28 junio 2013

hay que aprender a bailar

hay un tiempo crítico para aprender a
bailar
un tiempo en el que,
aunque deseándolo mucho, 
tampoco podría. 
ese pequeño intervalo entre 
la dependencia y el recuerdo 
entre lo que hubiera pasado si 
y lo que sucedió de verdad 
cuando mantuve los ojos cerrados 
y los brazos abiertos. 
ese determinado paréntesis en el que pareció 
como si todos supieran hacia donde ir 
un refugio, un bálsamo, 
y yo, inmóvil, eludía el camino 
ese preciso interludio 
donde no cabían más excusas 
faltaban motivos y sobraban miedos. 
ése es el tiempo a evitar. 

hay que buscar el momento. 
hay que buscar el rincón. 

un rellano tétrico entre dos pisos
un yermo estéril entre dos países 
un folio en blanco 
una cama 
un pasaje en la cabeza 
un dibujo hecho con tiza en el patio de un colegio. 

hay que aprender a bailar 
sin música
sin motivo 
sin cuerpo, ni compañía. 
danzar ridículamente 
delante de un espejo roto 
apuntar con el índice
hacia esa imagen partida 
y retarla a un duelo de olvidos. 
hay que ignorar el método 
los pasos y los giros 
el dolor en los tobillos 
insistir hasta sangrar por dentro 
practicar hasta saberse rendido 
tantear los límites
tensar los nudos
acotar el yerro. 

hay que aprender a bailar 
y una vez en el escenario, 
bajo los deslumbrantes focos 
frente a la puntillosa audiencia 
con el pulso alterado y la función cumplida,
recoger el ramo, oler las rosas 
acariciar las espinas 
y esperar que el telón amortigüe otra caída.

25 junio 2013

16 junio 2013

una fiesta sorpresa

la mañana de la fiesta había estado lloviendo copiosamente durante horas. mi padre estaba nervioso y temía tener que anular todo, pero al fin, al mediodía, cuando llegó la furgoneta del catering, se despejaron las nubes y acabó apareciendo un sol radiante y cálido típico de principios de junio. en pocos minutos la temperatura subió y la hierba recién cortada del jardín se secó. en menos minutos aún, teníamos una pequeña carpa en el centro del patio, con mesas adornadas con manteles blancos y una decena de platos con bocadillos, galletas, bizcochos y bebidas frescas.
mi padre se había encargado de todo y desde hacía un mes me había estado llamando casi cada día para ir contándome las nuevas ideas que se le iban ocurriendo. estaba tan entusiasmado que no quise ponerme pesada recordándole que tal vez a mamá no le hiciera tanta gracia esa fiesta. ni ninguna otra, en realidad, ya que ella siempre había preferido las celebraciones un poco más íntimas. mi padre sin embargo no parecía creer lo mismo y aseguró que ese día bien merecía algo más especial que una simple cena en el restaurante de la esquina.
mientras colocaba los ramilletes de margaritas en cada mesa y aparecían los primeros invitados, llamó a mi madre para saber cuánto rato más tardaría en llegar. la conversación duró apenas unos segundos y al colgar, inquieto y exaltado, comenzó a darnos órdenes, mascullando algo entre dientes y moviéndose a lo largo y ancho del jardín, hasta tropezar con una botella de vino que se rompió y manchó uno de los manteles.  
-¿quieres hacer el favor de tranquilizarte? mira lo que has hecho – dije, señalando la macha roja extendida en la superficie de la mesa .
-lo que me faltaba.
-papá, por favor, cálmate, es sólo una fiesta.
-lo sé, pero quiero que todo salga bien.
-y así será, si no terminamos en un hospital antes.
-¿puedes ir a por un mantel limpio?
-sí, claro. ¿y tú puedes sentarte un rato?
-llega en menos de diez minutos. no han llegado ni la mitad de los invitados y todavía faltan los músicos.
-¿músicos? no me habías dicho nada de músicos.
-era una sorpresa.
negué con la cabeza.
-¿cuánto te has gastado en todo esto?
-¿qué más da esto ahora? ¿puedes ir a por el mantel, por favor?
-¿dónde los guardáis?
-pues dónde siempre, dónde va a ser si no. y date prisa, tenemos diez minutos solamente.
consiguió ponerme nerviosa a mí también y apresuré mis pasos hacia la casa, abriendo todos los cajones en los que recordaba haber visto un trozo de tela que sirviera para tapar la mancha de la mesa. cuando los encontré, barajé la posibilidad de coger el que solíamos usar en navidades, un mantel blanco con la puntilla plateada y cosida a mano, pero recordé que ese mantel sólo se usaba ese día en concreto y no quise compartirlo con el resto de invitados, algunos de los cuales ni tan siquiera conocía, así que lo volví a doblar y lo coloqué con cuidado en medio de otras telas. fue entonces cuando con la punta de mis dedos rocé un trozo de papel, situado al fondo del cajón. lo cogí sin dudar. aunque hacía años que no vivía con mis padres, siempre me había sentido con el derecho de abrir puertas, armarios y cajones, como cuando era pequeña y rebuscaba los regalos de navidad o jugaba al escondite con mis hermanos. o tal vez es que estaba convencida de estar en una casa donde no existían los secretos y que, por esa misma familiaridad, nada podría extrañarme. era un sobre blanco y alargado, sin cerrar. tampoco dudé en mirar dentro y ver el contenido: un billete de avión, para ese mismo día, a nombre de mi madre. comprobé la hora: eran las tres y nueve de la tarde. el vuelo salía a las doce menos veinte, con destino a nueva delhi y escala de dos horas en frankfurt. volví a guardar el sobre en el mismo lugar y fui hacia el jardín, con una sonrisa delatora.
-¿dónde está el mantel? – preguntó mi padre al verme sin él.
-no me habías dicho nada del viaje.
-¿qué viaje? ¿y el mantel?
-¿qué viaje? – insistí yo.
-¿qué te pasa ahora? ¿no encontrase el mantel?

mi madre llegó poco después. había sólo una decena de invitados que aún no habían tenido tiempo de dejar los regalos y los músicos estaban afinando los instrumentos distraídamente. tal y como había previsto mi padre, entró por la puerta del jardín trasero, con prisas y mirando al suelo. a todos nos sorprendió su nuevo corte de pelo y el color rojizo con el que había decidido teñirse, resaltando más aún sus ojos verdes y su piel pecosa. mi padre se apresuró a su encuentro, intentando disimular, en vano, que prefería su media melena castaña lisa y clara, mucho más discreta. al besar la mejilla de su esposa le susurró que estaba preciosa. ella apartó la cara y preguntó, seria y confundida, qué era todo aquello.

a pesar de la reticencia inicial, mi madre consiguió relajarse un poco y aunque se la notaba cansada e incómoda por tanto revuelo, abrazó y jugó con sus nietos y bromeó con todos los que preguntaban qué iba a hacer ahora, con tanto tiempo libre.
-no sé, supongo que haré todo lo que no he tenido la oportunidad de hacer hasta ahora, ganchillo, macramé… esas cosas de abuela – contestaba automáticamente, como si fuera la respuesta que todos esperaban escuchar de ella.
-eso es lo mejor de estar jubilados. que ahora tenéis todo el tiempo del mundo.
-sí, ahora lo tengo.
puede que al resto se le pasara por alto. o simplemente no le dieran importancia. o tal vez no hubieran descubierto un billete de avión a su nombre, escondido debajo del mantel de navidad, pero en su respuesta, maquinal y mecánica, mi madre había excluido a la persona que en ese mismo instante pedía paso con un enorme pastel entre las manos. e inmediatamente, viéndolo ahí, intentando mantener el equilibrio y tapando las velas con una mano, también comprendí que mi padre no tenía ni idea de la existencia de ese viaje, guardado en el cajón de los manteles.

la primera vez que pillé a mi madre mirando su reloj de muñeca, el mismo que le habíamos regalado hacía cuatro años para su cumpleaños, fue justo después de cortar el pastel. eran las seis y seis. lo hizo disimuladamente, aprovechando que se quitaba una mancha de helado que había caído en su brazo alzando a su nieto más pequeño. cuando levantó la vista y me vio mirándola, me sonrió como millones de veces lo había hecho antes, dejando entrever sus dientes blancos y arrugando su nariz de una forma un tanto cómica. no sé si fue con mala intención o inconscientemente, pero por primera vez, después de saludarnos, me acerqué a ella.
-¿va todo bien? – pregunté, sin saber qué esperar como respuesta, ni sin saber exactamente a qué me refería yo con esa pregunta.
ella contestó con un escueto “sí” y me abrazó por la cintura. todavía podía oler al perfume que se había puesto para ir a trabajar en su último día. no fui capaz de preguntar nada más, ni ella tuvo la necesidad de contarme si en realidad iba o no todo bien.

los invitados comenzaron a marcharse a las siete de la tarde, cuando el sol ya no daba al jardín y se había levantado un viento fresco e incómodo. cada vez que mi madre les acompañaba a la puerta y les agradecía la visita, miraba su reloj, ahora ya sin disimulo alguno, como si quisiera que todos se dieran cuenta de que era la hora de marcharse, y permitirle así continuar con sus planes, fueran los que fueran. sus gestos, su cara y sus palabras, que durante la velada había logrado mantener distendidos, ahora eran tensos y crispados e incluso cuando ya sólo quedaba el último grupo de convidados, hablando con mi padre que parecía que no quisiera que la velada terminara, ella se apresuró a saludarles con la mano, a distancia, y entró deprisa en la casa. esta vez fui yo quien miró el reloj; eran las ocho menos diez. esperé como un perrito a su amo, plantada delante de la puerta, incapaz de entrar, de moverme o de llamar a mi padre y contarle algo que ni tan siquiera sabía si era verdad. esperé lo que me pareció una eternidad, aunque seguramente no fueron más de cinco minutos, hasta que mi padre interrumpió mis pensamientos y mis temores. 
-¿me ayudas a poner un poco de orden? – me preguntó, con esa sonrisa boba que contrastaba con mi expresión desconcertada. 
comenzamos a retirar los vasos vacíos y los platos de papel con trozos de tarta en silencio. cuando los hubo colocado todos en la bandeja me pidió que los dejara en la cocina mientras él desplegaba las mesas. no me apetecía entrar en esa casa y encontrarme a mi madre, pero obedecí porque sabía que tarde o temprano tendría que hacerlo, ni que fuera para despedirme de ella. una vez dentro no me sorprendió ni el silencio, ni la oscuridad, ni el cajón de los manteles entreabierto. me dirigí a la cocina y dejé la bandeja encima de la encimera. al darme la vuelta me asustó verla detrás, abrigada con un jersey fino y un pañuelo azul en el cuello.
-no te preocupes, hija. déjalo tal y como está.
-es sólo un momento.
-déjalo, por favor.
me dio la sensación de que su reiteración se debía no tanto a la gratitud por mi ayuda, sino a sus ganas de quedarse a solas con mi padre, de poder darle por fin la noticia de sus intenciones, de largarse y perdernos a todos de vista. me enfadé. quise sacudirla, abofetearla, decirle que las cosas no se hacían así, que uno no podía desaparecer como si nada y que tenía que pensar un poco en los demás, en los que nos quedábamos, en los que nos tocaría recoger los pedacitos del suelo e intentar recomponerlos. quise abrazarla y suplicarle que lo pensara de nuevo, que lo habláramos tranquilamente, que seguro que había una solución intermedia, pero al final sólo me sequé las manos con un trapo de cocina y bajé la mirada.
-bueno, como quieras. me voy a casa, pues.
le di un beso en la mejilla, sin casi tocarla, y salí al jardín con un nudo en la garganta que mi padre ni tan siquiera advirtió.

no quise coger el autobús y llegué a casa después de un largo paseo que sólo consiguió arrancarme unas lágrimas de rabia e impotencia. abrí la puerta a las diez menos cuarto, dos horas antes de que saliera ese avión, y me senté en el sofá, al lado del teléfono, ajena a los insistentes maullidos de mi gata que reclamaba su comida. cuando sonó el timbre del teléfono, media hora después, no pude evitar sentir de nuevo ese nudo asfixiante en la garganta y un temblor febril en todo el cuerpo.
-¿estabas durmiendo ya? – preguntó mi padre, con un tono de voz apacible que no esperaba.
-no, aún no. estaba leyendo.
-sólo quería darte las gracias. te has marchado tan deprisa que no me ha dado tiempo.
-no me tienes que dar las gracias, papá.
-ya lo sé, pero me apetecía hacerlo. no te entretengo, que ya es tarde. ¿vendrás el domingo a comer?
me quedé un instante callada.
-¿hola?
-sí, sí, claro. vendré.
-estupendo, pues hasta el domingo. buenas noches, hija.

cuando colgué no conseguí sentirme más aliviada, ni más feliz, ni tan siquiera más agradecida. me quedé sentada unos segundos, intentando adivinar qué había pasado por la cabeza de mi madre en las últimas horas. sentí lástima por ella, por mi padre, por mis hermanos y por mí. después rellené el cuenco de comida para la gata, fui al baño, abrí el grifo de la ducha y esperé a que la temperatura del agua fuera la ideal. 

06 junio 2013

todo esto vino después

después de ti vinieron otros. 
tomaban el café ardiendo, sin azúcar 
en tazas resquebrajadas 
apoyados en la pared de la cocina 
mientras escuchaban una lluvia 
que yo no oía. 
ponían una música diferente 
aunque las notas eran siempre las mismas 
y bailaban desnudos por la casa. 
sujetaban mis manos 
cuando follábamos por las tardes 
con la ventana abierta y los ojos cerrados 
y buscaban en mapas inventados 
lugares de mi cuerpo donde juguetear 
unos días, unas semanas más. 
sabían cantar 
sabían gemir 
podían despertar un aletargado interés 
los días que sentía menos asfixia en la garganta.
pero al marcharse, 
con su mirada clavada en mis labios mordisqueados 
doloridos por los benditos rasguños del deseo saciado
rehuían el color de mis pupilas 
encharcadas en hielo y miseria. 

después de mí vinieron otras. 
sostenían los cigarrillos entre sus dedos finos 
y expulsaban el humo hacia ese techo 
donde un día, subida a tus hombros, 
dibujé un minúsculo dos en una esquina ennegrecida.
risueñas, escuchaban las historias que contabas 
tan nuevas y extrañas para ellas 
tan lejanas y amigas para mí, 
preguntaban por tus viajes a parís
y mil veces desearon que las llevaras contigo. 
por las mañanas 
despeinaban tu pelo oscuro 
y por la noches 
abrazaban tu cuerpo hueco. 
sabían recitar 
sabían besar 
podían arrancarte una sonrisa improvisada 
los días que sentías menos peso en el pecho
pero al marcharse, 
alargando inútilmente la búsqueda 
de sus bonitos vestidos floreados 
por entre tus sábanas rasgadas 
por debajo de tu cama maltrecha 
esperando un gesto, una señal 
una palabra que no llegaba, 
apresurabais una despedida escueta y pobre 
ellas, turbadas 
tú, vencido. 

después de nosotros 
vinieron listas de nombres que confundimos 
con otros nombres que confundimos con otras personas 
que nos confundieron 
con su propia amnistía, su única respuesta 
su camino hacia una desesperada salvación. 
vinieron llamadas que sonaron de madrugada 
y nos hundieron más aún en el fango pastoso. 
vinieron excusas y ruegos 
súplicas y juramentos
intentos 
negaciones 
y finalmente, 
cuando habíamos olvidado el miedo y las sombras, 
convencidos de haber sobrevivido, 
vinieron las ganas de volvernos a ver. 

03 junio 2013

Me aventuré en sus heridas, quise introducirme, sumergirme en ellas para procurarle algún alivio y, al mismo tiempo, impedir que sanaran, para que así tuviera siempre necesidad de mí, de mi existencia en la suya. Como una caja china: se la abría a ella, y dentro de ella se me encontraba a mí, agazapada y feliz. Si me hubiesen abierto a mí... habría estado ella, agazapada y feliz. Y así hasta el infinito. Y así hasta siempre. Agazapadas y felices. Pero... pero, todo. Todo se pierde en un instante. Ocurre de repente y de repente pasa. Así son las cosas. Has estado años, años, viendo la misma pared absurda y vacía y de pronto un día, un día cualquiera, que podría haber sido otro, le ves el agujero, la incisión, el desperfecto, y así descubres, sin más, la grieta por la que se han ido esfumando, imperceptibles, todos tus sueños, todas tus locuras y tus deseos, toda tu vida, esa herida que te abrió un día para siempre. Y ese agujero es la nostalgia, el whisky solitario, el cenicero repleto de colillas malolientes, la aguja al final del disco, que tropieza insistente y olvidada, el buzón lleno de propaganda y el teléfono muerto y los cajones llenos de humedad y de recuerdos que ya no prenden. Es el cansancio, el desencanto y la impotencia todo junto. La confesión repentina del fracaso acumulado que ha ido lastimándote en su goteo conocido. El llanto del alcohol, la ropa mojada tendida ante el espejo, que no es que nos distorsione, no, sino que al fin nos muestra tal cual, fiel a su misión de reproducir lo que ve para obligarnos a mirar cuanto hemos querido ignorar. El mundo es también eso. Y tantas otras cosas que nos están vedadas. Yo ya no quiero pensar más en todo lo que no puedo ni pude. Algo me ha hecho comprender que no tiene sentido. O al menos no el que quería yo darle. Lo cierto es que me torturaba. Hay veces que el cerebro no para, y da vueltas al mismo asunto con fruición, como si el hecho de pensarlo más y más fuera a abrir alguna puerta de alivio, cuando el único posible sería cambiar las cosas. Una utopía. Más aún cuando esas cosas dependen de otras personas.

Dame placer, F. Company