24 marzo 2013

-diga treinta y tres – dice el doctor mientras la ausculta. 
-treinta y tres. 
-repita otra vez, por favor. 
-treinta y tres. 
-y otra. 
-treinta y tres. 
-bien, esto está perfecto. puede usted vestirse. 
ella se pone de pie, coge la blusa blanca que había dejado en el respaldo de la silla y la abrocha con rapidez. el doctor la espera, sentado en su escritorio, anotando algo en su historial médico. cuando ha terminado levanta la vista y sonríe. 
-bueno, pues no debe preocuparse de nada – asegura, con voz firme y segura. 
ella se muerde el labio y mira al suelo. no quiere parecer una entendida delante de un profesional, pero sabe que lo que acaba de decir el hombre de bata blanca no es cierto. 
-pero yo no me siento bien – quisiera decir. 
él le da una copia de los análisis y mira impaciente la puerta. una decena de pacientes esperan todavía su turno. ella agradece la visita, dobla los papeles sin tan siquiera mirarlos y los guarda en su bolso. 

de lunes a viernes despierta todas las mañanas con una melodía diferente que escupe su pequeño despertador cuando el día todavía es noche. notas al azar, conocidas o extrañas, de cuando era una niña o recién estrenadas, lentas o estridentes. siempre con el mismo resultado: cinco minutos más, por favor. abrir los ojos resulta difícil últimamente, mucho más salir de la cama, poner los pies en el suelo helado, atreverse a dar un primer paso que no va a conducir a ninguna parte. abre el grifo y espera a que el agua salga caliente. rellena una taza y espera a que el café se enfríe. se viste con ropa que compró hace años y que todavía le sirve y se abriga antes de salir a la calle. camina rápido, con la cabeza escondida entre sus hombros, la manos en los bolsillos y tiembla como una hoja hasta que se mete en la boca del metro. 

-¿qué te ha dicho el médico? – le pregunta su compañera a media tarde. 
-que estoy bien. 
-¿lo ves? ya te lo dije yo. imaginaciones tuyas. 
ella vuelve a la pantalla. hay casillas y gráficos y números que no entiende. teclea durante horas con palabras que ha usado toda la vida y que sin embargo no sabría escribir en un papel. de vez en cuando levanta la cabeza y mira por la ventana que tiene a su derecha. desde allí ve la azotea de los edificios vecinos y un poco de cielo. una vez a la semana, una mujer sale a regar las plantas de su balcón y ella no puede evitar mirarla embobada. las riega de forma mecánica y con prisas. el agua inunda las flores, se sale de los tiestos y resbala por la cerámica hasta la calle. a esas horas, sin embargo, metida en su pecera, algo tan trivial le parece especial y hermoso. cuando la mujer entra de nuevo a su casa, con las misma prisas, ella vuelve a teclear. es ahí cuando le duele. 
-hoy es el cumpleaños de r. – continúa hablando su compañera al otro lado de la mesa. 
-ah. 
-¿vas a venir? 
-no lo creo. tengo que… 
en realidad no tiene que hacer nada, pero inventa una excusa poco creíble y vuelve a mirar el trozo de cielo que cada vez es más oscuro. -vente mujer, nos lo pasaremos bien y nos reiremos un rato. su excusa no ha servido de nada, piensa. es como si hablara con un muro. es más fácil decir que sí. dejarse llevar. seguir la corriente. al fin y al cabo, se dice, van a reírse un rato. pero ella no se ríe. no se ríe en absoluto. no se ríe ni cuando ha bebido más de la cuenta. ni cuando le recuerdan esa anécdota que ha escuchado una veintena de veces. ni cuando uno de los compañeros, bebido y sobón, le sugiere continuar la fiesta en su casa. no se ríe ni cuando por fin, después de dos horas eternas, logra escabullirse y salir a la calle y respirar el aire gélido y andar hacia, supone, su propia casa. y ahí también le duele. un poco menos, quizá, pero duele. 

llega cansada. es más tarde de lo habitual. el ascensor tarda en aparecer y una vez dentro apoya su espalda en el cristal ahumado. si se diera la vuelta vería la cara de alguien sano y que no sabe reír. sonríe. eso sí sabe hacerlo. lo aprendió un día que no tuvo más remedio que alegrarse por algo que ya ni recuerda. ahora lo usa en situaciones similares y parece ser que funciona. nadie ha reparado aún en que no es una sonrisa. es sólo una mueca. tiene muchas otras. abre la puerta. la casa huele a ella, una mezcla de perfume regalado en las pasadas navidades y vacío. enciende todas las luces y también la televisión. un señor le grita a otro mientras un tercero les insta a los dos a que hablen de uno en uno porque no se les entiende. ella decide ponerles a los tres en silencio y durante un segundo, enmudecidos, se cree un poco un dios severo y castigador. su tripa ruge. hace más de ocho horas que no ha comido nada, pero es demasiado tarde para preparar una cena decente, de esas que recomiendan los médicos expertos. opta por dos yogures y un caramelo de menta para la tos. 
en el baño se quita las horquillas del pelo y se lava los dientes. no detecta ninguna nueva arruga, pero tampoco se ve más guapa que cualquier otro día. se desnuda rápido, dejando la ropa tirada por el suelo, coge una camiseta grande que le hace de pijama y se mete en la cama. las sábanas todavía heladas le producen escalofríos. se encoje y, hecha un ovillo, cierra los ojos, los abre, los cierra y los vuelve a abrir. imposible distinguir una visión de la otra y ve otra señal. ella, que jamás había creído en las señales y ahora las busca en todas partes y se asusta cuando las interpreta a su gusto y deseo. no, déjate de señales. lo importante es no contar las horas que faltan para levantarse otra vez. y una punzada en el costado. y los cierra de nuevo. 
a medida que las ropas van calentándose con el calorcillo tibio de su propio cuerpo, se relaja y se estira. con lentitud y sin otra intención que entretenerse hasta coger el sueño desliza su dedo hasta el vientre y dibuja formas serpenteantes y estrambóticas. con más lentitud aún, llega hasta su coño y juguetea con los pelos que están creciendo después de rasurarlos ya no recuerda para quién. crece un cosquilleo y una urgencia que no tarda en satisfacer. con un dedo, con movimientos circulares, con dos, con una fricción rítmica que conoce bien. se corre rápido, en silencio, con el cuerpo retorcido y la cara aplastada en la almohada. cuando remiten los temblores retira los dedos y se los lleva a la boca. justo antes de quedarse dormida en medio de la cama, con un hilillo de voz y muy despacio, susurra para sí misma: “treinta y tres”. 

19 marzo 2013

un juego

la ventana de mi habitación da a un patio interior. no es un patio muy grande, tiene un par de columpios y un tobogán para los niños, una fuente que hace años dejó de funcionar y está rodeado de árboles de hoja caduca y bancos con nombres y corazones grabados en la madera. por la mañana está prácticamente desierto. al estar cercado de edificios altos no da mucho el sol y no es un lugar donde apetezca bajar a leer o a jugar, sobre todo en invierno donde además las corrientes de viento soplan por los cuatro costados. por la tarde sin embargo, a partir de las cinco, coincidiendo con el fin del día escolar, a los niños se les permite bajar y corretear un rato. el alboroto resuena entre las paredes de los pisos y durante una horas es imposible realizar cualquier tarea que requiera un mínimo de concentración. madres y abuelos, un poco más apartados, intercambian consejos y opiniones mientras de reojo vigilan a sus hijos y nietos para que no se rompan la cabeza, algo que pasó no hace mucho. por suerte sólo fue un susto y ahora el chiquillo que se cayó luce orgulloso una pequeña cicatriz en la frente que enseña a cada nuevo amigo que hace. 
a partir de las ocho, un poco más tarde si es verano y el tiempo acompaña, aparecen los chavales que aguantan la tos tras encender el primer cigarro, comen pipas y simulan ser adultos. son un grupo de siete u ocho. algunas veces pueden llegar a ser doce, según estén o no en época de exámenes. deben rondar los catorce o quince años. es difícil precisar su edad en esta época. algunos, los más desarrollados o los que han empezado a entrenar en su habitación, parece que tengan diecisiete, mientras que los más aniñados parece que apenas tengan diez. está blas, por ejemplo, el vecino de arriba. él sé seguro que ya cumplió los dieciséis. lo sé porque su madre no para de hablarme de él cada vez que nos encontramos en el ascensor. dice que es un tesoro, muy buen estudiante y que siempre la ayuda a recoger la mesa después de comer, aunque un día yo lo vi pegándole una paliza a otro muchacho que no le llegaba ni a la cintura. blas nunca me saluda. cuando nos cruzamos en la portería, él baja la cabeza y sube los seis pisos andando. también hay algunas chicas. la mayoría de veces se sientan en el banco contiguo al de los chicos, lo suficientemente lejos como para poder hablar de ellos sin que estos las escuchen, pero no tanto como para poder intervenir en sus conversaciones cuando el tema lo requiere. les gusta pintarse las uñas, cambiarse la ropa y teñirse el pelo de colores chillones. suelen hablar muy alto, de hecho, suelen chillar más que hablar. yo creo que es para que los ellos se fijen en ellas. siempre funciona. desde hace poco hay dos chicos nuevos en el grupo. uno es alto y desgarbado, de pelo rubio y piel pecosa, como su madre. el otro, un poco más bajito, tiene el pelo negro como el carbón y los ojos oscuros y hundidos. no sé sus nombres, pero hace poco me enteré de que son gemelos. se mudaron al barrio hace pocos meses y viven con su madre en el tercero b. según dicen ella se separó de su marido después de unos años de matrimonio infernales en los que a él le dio por beber y le carcomían los celos. algunos más atrevidos, y más dados a la rumorología, comentan que hubo algún golpe alguna que otra vez, pero no sé si creérmelo. a la gente le gusta hablar. 
todas las mañanas, los tres salen de casa a las ocho y diez, ella siempre vestida con colores pálidos y un poco de colorete en las mejillas, los niños con las mochilas cargadas y cara de sueño. no regresan hasta las siete. la madre sube sin pararse a charlar con los vecinos, pero deja que los niños se queden un rato en el patio. a menudo los chicos juegan al fútbol hasta que llega el resto del grupo y luego se unen a él, dejando la pelota para los más pequeños. otras, sin embargo, continúan su juego hasta que uno de los dos mira el reloj, avisa a su hermano y se despiden de los otros muchachos sin ni tan siquiera haber cruzado palabra con ellos. 

hoy por ejemplo han llegado un poco más tarde. es porque es jueves. los jueves deben de tener alguna actividad extra escolar porque suelen aparecer más tarde de lo habitual, con bolsas de deporte, el pelo sudado y las caras enrojecidas. al llegar han saludado a un par de chicos que fumaban y miraban algo en la pantalla de un móvil. los cuatro han estado riéndose y señalándose hasta que el hermano de pelo claro ha sacado la pelota de su bolsa y ha comenzado a juguetear con ella, tirándola hacia arriba, cada vez más alto, y recogiéndola hábilmente con las dos manos. en uno de los lanzamientos, su hermano la ha cazado al vuelo y ha iniciado una carrera con el balón escondido debajo de su camiseta. el otro lo ha perseguido hasta alcanzarlo. sus piernas son más largas y con dos zancadas ha conseguido atraparlo. los dos han caído al suelo. se han empujado y, entre carcajadas, se han pegado sin hacerse daño. se reían a gusto y sus amigos del banco, todavía embobados con el móvil, apenas han reparado en su griterío. al levantarse se han limpiado el polvo de los pantalones y han comenzado a intercambiar chutes a escasos centímetros entre ellos, con pasadas cortas y ágiles, con giros divertidos y payasadas que arrancaban risas del uno y del otro. así han pasado unos minutos. me he divertido viéndolos y aunque desde mi habitación no pueda oírles, he imaginado los motes cariñosos que el aventajado ganador iba dedicándole a su contrincante. “a ver si te esfuerzas más”, “espera y verás”, “¿eso es lo mejor que puedes hacer?”. 
luego ha bajado blas. venía con un par de amigos que le acompañan a todas partes, y de maría. me sorprendió verles juntos al principio. nunca les había visto juntos antes. de hecho, nunca les había visto ni tan siquiera hablar, aunque estoy segura de que se conocían porque los dos han vivido siempre en el barrio. en realidad tampoco sé si están juntos. jamás van cogidos de la mano y ni mucho menos les he visto besarse, así que no sé muy bien qué hay entre los dos. maría vive en el segundo c, pero del bloque de en medio. siempre ha sido una chica guapa, incluso cuando era pequeña ya hacía ladear cabezas y generaba comentarios del tipo “qué preciosidad de niña”. ahora los vecinos opinan lo mismo, pero han variado el tono, mucho menos tierno, y ya no le pellizcan los mofletes. ella, conocedora de su belleza, se pasea por el parque ufana, casi a cámara lenta, asegurándose de que todas las miradas se centran en su pelo lacio y largo, sus curvas perfectas, su ropa apretada al cuerpo, sus gestos perfectamente estudiados y su escote generoso. a todos les gusta maría, a todos. 

los recién llegados se han unido al grupo y han sacado compartido más cigarrillos. hablaban, gesticulaban teatralmente y se reían. los gemelos han continuado con su juego, pero algo ha cambiado. algo que al principio sólo ellos y yo hemos podido notar. su expresión era distinta. ya no sonreían, ya no se hablaban, ya no se miraban a los ojos. se han alejado un poco más el uno del otro. el chico de piel pecosa ha lanzado un poco más fuerte. el otro ha respondido molesto con una patada demasiado enérgica que ha forzado a su hermano desviarse del campo de fútbol imaginario para atrapar la pelota. 
-¿qué haces? – imagino que le habrá dicho, apuntando hacia el espacio imaginario reglamentado. 
el otro se ha encogido de hombros. 
-deja de perder el tiempo – le habrá contestado. 
han reiniciado el juego. el balón ha sido lanzado con más furia aún. ha volado por los aires, por encima de la copa de los árboles. no ha habido forma de cogerlo a tiempo y ha rebotado cerca del parque donde juegan los niños. uno de los abuelos al cuidado de sus nietos les ha reprendido. 
-¿es que estáis locos o qué? aquí hay niños jugando, a ver si vigiláis. 
el muchacho de ojos oscuros ha llegado resoplando, ha cogido el esférico de debajo de los columpios y se habrá disculpado tartamudeando algo incomprensible. su hermano, a distancia, secándose el sudor de la frente, sonreía. 
-¿qué les pasa a esos dos? – ha preguntado blas. 
el grupo ha parado su conversación. incluso maría ha levantado la vista del móvil y arreglándose un mechón de pelo, les ha observado con curiosidad. bajo la atenta mirada del resto, las normas se han vuelto más difusas aún. la pelota rodaba a más velocidad, las patadas eran más rabiosas, las paradas se celebraban con gestos ofensivos, los motes se han convertido en insultos groseros. ya no era un simple juego, pero maría se divertía viendo cómo los dos hermanos festejaban sus goles. ellos, de reojo, se aseguraban de que la chica les había visto. la partida plácida, convertida ahora en una batalla disimulada, ha continuado diez minutos más sin que nadie haya intervenido y los dos hermanos hayan casi llegado a las manos. pasados los diez minutos, blas, aburrido del espectáculo, se ha levantado del banco y ha tirado la colilla al suelo. maría se ha levantado también. los dos han intercambiado algunas palabras con el grupo y sin despedirse de los gemelos, se han marchado. ellos, sudados y sin apenas poder respirar por el esfuerzo, les han seguido con la mirada. maría, a unos pasos de blas, ha desparecido detrás de unos de los portales. 
-¿tiras o qué? – le ha retado un hermano al otro. el chico de ojos oscuros ha pateado el balón desganado, sin fuerza, ni intención de alcanzar a su hermano. la pelota ha llegado a los pies del otro chaval girando lentamente y éste ha respondido de la misma forma, con la misma indolencia. el grupo ha vuelto a sus pantallas. han encendido más cigarrillos y han escupido más pipas al suelo. ha anochecido y he mirado el reloj. dentro de unos minutos, los gemelos recogerán sus bolsas y subirán a su casa. me los imagino en el ascensor, en silencio, escuchando sólo sus respiraciones todavía agitadas, un poco incómodos, disimulando, tal vez, como si en realidad sólo hubieran estado jugando un rato. 

12 marzo 2013

basura

antes de levantarse de la cama, carlos observó a su esposa mientras dormía. a pesar de llevar nueve años casados, todavía se sorprendía de tener a gloria en su  cama. le gustaba todo de ella y si desde hacía nueve años parecía estar viviendo una segunda juventud, era sin duda gracias a ella y a los veintitrés años de diferencia que se llevaban. desde que se habían conocido, en una fiesta en casa de unos amigos comunes, había empezado a correr todas las mañanas antes de ir a trabajar, había dejado de fumar, había comenzado a vigilar la dieta y había renovado todos sus trajes grises y clásicos por ropa informal y colorida. su secretaria, con quien tenía cierta confianza después de tantos años trabajando conjuntamente, le había comentado en alguna ocasión que había rejuvenecido quince años y sus colegas de trabajo le miraban con envidia, más que por su actitud dinámica y positiva, a pesar de sus cincuenta y nueve años, por su segunda esposa, que aparte de ser inteligente y amable, tenía el culo firme, las piernas largas y unos pechos turgentes.
gloria se despertó y miró a su marido. todavía adormilada, sonrió tímidamente. 
-¿qué estabas mirando? – preguntó.
-a ti.
-¿por qué?
-no lo sé. me gusta mirarte cuando duermes. eres más guapa todavía.
-qué tonterías dices.
-no es ninguna tontería. es la verdad.
ella lo abrazó y notó un bulto duro y cálido refregándose contra su muslo derecho. hicieron el amor lentamente, como le gustaba a carlos, con gloria encima, sus manos apoyadas en su pecho, moviéndose con suavidad. al terminar, reposaron unos segundos en silencio y a continuación él se levantó y se puso los pantalones del chándal.
-¿vas a correr ahora?
-claro, es domingo. los domingos toca recorrido doble, cariño, pero no tardaré nada. en una hora estoy aquí de nuevo.
-en ese caso no me moveré de aquí.
él apartó la sábana, acarició la mejilla de ella, besó uno de sus pechos y salió de la habitación canturreando una melodía.
hacía un día estupendo. el sol despuntaba por entre las frondosas copas de los árboles de los jardines vecinos y todavía no hacía demasiado calor. la calle estaba desierta a esas horas y carlos agradeció la brisa fresca proveniente del mar. se abrochó la chaqueta, encendió su ipod y se dirigió hacia el paseo marítimo a paso rápido. su corazón comenzó a bombear cada vez más veloz y no tardó en notar las primeras gotas de sudor resbalando por la frente. como todos los domingos, llegó hacia el final del paseo en media hora y repitió el trayecto en sentido contario sin aminorar la marcha. sólo en los últimos doscientos metros se permitió reducir la velocidad y comenzar a caminar para relajar las piernas. se secó el sudor de la cara con una mano y se detuvo en un banco para hacer un par de estiramientos y respirar profundamente. cuando notó que su respiración había vuelto a la normalidad, apagó la música e inició el camino de vuelta a casa, orgulloso de su gesta, pensando en una ducha fresca y un desayuno frutal.

lo vio de lejos, tan de lejos que no pudo reconocer si se trataba de un hombre o de una mujer. caminaba con dificultad, haciendo eses, como si estuviera borracho o como si el peso de la bolsa que arrastraba fuera tal que no le permitiera ir en línea recta, ni mucho menos erguido. a medida que iba acercándose identificó la figura de un hombre. era extremadamente delgado, moreno de tez, despeinado, mal afeitado y con aspecto enfermizo. el hombre, pendiente de no soltar la bolsa, apenas podía mantenerse en pie. carlos sintió asco y pena por él. calculó que tendría más o menos su misma edad, aunque aparentaba muchos más años. vestía con unos pantalones grandes, manchados y descoloridos y un jersey de pico de color verde oscuro, encogido y gastado. a pocos metros de cruzarse los dos, el hombre, incapaz de coordinar sus pasos, tropezó con la bolsa y cayó de rodillas al suelo. se quedó quieto, sin levantarse, mirando sus manos sucias. carlos se apresuró a ayudarlo a levantarse.
-¿está usted bien? – preguntó mientras le alzaba por las axilas y se sorprendía de lo poco que pesaba. el hombre lo miró asustado. encogido y con la mirada perdida asintió deprisa, nervioso. hizo el amago de recoger la bolsa de plástico, pero carlos se interpuso en su misión:
-¿quiere que le ayude? ¿se lo llevo a algún sitio? ¿quiere que…?
el hombre dudó unos instantes. parecía no comprender a carlos. él se quedó callado, esperando que el hombre decidiera, pero se mantuvo en silencio.
-¿es basura? –preguntó con la esperanza que la sencillez de la palabra lo hiciera reaccionar. el hombre por fin asintió y señaló un contenedor que quedaba a pocos metros, en esa misma acera. carlos se acercó a la bolsa y la empujó hacia arriba para recogerla. pesaba tanto que no pudo evitar preguntarse cómo había podido arrastrarla hasta allí un hombre tan enclenque. avanzó unos pasos y, agotado, la dejó en el suelo para descansar. el hombre, detrás de él, lo miraba con los ojos muy abiertos.
-hay que ver lo que pesa –susurró. pero el hombre no cambió su expresión de sorpresa e inquietud. carlos se secó el sudor y volvió a levantarla. apremió el paso para llegar rápido al contenedor. sin ayuda, le iba a costar levantar la bolsa hasta llegar a la altura de la tapa para lanzarla dentro, pero sabía que no podía contar con el hombre ni tan siquiera para mantener la tapa abierta. habría tardado más tiempo intentando explicarle qué debía hacer que hacerlo él solo. apoyando una de sus piernas con el contenedor consiguió abrirlo y balanceando la bolsa ligeramente con ambas manos consiguió lanzarla de malas maneras dentro. al chocar con el resto de contenido hizo un ruido seco. justo entonces le vino una oleada desagradable, un hedor de podredumbre y meado intensó que lo hizo apartar de inmediato. la tapa del contenedor se cerró de golpe y el hedor cesó levemente. estaba tan sudado que no podía esperar a llegar a casa y meterse en la ducha. se dio la vuelta para despedirse del hombre, pero al hacerlo él había desaparecido. miró a un lado y a otro, pero no había rastro de él. se extrañó de la rapidez con que lo hizo cuando unos minutos antes apenas parecía poder mantenerse en pie, pero no quiso dedicarle más tiempo del necesario y necesitaba esa ducha urgente. mientras se alejaba del contenedor volvió la cabeza un par de veces. la calle seguía vacía. apresuró el paso sólo para alejarse de ahí y regresar cuanto antes a los cálidos brazos de gloria que, con un poco de suerte, seguiría metida en la cama, desnuda.
a primera hora del lunes, carlos acompañó a su esposa al aeropuerto. tomaron un café en un bar atestado de pasajeros y esperaron hasta el último minuto para despedirse.
-acuérdate de dejarle el dinero a consuelo. esta semana vendrá el miércoles. recuérdale que tiene que hacer las persianas. hace un mes que no las toca y están llenas de polvo. ¿te acordarás?
-sí, no te preocupes. voy a echarte de menos.
-y yo a ti. pero son solo tres días.
-lo sé, pero para mí es suficiente tiempo como para echarte de menos.
-te llamaré cuando llegue.
-te quiero.
ella sonrió y besó a su marido. todavía se emocionaba cuando le decía que la quería y no podía evitar sonrojarse y sentirse aún más afortunada. si hubiese sido por ella, hubiera cancelado ese viaje de trabajo para quedarse con él y organizar cenas románticas o ir al teatro, como hacían a menudo, cuando sus horarios y reuniones se lo permitían.
-me tengo que ir. ¿podrás recogerme a la vuelta? – dijo después de comprobar la hora.
-acuérdate de llamarme.
-claro.
él esperó hasta que su mujer desapareció detrás de las puertas deslizantes. le gustaba ver cómo los demás hombres se giraban para mirarla o, con más disimulo, la observaban por el rabillo del ojo y ella, distraída, entregaba la carta de embarque y el pasaporte.
llegó a la oficina media hora más tarde de lo habitual. su secretaria le esperaba con cambios de última hora, reuniones de producción y ventas y una comida con un cliente demasiado importante que no estaba contento con los resultados de su campaña. carlos le pidió un té frío, alabó su nueva blusa y se encerró en el despacho con la intención de liquidar todos los temas pronto y poder pasar un par de horas en el gimnasio.  gloria lo llamó mientras él conducía hacia allí. su voz sonaba lejana y triste. había tenido un buen vuelo pero el hotel era viejo, no funcionaba la calefacción y la presentación había sido desastrosa. estaba segura de no haber convencido a sus clientes para que se quedaran en la compañía y se sentía desmoralizada y con ganas de llorar. él la escuchó con atención, esperando que ella se desahogara y terminara su explicación. le aseguró que todo eso eran sólo impresiones suyas y que estaba seguro de que todo había salido bien. ella rompió a llorar y le aseguró que no, que había fracasado estrepitosamente. carlos quiso abrazarla, coger el primer vuelo y rescatarla de ese hotel lejano y frío y repetirle lo mucho que valía para ese puesto que los dos sabían que le venía grande, pero se quedó callado.
-te quiero mucho, gloria –dijo finalmente para apaciguar el lloro de la mujer.

el martes se despertó con dolor de cabeza. había dormido mal y recordaba haber tenido pesadillas que le habían desvelado a las cuatro de la mañana. decidió que en vez de salir a correr, se quedaría en la cama e intentaría dormir media hora más. sin embargo cuando el despertador sonó treinta minutos después seguía notando unos dolorosos pinchazos en la sien. se levantó de mal humor y salió de casa sin desayunar nada más que un ibuprofeno y un vaso de agua del grifo. al llegar a la oficina encontró a un grupo de personas arremolinadas y cuchicheando alrededor de la mesa de la recepcionista. al verlo llegar, el grupo se disgregó inmediatamente, sin disimulo, aunque continuaron rumoreando.
-¿qué pasa? – le preguntó a su secretaria.
la mujer miró hacía recepción, ahora vacía, y no supo a qué se refería.
-¿dónde?
-da igual. ¿puede traerme un café, por favor?
-¿un café? – repitió ella extrañada de la petición del hombre.
hacía seis años que carlos había sustituido el café por el té, mucho más sano y saludable, según palabras de gloria.
-sí, un café. largo y sin azúcar.
la mañana pasó lenta. el ibuprofeno apenas había sido efectivo y su cabeza seguía martilleando constantemente. no era capaz de concentrarse en ninguna de las varias tareas que había empezado a hacer, ni mucho menos de resolver las preguntas que tenía abiertas en su correo electrónico y que cualquier otro día le hubieran parecido nimiedades. se aflojó la corbata y que quitó la chaqueta con la intención de poder respirar mejor y dejar de sentirse acalorado y mareado. salió a la hora de comer. también su secretaria se extrañó: no solía salir del despacho a no ser que tuviera una comida con algún cliente o directivo. quiso recordarle que saldría un poco antes ese día, pero él ya estaba en el pasillo, a punto de llamar el ascensor. al pasar por la mesa de la recepcionista le llamó la atención la portada del periódico de esa mañana. se paró delante de ella, con la cabeza torcida para leer bien el titular. la chica, un poco incómoda por su presencia, preguntó si podía hacer algo por él.
-¿le importa dejarme el periódico?
-por supuesto que no, señor biesca.
-gracias. se lo devolveré cuando vuelva.
-oh, no hace falta, de verdad. ya había terminado de…
carlos se marchó sin esperar a que la chica terminara su frase. cuando se hubo alejado lo suficiente del edificio, desplegó el periódico y releyó el titular, esta vez seguro de no haberlo visto mal la primera vez: “hallado medio cuerpo descuartizado en un contenedor de basura”. carlos buscó un banco donde sentarse. era algo totalmente absurdo, no tenía ni pies ni cabeza, pero durante diez minutos no consiguió levantar la vista de la foto de debajo del titular e intentar identificar lo poco que se veía de sus alrededores. cuando consiguió levantarse, turbado por la noticia, compró un café y volvió a la oficina.
-muchas gracias – le dijo a la recepcionista cuando entró de nuevo y dejó el periódico en su mesa.
-oh, de nada, señor biesca.
-¿no tendrá usted un cigarrillo?
-claro, - contestó ella levantándose inmediatamente para buscar dentro de su bolso. – aquí tiene. es mentolado, espero que no le importe.
-gracias de nuevo.
giró sobre sus talones y salió de nuevo del edificio, llamó a su secretaria y le comunicó que no volvería hasta el día siguiente. condujo sin rumbo durante una hora, con la ventana abierta, intentando no pensar en nada. cuando se hubo alejado lo suficiente de la ciudad regresó sin prisa, incapaz de haber llegado a ninguna conclusión. antes de llegar a casa paró en una estación de servicio y compró el periódico que había leído hacía pocas horas. en casa revisó la noticia y la foto y espero a que las noticias revelaran algún dato más sobre el suceso, aunque ni tan siquiera lo mencionaron. carlos, cada vez más nervioso, buscó en el cajón de la mesilla de noche de gloria el paquete de cigarrillos y, sin pensarlo, encendió uno y después otro. más tarde esa noche se sirvió tres vasos largos de whisky. cuando gloria lo llamó él estaba vomitando en el baño, convencido de que su cabeza iba a estallar de un momento a otro.

consuelo lo despertó al día siguiente. se había quedado dormido en el sofá, con el traje y la televisión encendida. al ver a la mujer se asustó.
-perdone, señor biesca. no pensaba que iba a estar todavía en casa.
-¿qué hora es?
-las nueve en punto.
-me quedé dormido.
-¿quiere que le prepare algo?
-un café, me vendría bien.
-no sé si quedará algo en el armario. voy a ver.
la mujer se alejó justo cuando en la pantalla aparecía el hombre enclenque y borracho que carlos había ayudado, más demacrado aún, con los ojos enrojecidos y un gesto altivo frente a la decena de cámaras que lo gravaban entrando en un coche policial. la voz del presentador acompañaba las imágenes con una danza de palabra que carlos no supo conectar ni mucho menos digerir.
-menudo salvaje, por no decir algo peor – interrumpió consuelo al ver al hombre en la pantalla – ojalá se pudra en la cárcel. aunque yo más que meterle en la cárcel, le ahorcaría directamente, sin perder el tiempo.
la mujer le ofreció un vaso de agua y él se incorporó y la bebió de un trago.
-¿puede usted creerlo? –continuó- asesinar a su mujer y a su nieto. ¡su propio nieto de tan solo un año! y no contento con esto, cortarlos a trocitos, como si fueran longanizas e ir tirándolos a la basura, poco a poco. ¿se puede estar más enfermo? un día un trozo de cabeza en gran vía, otro día la pierna izquierda aquí al lado. aquí al lado, así como se lo digo encontraron también restos. creo que eran del niño. ocho añitos, que tenía. un enfermo. pobre familia, qué desgracia. 
-¿y ha sido él? ¿no hay dudas? –preguntó temiendo que sabía la respuesta de antemano.
-lo encontraron esta misma madrugada, borracho y medio desnudo, en un bar de las afueras, gritando a los cuatro vientos, como un verdadero endemoniado lo que había hecho con su familia. jactándose de cómo los había cortado y los había metido en varias bolsas de basura. creo que todavía tenía alguna en su casa. qué horror. no paraba de repetir que se lo merecían los dos. un loco, señor biesca, un loco peligroso. y los que habrá todavía por allí sueltos. si es que el milagro es que sigamos aún vivos.
-no tendrá ningún cigarrillo, ¿no?
-es que yo no fumo señor biesca. pero puedo ir a comprarlos.
-no se preocupe. iré yo mismo. y también compraré café.
carlos no fue a trabajar ese día. pasó la mañana encerrado en casa, viendo los especiales que emitían los programas sensacionalistas sobre el asesino del contenedor, como ya había sido bautizado en todos los medios. centenares de veces a lo largo del día vio la cara del hombre al que había ayudado esa mañana y el depósito donde él mismo había tirado una bolsa de basura con un trozo de cuerpo. se preguntó si en algún momento debería llamar a la policía y confesar su involuntaria colaboración o si, tarde o temprano, ellos darían con él. intentó tranquilizarse pensando que el culpable, el verdadero culpable, ya había confesado sus crímenes y que, por lo tanto, eso le dejaba al margen de todo el asunto. a pesar de su convincente explicación siguió sintiendo náuseas y temblores y sólo cuando desconectó el móvil sintió cierto alivio que no tardó en evaporarse.
gloria llamó de nuevo a las nueve de la noche, pero el móvil seguía apagado.
el jueves carlos se despertó con una resaca dolorosa y terrible. de nuevo se había quedado dormido en el sofá y había tirado el vaso lleno de whisky encima de la alfombra que habían comprado en estambul hacía dos años. le dolía todo el cuerpo y apestaba a humo y sudor. se levantó lentamente y con dificultad y una vez en el baño se asustó de su propio reflejo: la piel de color ceniza, los labios secos, ojeroso, despeinado y sin afeitar. en apenas tres días parecía haber envejecido diez años. al salir de la ducha seguía teniendo el mismo aspecto tenso y agotado y al llegar a la oficina su secretaria no pudo evitar preguntarle si se encontraba bien. fue imposible pensar en otra cosa que no fuera esa enorme bolsa de plástico, sujetada con sus propias manos, justo antes de lanzarla con fuerza dentro del contenedor. recordó el impulso que cogió antes de tirarla e imaginó los trozos de carne cortados, mezclándose y chocando entre sí. recordó el hedor y recordó la cara del hombre, asustado y ausente. de nuevo sintió náuseas y ganas de servirse un trago o dos, pero una llamada de su secretaria lo hizo volver a su despacho, blanco, limpio y ordenado.
-¿señor biesca? es la señora biesca.
-pásemela, por favor.
carlos recordó que hacía dos días que apenas se había acordado de gloria. no se sentía con la energía suficiente como para hablar de forma natural con ella, pero se aclaró la voy y, como si ella pudiera verlo, intentó sonreír:
-¿cariño? ¿por qué no me llamas al móvil?
-¡porque lo tienes apagado! ¡he intentado llamarte diez veces!
-lo siento. me olvidé de cargarlo.
-¿te olvidaste?
-he estado muy liado estos días, gloria. cuéntame de ti, ¿cómo va todo por ahí?
-¿por ahí? carlos, llevo una hora esperándote en el aeropuerto. habíamos quedado que me pasarías a recoger. ¿qué te pasa? ¿va todo bien?
-todo va estupendamente –aseguró abriendo la ventana de su despacho de par en par- ahora salgo de la oficina y en media hora estaré allí.
-date prisa, por favor. estoy helada y agotada.

condujo más deprisa de lo que las señales de tráfico permitían y al llegar al aeropuerto dejó el coche aparcado en segunda fila. al ver a su mujer la abrazó, pero ella lo apartó rápidamente. seguía enfadada y las explicaciones atropelladas de su marido no sirvieron para calmarla. durante el viaje carlos estuvo callado, atento a las noticias de la radio sobre el caso del asesino del contenedor. su esposa, asqueada con los detalles cada vez más sórdidos, intentó apagar la radio, pero carlos la detuvo argumentando que necesitaba escuchar las últimas informaciones sobre los resultados de la bolsa que venían después de la noticia. ella negó con la cabeza. lo notaba extraño, ausente y desaliñado. por el rabillo del ojo lo miraba conducir tenso y erguido, e imaginó que durante esos días apenas habría descansado lo suficiente. decidió que al llegar a casa, después de una ducha y comer algo decente, hablaría con él. le molestaba que no fuera capaz de desconectar nunca del trabajo y temía por su salud, a pesar de los progresos que había hecho en los últimos años. al dejar las bolsas en el pasillo y entra en el salón miró a su marido con desconcierto.
-¿qué ha pasado aquí? – le preguntó mientras señalaba la mancha de la alfombra, el televisor encendido y el cenicero de encima de la mesa lleno de colillas.
-¿sabes qué tendríamos que hacer, cariño? irnos de viaje –contestó él.
-¿qué?
-sí, eso deberíamos hacer: irnos unos días, alejarnos de todo esto y desconectar de todo el mundo.
-¿has vuelto a fumar?
-tres semanas. un mes. donde sea.
-no sé lo que ha pasado aquí, pero sea lo que sea, necesito que me lo expliques ahora mismo.
carlos se dejó caer en el sofá. sacó un cigarrillo del paquete y lo encendió tranquilamente. ella se apresuró a quitárselo de la boca y apagarlo en el cenicero. él no se inmuto.
-¿sabes gloria? – dijo con voz calmada con la mirada puesta en el cigarrillo doblado que todavía humeaba - cuando tú no estás, todo va mal.
-ni que lo digas – respondió ella. - mira cómo está la alfombra de manchada, ¡la alfombra de estambul! ¡y toda la casa huele fatal. ¿no vino consuelo ayer? ¡las persianas siguen igual de sucias! tendré que hablar con ella. carlos, ¿qué ha ocurrido aquí? ¡es que está todo hecho un desastre!
él reposó la cabeza en el respaldo del sofá, apagó la televisión y soltó una carcajada estridente que asustó a su esposa.
-tienes razón, - dijo de repente, muy serio y evitando mirarla - está todo hecho un desastre porque todo esto es un desastre.
ella se sentó a su lado, demasiado confusa como para seguir insistiendo. su marido alargó la mano y cogió el paquete de tabaco y la botella que estaba casi vacía. esta vez gloria calló y se limitó a observar cómo su marido daba un trago de la botella, encendía el cigarrillo e inhalaba el humo profundamente para dejarlo ir unos segundos después llenando la habitación de una neblina densa y apestosa.