17 noviembre 2013

típico

he conocido a un chico. otro. 
un estúpido. 
el típico tío que te mira desde el otro lado de un antro oscuro 
con tres vodkas aguados encima 
a esa hora de la noche en las que sólo quedan 
dañados, borrachos e ilusos. 
el típico que sin sonrisa, sin guiño ni suplica disimulada 
aprovecha un descuido, un hueco, un silencio cualquiera 
para saltar el muro y preguntar por tu nombre. 
un libro 
una canción 
por el día de un calendario antiguo que marcaste con un círculo en rojo 
y asiente y se ríe 
y te hace dudar. 
he conocido al típico egoísta 
que olvida fechas difusas, pasadas 
celebraciones alrededor de una mesa vacía y copas rotas 
pero recuerda la intensidad exacta de un abrazo por la espalda
olvida perfumes y flores 
pero recuerda el olor preciso de una cama manchada y húmeda 
olvida la caja de bombones anual envuelta con prisas y lazo 
rosa apagado 
pero recuerda el sabor del hielo derritiéndose entre unos labios 
que están aprendiendo a perdonar 
olvida ramos, velas, tarjetas, promesas y para siempres 
pero recuerda susurros, minutos y risas. 
he conocido al típico cabrón 
que aprovecha un descuido, un hueco, un silencio cualquiera 
para arrinconarte contra las baldosas frías del baño 
y te oprime con su cuerpo, con su fuerza, con urgencia 
y te aprisiona 
y te sujeta las muñecas finas 
y te levanta la falda 
y te busca y te tantea y te guía 
y te recorre con la mirada, los dedos, las ganas 
y te baja las bragas 
y se arrodilla 
y cierras los ojos 
y separas las piernas 
y respiras deprisa 
y baila y empuja 
y estiras el cuello 
arqueas la espalda 
aprietas los puños 
muerdes el aire 
y gimes 
y apremia 
y tiemblas 
y relame 
y exiges 
y embiste más fuerte. 
he conocido al típico hijo de puta 
el típico cretino, mezquino y cobarde 
que no quiere, que no espera nada de ti. 
el típico cerdo asqueroso que confirma, querida, 
tu regla infalible: todos iguales, 
todos. 
la misma pasta 
la misma voz contando el mismo cuento con final feliz 
para las que siguen creyendo en perdices y princesas 
la misma ridícula trampa donde tú, querida, 
experta en escarcha y maletas a medio hacer, 
diestra en jaulas, humo y expolios 
te juraste, hace ya mucho, 
no volver a caer jamás.

8 comentarios:

  1. Mismo libro, misma historia, mismo principio y final. Y tanto sabemos y tanto damos y tanto nos quitan, y seguimos y seguimos. Mira a ver porqué nunca nos cansamos de leer siempre lo mismo. Algo tendrán que tener. Quizás no sean ellos.

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  2. Magnífico retrato de la interminable recaída en el mismo cabrón. Real. Ellas dicen que quieren uno comprensivo, educado, que las mime y tenga detalles. Y luego actúan prefiriendo al cabrón. Y el cabrón no tiene la culpa porque si se lo lleva todo es porque razón no le falta, cumple sus objetivos. Si no fuera quién es viviría peor. Supongo que también habrá ciertas edades a las que ya no alcanza su poder. Pero es mucho suponer.

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  3. Por momentos he perdido el aliento, y no quería suspirar hasta llegar al final, un verso interminable de una entrada de longitud que sin pausa ni respiro es merecido leer de una tacada.
    Y sí, ha merecido la pena el color morado de mi cara por tal de soltar todo el aire al terminar.

    Genial la entrada.

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  4. Hay dos tipos de patrones: Los que se repiten y los que se recortan.

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  5. La ley del deseo no conoce de ningún tipo de clemencia o excepción. Es así, y creo que me gusta que sea así. Nos recuerda lo miserablemente animales que al fin y al cabo somos.

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  6. He conocido unos cuantos, pero reconozco que por atracción fatal...
    Buen retrato Hilia, monstrua eres, coño...

    Te abrazo toda

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