28 julio 2013

-Todo fue según el patrón habitual: doy la luz, me asomo, abro media cortina, me asomo. Sin embargo, ella, esta vez, no se limitó a girar la cabeza y observar. Se levantó. ¡Y cómo! La expresión "como un resorte" se queda corta para calificar la velocidad y determinación con que mi vecina se incorporó sobre la cama. Tuve una erección inmediata, total, puramente filosófica.
Me estoy cubriendo los ojos con la mano. Otra vez me sobrecoge el rubor. No sé qué hacer.
-Entiende, Olga: ella me dejó claro que le interesaba, y me dejó claro que despertaba deseos sexuales en su joven cuerpo. Me lo dejó claro sin palabras, con el simple gesto de levantarse de la cama y, según pude ver luego claramente, correr a pegar su naricilla a la persiana de cañas: no quería perderse detalle. Imagina: ella no sabe que la veo, no comprende que todo está teledirigido, programado y prefabricado, y actúa con toda naturalidad en lo que ella cree su espacio privado, de modo que yo, desde la rejilla, veo su instinto en estado puro, quintaesenciado, y su instinto es que el vecino va a desnudarse otra vez y yo quiero verlo, y aparto de un manotazo el edredón y corro de rodillas por el colchón de mi cama para observarle lo mejor posible. ¡Imagina! Eso es un halago, Olga, eso es una fisura en mi visión del mundo; eso, en definitiva, me desconcierta.
-No te entiendo. Ya sé que probablemente no te entiendes a ti mismo, pero creo que podrías explicar de manera más solvente estas estupideces finales.
-A tu servicio. Lo que quiero decir es sencillo: saber que me desean, que me miran, me excita mucho más, muchísimo más, que mirar yo, aunque lo que viera, en el caso de la joven japonesa, fuera a esa preciosa muchacha acostándose salvajemente con un compañero, o con dos, o haciendo el número más exótico o morboso o inverosímil del mundo. Nada se puede comparar a la sensación de dominio, de poder. "Tengo lo que tú quieres": ésa es la idea.
-El mirón pasa a ser mirado, podemos resumir, y le gusta. Si no fuera porque no creo, como tú, en los clichés, tendría que decirte que esa actitud es muy "femenina".
-Yo, como has dicho, creo en los clichés y, por supuesto, considero que el adjetivo exacto para mi comportamiento de entonces era: femenino. Dejarse mirar es femenino. Por lo menos es lo que hace la mayoría de mujeres, y me importa un pimiento si lo hacen forzadas por la sociedad machista o por pulsión genética: lo que me incumbe es el reconocimiento de la superioridad de esa forma de ser, lo que me apasiona es la inteligencia fundida con el instinto que encontramos en exhibirse con sabiduría, porque la excitación que te produce no es realmente orgánica, animal, no tiene unos motores sensoriales (la vista, el tacto, el olor), sino que es excitación puramente intelectual. Y eso es maravilloso.

Tatami, A. Olmos.

18 julio 2013

hicimos las cosas bien
despacito 
de puntillas por si alguien nos escuchaba 
en la habitación vacía de al lado 
sin hablar mucho 
con los ojos cerrados, los pasos ciegos 
sin saber el camino de ida 
mucho menos el de vuelta. 
insistimos en ir cogidos de la mano 
si tropieza uno, tropieza el otro, acordamos 
sonrojados, sorprendidos, 
sinceros.
andamos por entre campos yermos y floridas dunas 
nos detuvimos en paisajes ruinosos 
capaces de ver en ellos azules y verdes y versos 
anidamos en lechos incómodos 
en los que descansamos como niños chicos 
después de un día de juegos en la orilla de una playa 
visitamos grandes ciudades 
que veían nuestro amor pequeño y ridículo 
como el de tantos otros aventurados en la misma crónica, 
crédula y fugaz, 
grotesca y eterna. 
otro fuego, más ceniza. 
nos mirábamos y sonreíamos 
tal vez con menos convicción, puede que con más prudencia 
aún cogidos de la mano, 
sudada y trémula, 
roca y escudo. 
nos tambaleamos 
cadena y estorbo. 
tropezamos. 
un declive lento y lúgubre 
que nos estrelló contra el silencio y las sombras 
tú sangraste recelos 
yo me rompí en miedos 
y así yacimos un tiempo, 
heridos, paralizados 
equilibristas de vidas llanas y pulsos dormidos.
otra llama, más despojos. 
con muchas horas, con muchas noches, 
con muchos filos que cortaban 
nos levantamos. 
había en ti otra mirada 
más árida, más helada 
había en mí un nuevo muro 
más férreo, más palmario. 
hicimos las cosas bien, susurré distanciada 
azules y verdes y versos, contestaste alejado.

10 julio 2013

una voz (II de II)

el viernes por la tarde, con el maletero cargado de comida preparada, mantas, abrigos y ropa de deporte, los michaud partieron hacia la casa de las montañas. marcus se despidió de su hija con un beso en la frente para no despertarla y vera la acomodó en la cama de la casa de sus padres después de entregarles una lista pormenorizada con los hábitos de la niña. a medida que iban recorriendo kilómetros vera sentía como iba despreocupándose de todos los asuntos y terminó por convencerse de que el plan de su marido había sido una gran idea. 
llegaron a la una y media de la noche. marcus estaba agotado, con la vista cansada y la espalda dolorida, y se metió en la cama de sábanas húmedas sin reparar en la terraza, ni en las vistas, ni en los demás detalles de la casa. ella sin embargo, después de colocar la ropa en los cajones y la comida en la nevera, se cubrió con una manta gruesa y salió al exterior. efectivamente las vistas eran espectaculares, y aunque esa noche no había luna llena, podía vislumbrar sin dificultad la silueta de las gigantescas cumbres que les rodeaban. se sorprendió del impresionante silencio que lo cubría todo y durante unos minutos ese mismo silencio se convirtió en la melodía más exquisita que había escuchado jamás. cuando se metió en la cama, tiritando de frío, marcus la rodeó con su brazo y apretó su cuerpo velludo contra el suyo. sí, había sido una gran idea. 

“por la mañana vera se despertó de repente, sobresaltada por un sueño que acababa de tener y del que no recordaba nada. al abrir los ojos los rayos de luz que entraban directos por la ventana la cegaron durante unos segundos. se tapó los ojos con las manos e hizo una mueca de desapruebo. el otro lado de la cama estaba vacío y frío. apartó las sábanas y su cuerpo se encogió al poner los pies en el suelo.” 
por la mañana vera se despertó de repente, sobresaltada por un sueño que acababa de tener y del que no recordaba nada. al abrir los ojos los rayos de luz que entraban directos por la ventana la cegaron durante unos segundos. se tapó los ojos con las manos e hizo una mueca de desapruebo. el otro lado de la cama estaba vacío y frío. apartó las sábanas y su cuerpo se encogió al poner los pies en el suelo. en el salón marcus había encendido el fuego y escribía encorvado en su libreta.
-buenos días, cariño. vístete rápido que salimos de excursión en media hora – exclamó al verla. 
-marcus… ¿estabas escribiendo? 
-sí, claro. quiero aprovechar todo el tiempo posible, pero ahora lo que importa es llegar al refugio. 
-yo… me he despertado y… ¿salgo yo en tu escrito? 
-¿a qué viene tanto interés ahora? no quiero contarte nada esta vez. sólo decirte que estoy muy animado. creo que ahora sí, que por fin tengo algo realmente brillante. confía en mí, ya verás. date prisa, cariño.
vera tardó más de la cuenta en levantar la vista de esa libreta y para cuando comenzaron la travesía, a pesar de parecer una locura, el mayor sinsentido de su vida, sabía exactamente lo que estaba ocurriendo entre ellos dos. 
marcus caminaba por delante. andaba a paso rápido y de manera ágil, sorteando las piedras del camino angosto. de vez en cuando se detenía para esperar a su esposa que rezagada y acalorada, resoplaba continuamente. en medio de un paraje espectacular, vera sólo podía pensar en cómo proceder. debía hablar con su marido, explicarle lo que estaba pasando aun sabiendo que él la tomaría por una loca. aunque tal vez debería esperar, ser condescendiente. para marcus escribir lo era todo y quizá, como había afirmado él esa misma mañana, por fin había dado con algo realmente importante. no era justo para él. aunque tampoco lo era para ella. 
-vamos, vamos, que no estamos ni a la mitad del trayecto. 
-no puedo andar tan rápido. 
-si disminuimos la marcha no llegaremos nunca. además, aquí oscurece temprano y no me gustaría que tuviéramos que bajar de noche. sería peligroso. vera asintió e intentó sonreír, aunque su gesto se quedó más bien en una mueca poco convincente. marcus acarició suavemente el hombro de su mujer y de nuevo se adelantó unos pasos. poco a poco fue alejándose hasta convertirse en un punto minúsculo del camino. no era justo, pensó vera. no era justo para nadie ni tampoco valía la pena tanto sacrificio. y luego estaba la niña. nadie podía asegurar que tarde o temprano la niña acabara también formando parte de las novelas de su padre y eso no podía permitirlo. tenía que hablar con él. 
el refugio era una caseta maltrecha y destartalada, con goteras y sin cristales en las ventanas. en las paredes mal pintadas muchos se habían dedicado a escribir sus nombres y las fechas que señalaban cuándo habían llegado a la cima. a pesar de ser un lugar poco acogedor, se alegraron de llegar, quitarse las botas y poder descansar un rato. vera cortó rebanadas de pan y queso y sacó la fruta de su mochila. comieron en silencio, escuchando los soplidos del viento que se había levantado. marcus parecía inquieto. 
-habría que darse prisa, no me gusta nada este viento ni esas nubes. 
-marcus... 
-¿sí? 
-querría hablarte de algo. él la miró sorprendido, como si de repente, no reconociera a la mujer que tenía delante. 
-¿pasa algo, cielo? – preguntó preocupado. 
-no lo sé. quiero decir, creo que sí lo sé, pero no sé cómo explicarlo. puede que parezca una tontería. es algo que llevo ya un tiempo sintiendo y bueno, me da miedo que vaya a más. o que afecte a la niña. eso sería terrible, por eso necesito contártelo. 
-por el amor de dios, vera, me estás asustando. ¿qué sucede? 
con las primeras sombras de la tarde, las montañas parecían aún más gigantescas y escarpadas. el sol había dejado de calentar y el viento, cada vez más fuerte, se colaba por las ventanas del refugio y hacía volar las bolsas de plástico y la basura. 
-verás, cada vez que escribes, yo… yo escucho una voz. 
-¿una voz? 
-sí, una voz. de lo que escribes. es como si alguien narrara constantemente todo lo que estoy haciendo. a todas horas. como si pudieras anticiparte y leer mis propios pensamientos. es desquiciante. sé que parece increíble, que es de locos, pero puedo escucharlo todo, cuando voy al baño, cuando me despierto, cuando hablo con la vecina, cuando leo un cuento a la niña. es como… ¡es como si no pudiera tener mis propios pensamientos porque los tienes tú!
marcus soltó una carcajada, pero al ver la cara de su mujer, preocupada y exaltada, tosió disimuladamente. 
-esto es lo más ridículo que he escuchado en la vida. ¿cómo no vas a tener tus propios pensamientos? esto no tiene ni pies ni cabeza. estás cansada, ya te lo dije, por eso hemos venido hasta aquí, para descansar y olvidarnos de los problemas. eso eso es todo. 
-sabía que no lo entenderías. y no, no es cansancio. es algo más. no puedo pensar, ¿lo entiendes? no puedo pensar en nada y tampoco puedo continuar así.
-¿qué me estas queriendo decir exactamente? – preguntó, menos tranquilo.
-no lo sé. 
-sí, sí que lo sabes. lo sabes perfectamente. yo mismo te voy a decir lo que estás insinuando: creo que has perdido la esperanza. eso es lo que creo. y que no piensas que vaya a escribir esa maldita segunda novela y que en realidad te da igual si la escribo o no. de hecho, creo que te alegraría mucho que dejara de escribir y perder el tiempo con mis notas y mis ideas porque eso es lo que crees que hago, que pierdo el tiempo, ¿no? pues te diré una cosa: voy a continuar escribiendo y voy a escribir ese libro. cueste lo que cueste voy a seguir y si no te gusta, pues tendrás que buscarte a otro, a otro que te deje pensar en paz. 
vera, temblaba de frío y de rabia. 
-esto que acabas de decir no es justo – dijo, apretando los puños y aguantando las ganas de llorar. 
-lo que no es justo, vera, es que a estas alturas, después de todo lo que he pasado, cuando por fin tengo algo, algo importante entre manos, me vengas con esta chorrada tuya de una voz en la jodida cabeza. 
-sabía que no me entenderías. 
marcus comenzó a recoger los restos de comida. 
-¿qué haces? – preguntó ella. 
-yo voy a bajar antes de que anochezca. no me apetece estar aquí, pero tú puedes hacer lo que te dé la gana. 
de nuevo marcus se adelantó en el recorrido de vuelta, dejando a vera rezagada y furiosa. con cada paso que daba se arrepentía de haberle contado a su marido lo que ocurría, pero se arrepentía aún más de haber vivido tantos años con él, con ese ser egoísta y falso que prefería anteponer sus anodinos libros a su propia esposa. y lo peor de todo, a su propia hija. por qué, ¿cuánto tardaría la cría en escuchar dentro de su cabeza las letras de su padre? ¿cuánto tardaría él en incorporarla a sus tramas previsibles? ¿y cuánto tardaría en volverlas locas a las dos? vera apresuró el paso hasta que visualizó la espalda de su marido. había sólo una forma de evitar que eso sucediera. ya había aguantado lo suficiente; podía hacer que pareciese un accidente, un tropiezo casual, una caída al vacío con la que compadecerse durante un tiempo prudencial, y ya luego, vivir tranquila junto a su hija, sin voces.
-no vas a salirte con la tuya, ¿sabes? – gritó ella antes de empujarlo con todas sus fuerzas. marcus no tuvo tiempo de reaccionar, perdió el equilibrio y cayó al suelo, muy alejado de cualquier despeñadero. 
-¿es que te has vuelto loca? – gimió él, con la palma de una mano ensangrentada. 
al ver la sangre ella pareció despertarse de un extraño trance y se asustó. 
-lo siento. lo siento mucho. perdóname. no sé lo que me ha ocurrido. 
-estás loca. estás completamente loca. 
ella se agachó y abrazó su marido. 
-lo siento de verdad, marcus – susurró. 
el la apartó, se levantó con dificultad y siguió caminando, esta vez más lentamente, arrastrando su pierna derecha y maldiciendo en voz alta, mientras sujetaba la mano hacia arriba para parar la hemorragia. 

esa noche cenaron dentro de la casa, uno en la mesa del comedor y el otro en el sillón. ninguno de los dos estaba de humor para poner las copas de cristal, ni encender velas en la mesa de la terraza. cuando marcus terminó, retiró el plato y abrió su libreta. releyó lo que había escrito esa misma mañana y tachó un par de párrafos que ahora le parecían nefastos. le dolía la herida de la mano pero esa noche, más que nunca, quería escribir y avanzar en lo que, a pesar de muchos, sería su segunda novela.
“mientras vera recogía los platos, se acordó de su pequeña. encerrada en la cocina no pudo evitar llorar silenciosamente. nada tenía sentido. odiaba a su marido, su escritura, echaba de menos a hope y no podía esperar a abandonar ese lugar inhóspito y volver a su casa. pero ahora tocaba ser fuerte, no podía venirse abajo. su hija la necesitaba. se secó las lágrimas. debía pensar en cómo solucionar ese embrollo. cómo deshacerse de marcus y recobrar de nuevo su libertad.” 
vera observó a su marido desde la cocina. temblaba de miedo. 
“vera observó a su marido desde la cocina. temblaba de miedo. con determinación se dio la vuelta, abrió el cajón de la cocina y cogió el cuchillo más grande que encontró.” 
marcus dejó de escribir y levantó la vista del papel. 

08 julio 2013

una voz (I de II)

marcus michaud no era un gran escritor. ni tan siquiera era un escritor mediocre, a pesar de que al principio de su carrera había conseguido que le aceptaran algunos artículos en el periódico local y logró publicar su primer y único libro, del cual se vendieron cincuenta copias, la mayoría a amigos y familiares. sin embargo, sus habilidades escritas sí funcionaron para enamorar a vera, que joven e inocentona, vio en él a un hombre de futuro brillante y prometedor. a las pocas semanas de conocerse, marcus se declaró al estilo clásico, de rodillas y con un anillo fino que compró en una tienda de liquidación, y en menos de un año decidieron que no valía la pena esperar más y se casaron, con la aprobación de ambas familias que veían en él a un muchacho ilusionado y en ella a la perfecta esposa y madre. 
los primeros años de matrimonio fueron tranquilos. marcus encontró trabajo como profesor de literatura en el instituto y vera aprendió a cocinar y a hacerse cargo de una casa destinada a llenarse de niños. cuando marcus volvía a casa por la noche, se encerraba en su despachito y se dedicaba a escribir lo que a lo largo del día, entre clase y clase, se le había ido ocurriendo. la mayoría de veces eran manuscritos que versaban sobre el amor, la felicidad y vera. cuando unas horas después, sentados en la mesa de la cocina delante de una cena exquisitamente bien preparada, él le mostraba lo que había hecho, a ella se le ponían los ojillos lacrimosos y corría a abrazar a su marido, orgullosa no sólo de su técnica y estilo, sino de ser el centro de todas esas bellas palabras. 

la primera crisis creativa de marcus fue al año de matrimonio. por supuesto que el año de vida en común no fue el motivo, y así quiso que le quedara claro a su mujer que, preocupada, se pasaba el día cabizbaja e inquieta al ver la frustración de él cada vez que salía del despachito con las manos vacías y falto de tramas y personajes. el joven responsabilizó su sequía creativa a sus horarios inflexibles y a los alumnos bulliciosos que no le permitían centrarse en lo que él creía que había nacido para hacer. fue entonces cuando vera tomó cartas en el asunto y decidió buscar un trabajo para que marcus tuviera más tiempo libre para su auténtica vocación. a pesar de las reticencias de su él, que no quería que los demás le vieran como un marido incapaz de mantener a su propia familia, acabó cediendo y poco a poco las cosas volvieron a su cauce. ahora las cenas eran menos exquisitas y algunas noches vera estaba demasiado cansada como para escuchar los textos de su marido, pero al menos a él le habían vuelto las ideas a la cabeza y desde su habitación se escuchaba el alegre e incansable repiqueteo del teclado. fue en esa época cuando vera quedó embarazada y a marcus le comunicaron que su primera novela sería publicada. la feliz pareja celebró en menos de un mes ambas noticias con la misma ilusión. 
-eres la mujer más maravillosa del mundo – le dijo él al saber que sería padre – dime, ¿te encuentras bien? ¿has notado algo diferente? ¿te duele algo? ¿cómo te sientes? cuéntamelo todo, por favor. 
vera, tumbada en la cama, acariciando su vientre aún plano, se reía. 
-pues estoy bien. no me duele nada. es muy temprano todavía para notar algún cambio. 
-¿nada? ¿no te notas diferente? ¿estás segura? 
-bueno… no… quizá un poco… 
-¿un poco qué? 
-no nada, sólo tengo sed. 
-¿sed? ¿sólo eso? ¿nada más? ¿pero es una sed normal, como la que sentías antes o es algo distinto?
ella rió de nuevo. 
-¿pero qué mosca te ha picado ahora? 
esa fue la primera vez que lo hizo. tal vez inconscientemente, ni él ni ella se dieron cuenta. se podría decir que fue simple curiosidad ante un hecho novedoso del que ninguno de los dos tenía experiencia previa. marcus no indagó más, al menos ese día, y vera permitió que esa noche fuera él quien preparara una cena que más tarde ella vomitó en el baño de arriba. 

el libro de marcus salió a mediados de diciembre. la editorial organizó una pequeña celebración en la que se reunieron algunos otros escritores noveles junto a los familiares de la pareja y vera, que lucía ya una tripa prominente. muchos de los asistentes felicitaron a la mujer no sólo por su estado, sino por lo mucho que su esposo la adoraba. ella asentía y sujetaba entre sus manos uno de los ejemplares del libro, titulado “mi vera”. sí, el libro era una oda de más de trescientas páginas dedicada a su mujer, alternando pasajes imaginarios, que coincidían con ser los más flojos, con pasajes que reflejaban la vida al lado de su amada, sus pensamientos, sus charlas y sus anécdotas más insustanciales. aunque vera había escuchado bastantes fragmentos y había opinado sobre ellos, le chocó saberse protagonista principal y única. un tanto abrumada, intentó pasar desapercibida en la fiesta, aunque sin demasiado éxito.  
-me encantó ese pasaje en el que marcus te pregunta qué tipo de sed sentiste, que si era el mismo tipo de sed. cómo si hubiera más de un tipo, ¿verdad? cómo me reí. – le comentó uno de los amigos de él cuando ella notó la primera contracción y se apoyó con disimulo a una de las columnas de la sala – esa necesidad imperiosa que tenemos de saber siempre los escritores, ¿eh? bueno, qué voy a contarte a ti, que estás casada con uno de ellos y lo debes sufrir a diario. 
esa noche, de regreso a casa, vera se cuidó mucho de hacer ningún comentario y cuando él insistió en que le explicara detalladamente cómo de intenso era el dolor que sentía con las primeras contracciones y que fuera precisa en su descripción, ella se limitó a emitir un gruñido y a apremiarle para que condujera más rápido hacia el hospital. 

la segunda crisis creativa fue más severa. con su mujer más ausente y atareada que nunca, marcus se vio desprovisto de protagonista para poder usar en sus textos. aunque hizo el intento de probar a escribir prescindiendo de lo que vera hacía y sentía a todas horas, los resultados fueron pésimos y se desanimó aún más. en esta ocasión, sin embargo, su esposa no tuvo tiempo para notar el decaimiento de su marido y cuando alguna vez, aprovechando que su hija dormía, él le pedía que le contara qué le había sucedido a lo largo del día, ella suspiraba y de buenas formas al principio, y no tantas poco después, le rogaba que no molestara más y que intentara no hacer ruido al teclear o despertaría a la niña. las malas caras se volvieron frecuentes. marcus estaba convencido de que a su esposa ya no le importaba el éxito o el fracaso de su obra y cada vez que vera corría a la habitación de hope para alimentarla o bañarla, él se sentía más excluido, más inútil y menos inspirado. pero lo peor vino poco después. la casa se sumió en un silencio extraño. marcus dejó de preguntar y de teclear, visto que tampoco servía para nada, y en cambio comenzó a pasearse por la casa, sigilosa y calladamente, con una pequeña libreta donde anotaba todo lo que vera hacía. la primera vez que ella le vio, se sorprendió. 
-¿qué haces? – preguntó su esposa, más bien poco interesada. 
-nada. 
-¿y este bloc de notas? 
-nada. 
-¿ahora escribes a mano? 
-no. 
-pero te acabo de ver escribiendo algo. 
-no lo creo. 
-¿qué te pasa? 
-nada. 
-¿estás de mal humor? 
-no. 
-sinceramente querido, últimamente estás muy raro. 
esa noche marcus pudo transcribir casi media página, algo inaudito en los últimos tiempos y se fue a dormir convencido de que a partir de entonces, con su nuevo método, con sus notas y sus observaciones, las cosas volverían a ser como antes y de que su segunda novela estaba en marcha, por fin. 

“vera, con el semblante serio, cogió un libro y lo abrió por la primera página”. 
-¿has dicho algo? – preguntó vera a su marido, que sentado delante de ella garabateaba en su libreta. 
-¿eh? 
-¿has dicho algo? – repitió. 
-no. 
“la pequeña miró a su madre, curiosa y expectante, y a continuación volvió su mirada a las ilustraciones de su libro. tenía los ojos brillantes y grandes, como los de su madre.” 
-¿qué? 
-¿uh? 
-¿no has dicho nada? 
-no. 
“con voz suave y pausada ella comenzó a leer la historia a su hija: -érase una vez, un dragón…” 
-érase una vez, un dragón… 
vera interrumpió la lectura y miró a su alrededor. su marido, un poco más apartado, anotaba, distraído y ensimismado, en su pequeña libreta. su hija señaló el libro para que la madre continuara con el cuento de los dragones. ella cogió de nuevo el libro, esta vez escuchando solamente su propia voz. no quiso darle importancia y de hecho, a los pocos minutos se había olvidado por completo del episodio, pero pocos días después, hablando con su vecina olivia en el porche de la casa de ésta, escuchó exactamente la misma voz por encima de la de olivia. 
“mientras olivia parloteaba despreocupada, vera se fijó en los geranios secos de la maceta y a punto estuvo de comentarle que necesitaba cambiarlos de lugar si no quería que se secaran.” 
vera apartó la mirada de las flores.
-¿te pasa algo? – preguntó olivia al notar la repentina palidez de vera – parece que de pronto hayas visto a un fantasma. 
“vera notó la boca seca y el pulso acelerado. se sentía mareada y por un momento creyó que iba a caerse y se apoyó en la barandilla del porche.” 
-cielo, ¿estás bien? siéntate, voy a por un poco de agua. este calor nos va a matar a todos – dijo su vecina preocupada y sujetándola por el brazo. 
vera se sentó en las escalerillas y a pesar de la brisa de la tarde, notó las gotas de sudor resbalando por su espalda. 
“olivia reapareció pocos minutos después con un vaso de agua helada en su mano derecha y un paño húmedo en la izquierda.” 
vera alzó la visa al oír la puerta y los pasos de su vecina. efectivamente, olivia llevaba un vaso de agua y un paño. se asustó y sintió deseos de taparse las orejas hasta que se hiciera el silencio absoluto, pero no quiso inquietar a su amiga y reprimió sus ganas. cogió el vaso y bebió un sorbo de agua despacio. 
-¿te encuentras mejor? - preguntó la mujer.
-sí, creo que sí. debo tener la presión baja.
-es este maldito calor, ya te lo digo yo.
-sí, seguramente tengas razón.
al volver la vista al frente, vio a su marido dentro de su casa, sentado en la mesa de delante de la ventana, observando con atención a las dos mujeres. a pesar de su mareo, vera se levantó de repente. 
-¿a dónde vas? – preguntó la vecina sin obtener respuesta alguna. 
“vera apresuró el paso. sintiendóse aún aturdida llegó a casa, empujó la puerta y dio un portazo. llamó a su marido un par de veces, aunque sabía exactamente dónde encontrarlo. sus gritos despertaron a la pequeña, que dormía en la habitación de arriba, y ésta comenzó a llorar. 
"-¿qué estás haciendo? – le preguntó a marcus al entrar al comedor” 
-¿qué estás haciendo? – le preguntó a marcus al entrar al comedor. 
-ah, hola, cariño. estaba escribiendo, ¿va todo bien? 
-¿de qué estabas escribiendo?
-¿qué quieres decir? 
-¿era sobre mí? ¿estabas escribiendo acerca de mí?
-sí, claro. casi siempre escribo sobre ti, ya lo sabes. 
-marcus, esto no puede continuar así. 
-no te entiendo, cielo ¿qué no puede continuar así? 
-esto – dijo ella sin poder precisar mucho más.
-no sé qué quieres decir, vera. siéntate un rato, pareces nerviosa y tienes mala cara. voy a acunar a la niña y luego te prepararé algo de comer, ¿te parece? 

vera se sentó en el sofá y se secó las gotas de sudor con la mano. la niña seguía llorando en su habitación. durante unos instantes agradeció que este fuera el único sonido que podía escuchar y deseó que duraran unos minutos más, pero marcus consiguió calmarla pronto y la casa volvió a estar en silencio. poco a poco la mujer recobró el ritmo pausado de sus pulsaciones y la respiración tranquila. suspiró un par de veces y se recogió el pelo con un moño alto. inmediatamente después vio la libreta de su marido. abierta, encima de la mesa, con media página cubierta de palabras, notas y garabatos y sin pensarlo dos veces se levantó y fue hacia ella. 
-¡aquí está mamá! -escuchó decir a su esposo, detrás de ella- ¡dile hola a mamá!¡hola, mamá! 
vera se detuvo, sin llegar a la mesa donde estaba la libreta de marcus y sin ni tan siquiera a atisbar una sola letra. su hija, despeinada y soñolienta, la miraba aturdida y su marido sonreía con la niña en brazos. 
-¡hola, mamá!- repitió marcus moviendo la manita inerte de la niña. 
durante el resto de tarde padre e hija jugaron en el jardín mientras vera descansaba en la cama. marcus había insistido en hacerse cargo de todo y a pesar de que ella aseguró estar bien, él persistió hasta que ella aceptó a regañadientes y fue a estirarse un rato. consiguió dormir un par de horas, aunque mal, y cuando se despertó ya había oscurecido.  
-¿te encuentras mejor? – preguntó marcus al verla, mientras preparaba la cena para los tres.
-sí, mucho mejor. yo… - intentó justificarse, pero no encontró las palabras exactas para explicar lo que estaba sucediendo -no sé qué me está pasando, marcus. 
-estás cansada, cariño. eso es todo. 
-no, no es eso. oigo, oigo… es como si oyera… 
-cariño, es sólo cansancio. últimamente no paras, entre el trabajo y la casa… yo estaría igual, es normal. debes descansar más. mira, he estado pensando que, si quieres, el próximo fin de semana podríamos hacer una escapada tú y yo solos, sin la niña. podríamos dejarla con tus padres, ellos estarían encantados y a nosotros nos vendría muy bien pasar un par de días solos. pasearíamos, dormiríamos. tú te relajarías y yo escribiría.
vera dudó unos instantes. miró a la niña y luego a marcus. 
-cielo, por un fin de semana no pasará nada – aseguró él, anticipándose a los temores de ella por dejar a la niña sola por primera vez. 
-no sé… puede que tengas razón. 
-pues claro que la tengo - contestó él, complacido.

durante la siguiente semana vera y marcus estuvieron haciendo los preparativos del viaje. marcus apenas tuvo tiempo para sentarse a escribir y vera estuvo más tranquila y animada.
uno de los amigos de marcus les cedió su casa en las montañas, a cinco horas en coche, y aunque vera hubiera preferido algo más cercano, su marido la convenció prometiéndole que todo lo que se ahorraban con el dinero del alquiler para un apartamento, lo gastarían en cenas románticas a la luz de la luna.
-me ha dicho que la terraza es lo mejor de toda la casa, que tiene unas vistas espectaculares que dan a las colinas y que de noche, con la luna llena, no hacen falta ni velas. también me ha explicado las excursiones que podemos hacer. hay varios lagos en los alrededores y un refugio en una de las cimas. será magnífico.
-ya, pero está tan lejos… ¿y si pasa algo?
-¿qué quieres que pase?
-no sé, puede pasar cualquier cosa.
-no seas tonta. también puede que no pase nada y que sea un fin de semana perfecto.