunque a mí me pareció que habían pasado horas, escuché un grito escalofriante y agónico, cada vez más lejano hasta que se hizo el silencio de nuevo. 

no recuerdo de dónde saqué las fuerzas para volver al interior del piso. no recuerdo si fui yo quien llamó a la policía, ni qué me preguntaron cuando llegaron, ni cómo salí de esa casa y me dirigí a la mía. lo único que recuerdo bien, todavía hoy, la única escena con la que me despierto a veces en mitad de la noche, es la imagen de ella moviendo los brazos inútilmente cómo si fuera a echar a volar grácilmente de un momento a otro. 


basado/plagiado (vilmente) de aquí: http://www.lavanguardia.com/sucesos/20130802/54379082079/mujer-primera-cita-muere-piso-17-edificio-nueva-york.html

16 agosto 2013

notas

guardo tus notas en mi cajón de las bragas 
no se me ocurrió un lugar mejor 
resguardadas de la luz estéril de las mañanas 
de las motas de polvo de una calle transitada 
del ruido de una lavadora que centrifuga 
de mis ganas de leerlas por las noches, 
con los ojos cerrados, en susurros, de memoria 
tumbada en la misma cama 
donde nos hemos contado, recorrido 
reconocido. 

a pesar de los días, 
sigo viendo en tus haches torcidas 
tus dedos huesudos y húmedos 
palpar con urgencia por debajo de la tela fina 
y en el minúsculo punto de una i tensada 
un segundo de prisa y preludio 
de ropa que sobra y aire que falta 
de rincones que aún no nos han visto bailar 
de palabras engullidas por jadeos 
y cuerpos ahogados en saliva. 

fecho las hojas manuscritas 
según mi percepción de los días 
seis de mayo; un cosquilleo, el humo de un cigarrillo 
tardío 
cualquier excusa tonta para alargar una noche extinguida 
cuatro de julio; una falda corta, un mordisco en el muslo 
un disparo mudo en el pecho 
quince de hambre ávida 
veinte de domingo calmo 
treinta y un viajes debajo de tus sábanas rojas 
ciento diez gotas de sudor en la espalda. 

repaso las tildes, los puntos y las comas 
cuidadosamente anotadas para que me detenga
en los espacios en blanco
en el silencio, en la pausa 
en el recuerdo del descanso, del descenso 
de los temblores que remiten y el pulso que retrocede.
vagabundeo por entre las líneas arqueadas 
con la intención de encontrar una nueva imagen 
una frase escondida 
un nombre distinto 
un verbo sin estrenar 
y cuando creo haberlo encontrado, 
entre los adjetivos y los pronombres 
entre tu ausencia y mi evocación,
jugueteo con la yema de los dedos 
y desabrocho distraída un botón de mi camisa 
y luego otro 
y otro
y uno más. 

08 agosto 2013

otra

no era a mí a quien besaba. de eso me di cuenta un tiempo después, cuando habíamos pasado dos días y cien noches en esa habitación estrecha, repleta de libros usados y tazas vacías, con una ventana pequeña que daba a un muro herrumbroso por el que se colaba el viento fresco de principios de otoño. 
al principio dejé de escuchar su risa. se reía, sí, pero de forma distinta, silenciada, escueta, como si hubiera olvidado los motivos, como si fuera algo de lo que podía prescindir, como si su propia risa le recordara momentos que no quería revivir. luego dejé de escuchar su voz. algunas veces le sorprendía mirando una esquina, el techo o una hoja arrugada en el suelo. ¿qué te pasa? preguntaba, y él se encogía de hombros. la mayoría de veces respondía nada. no era verdad. no era nada, los dos lo sabíamos bien, pero esa nada era el único hilillo deshilachado que nos unía. poco después vinieron los no lo sé. comenzó a no saber. no sabía qué hacía yo abrazada a su cuerpo, ni que hacía él escudriñándome con sus ojos opacos cuando yo arrancaba otra flor seca del rosal muerto del balcón. pero no era a mí a quien miraba. 

no era a mí a quien miraba. también de eso me di cuenta más tarde, cuando habíamos temblado de gusto y ganas y nos había faltado aire, horas, tacto y piel. cuando sobraban las preguntas y no temíamos las respuestas. cuando nos limitábamos a respirar el aire condensado de esa minúscula estancia y a caer consumidos en el suelo, en el colchón, en la mesa coja donde amontonábamos la ropa y los planes. 
no era a mí a quien susurraba por las mañanas, ni era mi nombre al que dirigía esas cartas largas que luego escondía en el último cajón de un mueble viejo. ni tampoco eran mis huellas húmedas en las baldosas las que rastreaba afanoso al salir de la ducha, ni mi pelo, enmarañado y oscuro como el miedo a quedarse, el fracaso a marchar, el que peinaba por entre sus dedos antes de dormirse en un rincón de la cama. y no, no eran mis palabras las que escuchaba por encima de esa melodía que evocaba reencuentros eternos y ajenos, en puentes que hubieran cedido a nuestro paso inseguro y errante. 

no era yo. 
era otra. 

otra más risueña, más afín, otra que vivía entre nosotros y se filtraba por las grietas de las paredes y los huecos de los silencios, apremiándonos, apremiándole, a una decisión, a un desenlace, a un redoble de tambores que acompañara los créditos de una pésima película mal doblada, cuyos protagonistas era él y otra. otra que era yo. yo que no era otra. 

02 agosto 2013

no es que el libro sea malo, tampoco lo es la música que suena en su reproductor. es que hoy va a ser un día complicado y sabe que no le será fácil concentrarse en nada más que no sea en césar y en ese ticket arrugado y con las puntas dobladas hacia arriba que ha encontrado esta mañana en el bolsillo de su chaqueta; dos vinos y dos gin tonics, pagados a las 23:47 en un bar donde ella no ha estado jamás. sabía que no tenía que rebuscar entre sus cosas, lo sabía perfectamente, esto denota una falta de confianza en la pareja y si césar se enterara algún día negaría con la cabeza y le diría que está decepcionado, haciéndola sentir ridícula y culpable. pero después de tres jueves consecutivos de llegar más tarde de lo habitual, de pasar los fines de fumando en el balcón pendiente del móvil y de apartar su mano cada vez que ella había comenzado a acariciarle la rodilla, sólo pueden inducir a pensar que está con otra. tal vez no sea nada serio, puede que sea sólo un lío de esos de una noche y que hoy, viernes, después de los vinos de ayer él haya tomado la decisión de terminar con la otra. puede incluso que no sea nada de esto y que, tal y como ha asegurado alguna vez estos días, tengan una temporada de mucho trabajo y se viera obligado a salir con los nuevos clientes. a pesar de todos los argumentos con los que ella misma se intenta convencer, sigue con la mirada clavada en el libro abierto del revés, intentando imaginar cómo será la otra y cuándo se lo piensa contar. 
-perdona, ¿vas a bajar? – le pregunta una señora pintarrajeada y que desprende un intenso olor a un perfume dulzón y empalagoso. asiente, sin casi mirarla, cierra el libro y avanza hacia la puerta junto a otra decena de personas que se arremolinan para ser los primeros en salir. camina arrastrando los pies, encorvada, sin darse cuenta que entorpece el paso de los que se han levantado con más entusiasmo para dirigirse, probablemente, a sus puestos de trabajo. si pudiera elegir, ella no iría. no se siente con ganas ni energía para aguantar ocho horas de reuniones , llamadas y problemas que ahora mismo le parecen insustanciales. aunque tampoco volvería a su casa, con césar, así que consciente o inconscientemente, sigue la ruta de cada mañana, sube escaleras, espera, se mete en otro vagón, busca un asiento libre con la mirada, se sujeta a la barra de la plataforma, abre de nuevo el libro y no puede evitar asociar las letras menudas de las hojas amarillentas con las letras menudas del ticket arrugado del bar. cuando por fin llega al edificio que se alza en el número cuarenta y dos de la calle molina, ha sacado su pañuelo un par de veces, sólo para no arruinar el maquillaje que, sin demasiado éxito, se ha aplicado esta mañana para disimular sus ojeras. antes de entrar se detiene a unos metros de la puerta. algunos de sus compañeros la saludan desde lejos y ella les devuelve el saludo con una sonrisa apagada y un leve movimiento de cabeza. 
-qué mala cara tienes, chica. ¿no has dormido hoy? – le dice una de las traductoras de la segunda planta. 
guadalupe no contesta. la chica se aleja taconeando con gracia, sin esperar respuesta alguna. nerviosa y con el pañuelo aún en la mano, busca el número de césar en el móvil. lo imagina todavía durmiendo, tal y como le ha dejado hace una hora. no se ha atrevido a despertarlo, ni tan siquiera para desearle los buenos días, algo impensable tan sólo hace unos meses. cuando su número aparece en pantalla, acerca su dedo a la tecla de marcar, pero desiste en el último segundo, puede que más tarde, cuando haya despertado y sea mejor momento para hablar, o al menos tantear la situación. guarda el pañuelo húmedo en su bolsillo y mira hacia el logo plateado y brillante del edificio número cuarenta y dos.

-el problema, lupi – le explica rafa, gesticulando con exageración, como hace cada vez que se siente con la ventaja de poder aleccionar a los demás – es que tú no te enteras de nada y cuando por fin lo haces, ya es demasiado tarde. 
-así pues, ¿crees que está con otra? rafa suspira y pone los ojos en blanco. 
-ay, lupi, lupi… guadalupe no puede contener las lágrimas. 
-¿vas a llorar otra vez? anda, sal un rato, date una vuelta a la manzana, tómate un café y vuelve cuando te hayas tranquilizado. aprovecha ahora que está la cosa calmada. 
ella se levanta de su silla y con la mirada aún nublada y los ojos enrojecidos, coje otro pañuelo de su bolso y se dirige al pasillo para esperar el ascensor. tarda apenas unos segundos en llegar a su planta y cuando las puertas se abren se topa con el vicepresidente de la compañía, que, sin casi desviar la vista del espejo, susurra un “buenos días” grave. en un gesto reflejo, ella baja la cabeza, no tanto por la incomodidad de compartir un espacio tan reducido con él, sino por la intención de querer ocultar la hinchazón de los párpados. 
-buenos días – contesta y a continuación carraspea, como si necesitara aclararse la voz para decir algo más, aunque se queda callada y clava la mirada en sus propios zapatos. 
el hombre desprende un olor fresco pero intenso, una mezcla de limón y lavanda que a guadalupe le recuerda el acondicionador que usa en su casa. es alto y delgado, con el pelo canoso, peinado hacia atrás, luce un moreno permanente durante todo el año y viste casi siempre con traje gris oscuro y camisas de color pastel. a pesar de que ella iba hacia abajo, el ascensor sube hasta la sexta planta. se cuida mucho de hacer ningún comentario y por unos segundos se olvida de césar y de su nudo en la garganta. justo antes de que las puertas del ascensor se abran suena el móvil de él. ella se aparta un poco, como si no quisiera entrometerse en una conversación que no le incumbe, aunque con el espacio tan limitado, lo único que consigue es arrimarse a la puerta de salida, de una forma un tanto cómica. el vicepresidente mira la pantalla y contesta rápidamente con voz firme: 
-hola. claro, sí. bien. acabo de llegar y no todavía no lo he visto, pero ya te dije ayer que no, que si lo hacemos de esta forma nos arriesgamos demasiado a que el clientes nos... ¿hola? ¿hola? ¿sigues ahí? vaya… la cobertura – dice, como si hiciera falta justificarse. 
por primera vez se miran. ella sonríe un poco, asiente con la cabeza e inmediatamente vuelve a mirarse los zapatos. piensa que él se habrá extrañado de sus ojos hinchados y se lleva una mano a la ceja, ocultando más aún su cara. cuando él sale del ascensor su móvil vuelve a sonar. -perdona, estaba en el ascensor y se ha cortado. te estaba diciendo que no podemos… su voz se va apagando con cada paso que da hacia su despacho. cuando las puertas se cierran, lo callan definitivamente. ella pulsa rápido la tecla cero, resopla y se mira en el espejo. niega con la cabeza y de nuevo siente ese nudo en la garganta que le oprime la respiración y los pensamientos. 

una noche, muy al principio de haberse conocido, cuando aún no llevaban ni dos meses juntos y ninguno de los dos se veía con el derecho a exigir demasiado del otro, césar le contó que, durante un tiempo, había estado con una mujer casada. a ella le sorprendió. no esperaba que él fuera de ésos, aunque tampoco hubiese sabido describir demasiado bien cómo eran ésos. césar parecía el tipo de persona que desde bien pequeño había aprendido a no pasarse de la raya mientras pintaba y desde entonces había seguido haciendo lo correcto porque era lo que conllevaba menos problemas. y eso era una de las cosas que le había gustado de él. imaginarlo con una mujer casada le borró parte de esa imagen de persona prudente y apocada. ella, movida por la curiosidad ante el nuevo césar, quiso indagar más sobre el asunto, pero él la cortó enseguida. ella reculó y se abrigó con las sábanas hasta la cintura, a pesar de estar en pleno verano. 
-no es algo de lo que me sienta muy orgulloso – se excusó él. 
-ya. 
-no lo supe hasta al cabo de un tiempo. ella me mintió y lo descubrí un día, por casualidad. 
-vaya. ¿y la dejaste cuando te enteraste? 
-bueno, no. estuvimos unos meses más hasta que… 
-¿hasta que…? 
-hasta que el marido se enteró también. luego ella me dejó. 
guadalupe sintió lástima por él. lo imaginó triste y deprimido, recordando a la mujer casada, recreándose en las horas que ella pasaría con su marido después de la reconciliación con éste, y siendo él relegado al olvido, a una aventurilla sin importancia, a un torpe desliz, a un capítulo cerrado. a la mañana siguiente, cuando césar la despertó con tostadas, café y su mano deslizándose por entre su camiseta, ella se olvidó por completo de la mujer casada y así continuó hasta hoy, hasta ahora. y mientras da la vuelta a la manzana, ligeramente mareada, incapaz de tranquilizarse, maldice a su marido porque es consciente, por primera vez en la vida, de que si lo hizo una vez puede volver a repetirlo. 

-¿ya has vuelto? tienes mejor cara – miente rafa al verla. 
-ahora lo veo claro. está con otra. lo veo tan claro que no sé cómo he sido tan idiota todo este tiempo. voy a llamarle. 
-bueno, más vale tarde que nunca, pero ni se te ocurra llamarlo, lupi. ¿qué vas a decirle? no mujer, no. estas cosas se hacen cara a cara. no le des la oportunidad de que pueda colgar y escaquearse del asunto. o peor aún, de tener tiempo para pensar e inventarse una excusa y al final parecer que seas tú una histérica controladora. no lupi, estas cosas no se hacen por teléfono. ¿sabes lo que te quiero decir? 
ella asiente y mira la pantalla del móvil. de nuevo ese maldito nudo en la garganta que le nubla la vista. le hubiera gustado encontrar un mensaje, aunque fuera breve, una llamada perdida, algo, pero lo único que ve es la hora, las 10.22 de la mañana, y que apenas la queda un 20% de batería. 
no se concentra. no hay forma. no le salen los números, se equivoca con los comunicados, pasa mal las llamadas, se echa el segundo café encima y se quema el dorso de la mano. por si todo esto no fuera poco, las horas no pasan y el móvil, en silencio, parece mantener un victorioso pulso con ella. cuando no han pasado ni dos horas, se excusa otra vez y sale del despacho. de fondo, el ruido de los teléfonos, las voces chillonas y las risas de sus compañeros, la ponen aún más nerviosa y susceptible. aprieta las mandíbulas y el botón del ascensor repetidamente, como si esto asegurara su llegada inmediata. cuando se abren las puertas, con una lágrima rebotando en su camisa azul, aparece de nuevo el vicepresidente, menos repeinado. la oleado de limón y lavanda también se ha evaporado un poco, pero sigue siendo fresca y agradable. 
-vaya, qué casualidad. – dice él, previsiblemente - el día que nos busquemos, no nos encontraremos. 
guadalupe se limita a sonreír, sin ganas ni convicción. en realidad duda mucho de que algún día él se vea en la necesidad de buscarla y se pregunta si en el caso extremo de que así fuera, sabría cómo se llama y en qué departamento trabaja. el vicepresidente le pregunta a qué piso va y marca de nuevo el cero. esta vez los dos hacen el trayecto callados, él aflojándose un poco el nudo en la corbata. ella, contando los pisos que faltan y deseando poder descansar la cabeza en el hombro de césar. 

qué habrá podido pasar, se pregunta sentada delante del segundo café, el sustituto del que hace un rato se ha tirado encima. las cosas parecían ir bien, no habían llegado aún a ese punto de tedio y conformismo al que se llega tarde o temprano, y de hecho, fue él quien no hace mucho tiempo propuso hacer un viaje largo en verano. ¿o era precisamente ese viaje el indicativo de que césar ya había llegado a ese estado de aburrimiento? ¿habría sido tan ciega de no darse cuenta antes, como decía rafa? tal vez todavía está a tiempo de ir a comprar una guía, la que fuera: la costa báltica, vietnam, marruecos. pero luego se acuerda del ticket, de su móvil sin mensajes, ni llamadas perdidas. y de la otra. y sorbe el café, se quema la lengua y rompe a llorar en medio del bar, esta vez sin apretar las mandíbulas ni contenerse. los clientes de las mesas más cercanas intentan mirar hacia otro lado para dar a la mujer un poco de privacidad. los más alejados la miran sin disimulo alguno. “llámale, no seas tonta. seguro que es todo un malentendido y no hay nada de qué preocuparse. qué sabrá rafa de todo esto. él no tiene ni marido. ni mucho menos pareja. qué sabrá si en su vida ha conseguido mantener una relación de más de una semana. llámale. deja de montar el numerito en el bar y habla con él”, se repite una y otra vez, mientras consigue detener el llanto y amontonar las monedas del café encima de la mesa. 
de vuelta al despacho, decidida a ignorar a su compañero y con la esperanza de que una palabra de césar consiga aniquilar todos los demonios de su cabeza, coge el móvil y busca su nombre nerviosamente. rafa niega con la cabeza y se queda plantado delante de ella. son las 10.50. a estas horas ha tenido tiempo de levantarse y debería estar en el trabajo, piensa cuando el teléfono comienza a sonar. no le dirá nada. sólo “hola, cómo estás, no quería despertarte porque te escuché llegar tarde”. podría estar en una reunión. no, mejor no mencionar nada de la noche anterior. o podría haber salido un momento con unos clientes, los mismos que tuvo que atender ayer por la noche. simplemente le dirá “hola”. o mejor aún “hola, ¿vamos al cine esta tarde?”. o unos clientes nuevos. ahora tienen mucho trabajo y también nuevos clientes, recuerda que le repite él incansablemente cuando ella insiste en el poco tiempo que pasa en casa. “hola, necesito que hablemos”. o podría estar tomándose una ducha, después de haber llamado a la otra “ven un rato, anda, que guadalupe está trabajando y no llegará hasta las seis”. “hola, no puedo más”. 
-¿lo ves? ya te lo decía yo. no era una buena idea – afirma rafa cuando ella cuelga después de escuchar el tono intermitente durante un buen rato. 
vuelve a intentarlo al mediodía, cuando rafa no está y puede llorar a gusto encima de los papeles que debería estar archivando. también llama a casa y escucha el mensaje que grabó en su día, con voz risueña y despreocupada, para luego colgar y continuar con su llanto y una larga lista de insultos. 

-no me encuentro bien- informa a su jefe a las tres de la tarde. 
él la mira por encima de sus gafas redondeadas y gruesas. es un hombre regordete y estricto que aborrece las excusas y las enfermedades de poca gravedad que se resuelven con una aspirina. 
-haga lo que considere oportuno. – masculla, volviendo inmediatamente a los papeles que estaba revisando. 
ella regresa a su puesto y después de dudar unos minutos, recoge sus cosas y se despide de sus compañeros. rafa asegura que la llamará más tarde, aunque los dos saben que no lo hará. el aire fresco de la calle, o quizá saber que en pocos minutos estará en casa y podrá, tal vez, desenredar el nudo de su cabeza, hacen que se ponga a temblar. 
para cuando lo reconoce, a escasos metros, es demasiado tarde para cruzar la calle sin que parezca que le está evitando. aun así, al pasar por su lado él la ignora por completo. camina rápido, gesticulando y negando con la cabeza mientras vocifera por teléfono algo sobre horarios que se solapan y escalas de dos horas en el aeropuerto de frankfurt. ha perdido sus buenas formas y el olor a limón y lavanda ha desaparecido completamente. guadalupe observa su expresión crispada, el traje arrugado y la corbata manchada. siente pena por él y siente pena por ella. 
“una guía de viaje, eso es.” susurra, mientras baja las escaleras apoyada en la barandilla y el agradable calorcillo de la estación la reconforta momentáneamente.