08 noviembre 2013

no sé, ahora creo que no lo hemos hecho bien, que quizá nos precipitamos y teníamos que haberlo planeado mejor, más premeditado. por algo se dice que las prisas no son buenas para nada, claro que a buenas horas me doy cuenta de esto. la verdad es que si no tuviera la pistola en la mano y a mi marido tendido en la cama, creería que esto no ha sucedido de verdad. y no sé, no sé muy bien qué hacer. que conste que las instrucciones las tengo claras. miguel las apuntó en una servilleta de papel que dobló cuidadosamente y que me puso en el bolso a última hora, viendo que yo estaba demasiado alterada como para memorizarlo todo y mucho menos llevarlas a cabo con el orden establecido. “asegúrate de quemarlas antes de dejar la casa, ¿de acuerdo? si no lo haces estamos en la mierda. ¿me has entendido? ¿entiendes bien lo que te digo?”. me sorprendió un poco que dijera mierda. siempre habla muy bien, muy correcto y jamás pronuncia una palabra mal sonante, pero claro, comprendía que estaba nervioso como yo, aunque él lo disimulaba mejor, y cuando uno está nervioso, ya se sabe, se dicen y se hacen cosas extraordinarias, pero bueno, que miguel es un amor. no sé qué sería de mi vida si no lo hubiera conocido, ahora hace cuatro años. cuatro años, cómo pasa el tiempo, ¿verdad? 

fue en la fiesta de inauguración de las nuevas oficinas, en pleno centro de la ciudad, al lado del banco central. lo primero que recuerdo que pensé al verlo fue “qué hombre tan guapo, qué sonrisa, qué dientes, qué pelo, qué traje. y qué mujer tan fea”. octavio, mi marido, lo saludó e inmediatamente hizo las presentaciones. de cerca, con menos distancia de por medio, me pareció aún más atractivo. es un hombre alto, corpulento, con mucho pelo, aunque en los últimos años ha perdido bastante, los ojos oscuros y vivarachos, la nariz afilada, las manos grandes y bien cuidadas, la espalda ancha y un gracioso lunar en la mejilla izquierda. es una tontería, ya lo sé, pero a veces, mientras él duerme, yo me quedo ensimismada mirando ese pequeño lunar, como si no hubiera visto ninguno antes. cuando se acercó para darme los dos besos de rigor y colocó sus manos en mis hombros y los apretó ligeramente, creí que iba a desmayarme y tuve que apoyarme disimuladamente en la mesa de las bebidas y los canapés. su voz, a pesar de que sólo dijo “ya era hora de que nos conociéramos. octavio me ha hablado mucho de ti. todo halagos, por supuesto.”, era dulce y tranquila, denotaba seguridad en sí mismo y autoridad. y sin que dijera mucho más me di cuenta de que era el hombre perfecto. a continuación me presentó a su mujer que plantada a su lado sonreía dócilmente dejando ver sus dientecillos pequeños y torcidos, manchados de carmín. era un espanto. no sé qué hacían juntos y eso fue lo primero que le pregunté a mi marido cuando nos quedamos solos, en el ascensor, de vuelta a casa. él se encogió de hombros y me contestó que no era tan fea, lo que provocó una disputa sin sentido que se alargó hasta llegar al coche. lo era; era fea con avaricia. de esas mujeres sin ningún rasgo especial, ni el pelo, ni la voz, ni el color de su vestido demasiado holgado para ese cuerpo esquelético sin forma alguna. ni tan siquiera su carácter parecía tener nada destacable, aunque hablaba mucho, eso sí. hablaba de cosas sin importancia que a mí no me interesaban en absoluto,como si ese restaurante era muy bueno o si esa película era pésima o si había estado en ese hotel de parís. lo hacía además tan bajito, como si se tratara de un secreto realmente relevante, que era imposible seguir el hilo de su aburrido monólogo, de forma que estuve toda la velada asintiendo, haciendo como que la escuchaba y afirmando que estaba de acuerdo con todo lo que decía mientras de reojo miraba a miguel, el cual, ajeno a nosotras dos, se paseaba por la sala como un pavo real, hablando con los invitados, preocupándose de que tuvieran la copa llena o un puro en la mano, a pesar de que estaba terminantemente prohibido fumar en la oficina. 

por suerte miguel no tardó en darse cuenta de que esa mujer no le convenía en absoluto y al poco tiempo de conocerlos en la inauguración me enteré de que se habían separado. fue entonces cuando comenzó a aparecer más por casa. venía a cenar una o dos veces por semana y siempre traía algún detalle: un ramo de flores, los postres, una botellita de vino. yo le decía que no hacía falta, pero él insistía, con esa sonrisa suya, que era lo mínimo que podía hacer ante nuestra generosa hospitalidad. y sí, en algunos momentos se le veía decaído y tristón, aunque no sé muy bien por qué. en mi opinión era lo mejor que le había sucedido: liberarse de esa mujerzuela criticona y anodina. y que conste que no digo esto porque yo planeara lanzarme a su conquista. en absoluto. no fue así para nada. yo estaba con octavio y era feliz con él. puede que tuviéramos nuestras cosas, alguna discusión nimia por una tontería como cualquier matrimonio que lleva años casados, pero nunca lo había considerado nada grave, nada que me impulsara a mantener una aventura con ningún otro hombre. 

qué lástima me da ver la sábana y la colcha así, tan manchadas. si consiguiera mover un poco hacia la derecha el… no, no, no debo tocar nada. la colcha nos la regaló la madre de octavio, menchu, el día de nuestro veinte aniversario. con ella me llevaba muy bien. era una mujer dulce y agradable que siempre sonreía, a pesar de los dolores de la enfermedad que padeció en los últimos años. una de las primeras cosas que me dijo cuando me conoció fue “mi octavio cuidará muy bien de ti, es muy buen chico”. aún me emociono cuando lo pienso y supongo que es una suerte que muriera hace siete años, mucho antes de que todo esto empezara. no hubiera podido soportar hacerle daño a esa mujer que siempre se había portado tan bien conmigo. en realidad no debería pensar en esto ahora porque me emociono y no es el momento y a ver dónde encuentro un pañuelo con todo este desorden. él quiso cambiarla. la colcha, digo. a todas horas me recordaba que los colores no combinaban con el tono salmón de la pared ni mucho menos con el verde aguacate de las cortinas. a veces octavio podía llegar a ser tan puntilloso que me ponía de los nervios. un regalo que su madre nos había hecho con todo el cariño del mundo y además, la colcha era preciosa, de seda persa, bordada a mano. una auténtica obra de arte. me costó dios y ayuda convencerlo de que nos la quedábamos y de que cambiaríamos las cortinas. al final nos quedó una habitación bien bonita y conjuntada. y mira ahora, hecha un desastre. todo manchado y arruinado. un poco como nosotros dos en los últimos años. todo se volvió predecible, supongo. tal vez si miguel no hubiera existido nos hubiera ido bien. aunque tampoco debería pensar en esto ahora. una pena, la colcha, menchu, octavio... una pena todo. que no se me olvide no tocar nada. esto me lo ha repetido miguel hasta la saciedad. por eso lo de los guantes. tal vez ahí exageró un poco, pero dijo que toda precaución era poca. aunque me dan tantísimo calor, claro que también podrían ser los nervios o ambas cosas. y también tengo un poco de sed y me pregunto si podría bajar y ya de paso refrescarme un poco la cara, salir de esta habitación y perder de vista, ni que sea unos minutos, el panorama que me rodeaa. miguel no puntualizó nada de si debía quedarme encerrada o si podía salir. creo que podría bajar, con cuidado, sin tocar nada. no sé qué hacer. yo diría que podría, sí, aunque claro… dijo veinte minutos y, ¿cuánto tiempo habrá pasado ya? dijo veinte minutos, pero a mí me está pareciendo más bien una eternidad, vamos, seguro que han pasado veinte minutos de sobra, puede que incluso cuarenta. y también pienso que no lo estamos haciendo bien. quiero decir, estas cosas no suelen salir bien, es fácil que se nos escape algún detalle, al fin y al cabo ninguno de los dos es experto en estos asuntos. algo fallará, aunque esto no debería ni pensarlo. no sé porque me lo pongo aún más difícil. deja de pensar en tonterías. todo va a ir bien. todo irá bien. qué sed tengo. y qué calor. y qué desorden. podría llamarle. no sé si será una buena idea. no estaba planeado. no dijo nada de llamarnos. voy a llamarle. sí, será lo mejor. necesito saber dónde está y si va a tardar mucho más rato. qué sed, por dios, qué sed tengo. 
-¿estás loca? ¿por qué me llamas? ¿qué ha pasado? ¿lo has hecho? ¿por qué me llamas? dije que nada de llamadas, ¿lo recuerdas? 
-sólo quería asegurarme de que venías. 
-pues claro que voy, estaba a punto de coger el coche. 
-pensaba que estarías a punto de llegar. 
-me he retrasado un poco, he tenido que… bueno… ha habido un… ¿lo has hecho? 
-¿ha habido un qué? 
-¿lo has hecho? 
-sí, claro. 
-oh, por dios. no tenías que llamarme. joder, joder, joder, esto lo complica todo. es una locura. voy a colgar inmediatamente, maldita sea, no tenías que haberlo hecho. 

creo que me enamoré de él mucho antes de acostarnos la primera vez. las primeras veces suelen ser torpes, para qué engañarnos. que si muy corto, que si se entretiene demasiado, que si habrá visto la cicatriz, que si le gustará así, que si me duelen las rodillas. yo me olvidé de todo eso. con él fue perfecto de principio a fin. ni un solo pero. hacía años que no disfrutaba tanto con un hombre porque claro mi marido y yo habíamos perdido el interés y las ganas. con miguel en cambio, era todo nuevo y lo nuevo es mucho más interesante, siempre y cuando se mantenga como nuevo, lo cual, obviamente, es imposible. pero no fue sólo el sexo. a mí me gustaba de mucho antes. el sexo sólo lo hizo aún más intenso. sí, creo que fue así. mi marido nunca llegó a sospechar. puede que se sorprendiera de mi inesperado interés por apuntarme a infinidad de cursos y seminarios y que de repente tuviera más amigas y familiares lejanos que visitaban la ciudad y que requerían acompañante. puede que un par de veces mis respuestas fueran tajantes y mis explicaciones muy vagas, pero también creo que le hice un favor al distanciarme de él ya que todo ese tiempo extra del que disponía ahora podía invertirlo en hacer lo que más le gustaba en el mundo: dinero. y es que si en algo era bueno mi marido era en los negocios y en multiplicar los billetes. con el tiempo comprobé que esta capacidad de mi marido, paradójicamente, molestaba a su socio, mucho menos perspicaz y competente, al menos en ese sentido. 
-no sé cómo lo hace. – repetía una y otra vez cuando yacíamos en la cama agotados y sudorosos – es realmente bueno. tiene olfato, un don. no sé cómo explicarlo. tiene algo especial para que siempre salga todo rodado, tal y como lo había planeado, con los clientes firmando contratos millonarios y con un cuarenta por ciento de comisión para nosotros. es algo inexplicable. nunca había conocido a nadie así. 
-bueno, también le dedica mucho tiempo. – contestaba yo, un poco incómoda por hablar de mi marido mientras seguíamos desnudos en la cama que habíamos compartido durante tantos años – si en vez de estar aquí conmigo ahora estuvieras en tu despacho, conseguirías lo mismo que él. 
-no lo creo. él está años luz, pero yo me follo a su mujer. 
reconozco que escuchar ese comentario no me sentó bien. por un momento supuse que el único motivo por el cual miguel se acostaba conmigo era para sentirse superior, de un modo u otro, a octavio. aceptaba y reconocía su inferioridad profesional, pero había conseguido a su mujer. era un balance justo, al menos para él. paralelamente, mi marido comenzó a despotricar de su socio, de las pocas horas que pasaba en la oficina y de lo poco que aportaba a la empresa. sus palabras se recrudecían con el paso de los días, sobre todo cuando yo llegaba tarde por las noches y en algunos momentos llegué a pensar que había descubierto lo nuestro y que sólo estaba intentando recuperarme de nuevo recreándose incansablemente en la incompetencia de miguel. me sentía como un trofeo. o peor aún, como una cuerda de la que tiran por ambos lados y que está a punto de romperse. así estuvimos unos nueve o diez meses. 

¿de quién fue la idea? suya. yo ya no lo soportaba más. su mera presencia me molestaba. lo evitaba a todas horas y sólo pensaba en perderlo de vista y en pasar el mínimo de horas en casa. estaba harta de mentir y buscar pretextos, de esconderme como si tuviera doce años y de disimular día y noche. hubiera bastado con el divorcio, sino fuera porque miguel creyó que no era suficiente y que podríamos conseguir mucho más. el negocio iba viento en popa y encontrar un comprador era algo de lo que no dudaba. con la venta de la compañía, él y yo podríamos vivir muy tranquilos durante el resto de nuestras vidas en algún pueblecito costero de brasil. no me escandalicé cuando escuché cómo detallaba un plan que había estado urdiendo desde hacía algún tiempo. ni tan siquiera me resistí cuando aseguró que era más conveniente que disparara yo y que él se encargaría de todo lo demás: de conseguir un arma, de la coartada, de los billetes de avión, de la venta de la empresa, de la casita en brasil. de todo, dijo, con esa seguridad que me había eclipsado desde el primer día. sonaba todo demasiado bonito como para decir que no. y acepté. 

me está mirando. se ha quedado con los ojos abiertos y me está observando con una expresión de asombro y desconcierto, como si aún no terminara de creérselo. de hecho, se sorprendió más al verme entrar en nuestra antigua habitación de matrimonio, que hacía meses que no pisaba, que de que estuviera apuntándolo con un revólver, aunque apenas tuvo tiempo de darse cuenta de lo que estaba sucediendo porque tan pronto abrí la puerta y lo vi de espaldas, poniéndose el pijama, disparé y cayó encima de la cama, de la colcha regalo de su madre, con la cabeza ladeada, los ojos abiertos y los brazos extendidos. aún llevaba el anillo de boda. yo me lo había quitado hacía tanto que ni recordaba donde lo tenía guardado. miguel tenía razón: mi parte ha sido fácil. ni tan siquiera he dudado ni me ha temblado el pulso y ahora, aquí sentada a su lado, me pregunto qué más sería capaz de hacer. una copa, eso es lo que necesito. una copa me sentará bien. todo saldrá bien, no tengo de qué preocuparme. miguel se ha encargado de todo y está de camino. una copa. sí, eso haré. 

bajo las escaleras despacio, sin hacer ruido, a pesar de que en la casa no hay nadie más. salir de la habitación me ha hecho bien, aunque ahora pienso que tal vez mi marido no esté muerto y aproveche este momento para levantarse y atacarme por sorpresa. es una ridiculez. has visto demasiadas películas, me diría miguel. lleva sin respirar más de media hora, pero aun así, cuando cojo la botella y lleno el vaso hasta más de la mitad, veo que me tiembla la mano. el primer trago me sienta bien. me apoyo en la pared antes de tomar el segundo y de escuchar mi móvil sonando en la habitación de arriba. seré idiota, pienso, tendría que haberlo cogido. miguel dijo que no me separara del móvil, aunque tampoco entiendo por qué, si no puedo llamarlo cuando lo necesito. subo deprisa y cuando entro en la habitación, ha colgado. compruebo que es él y me repito que todo está yendo bien, que enseguida lo veré y que dentro de una hora estaremos camino al aeropuerto. pero luego también me pregunto para qué me habrá llamado, si tal vez ha ocurrido algo, un imprevisto. lo llamo inmediatamente. una voz femenina me informa de que el teléfono está apagado o fuera de cobertura. sabía que esto no iba a salir bien. era imposible. a buenas horas me doy cuenta. estoy segura de que ha sucedido algo y por eso no puede contestarme. puede que sea una tontería, un pinchazo en la rueda mientras venía o algo más grave como un accidente, o peor aún: un arrepentimiento de última hora, cuando octavio ya está tendido en la cama y me mira, como riéndose de mí, como diciendo, “eres muy estúpida, querida.” 
cuando vuelvo a llamar escucho el mismo maldito mensaje: “el teléfono al que ha llamado está apagado o fuera de…” y lanzo el aparato con rabia. inmediatamente, antes de que caiga y algunas piezas salgan disparadas cuando chocan contra el suelo, me doy cuenta de que ha sido una mala idea y de que ahora no habrá forma de hablar con miguel. no va a venir, me repito una vez y otra, intentando, sin éxito, recomponer las piezas del teléfono. ahora lo veo claro: no va a venir. he sido una idiota y no va a venir. miro a octavio y pienso que tiene razón: no vendrá. cómo habré sido tan imbécil. y ahora me tiembla tanto el pulso que soy incapaz de sujetar el móvil y lo vuelvo a dejar caer, esta vez sin importarme en absoluto si se rompe o no y comienzo a sollozar como una cría. simplemente me ha usado para que le facilitara el camino. ¿habrá sido capaz? no, es imposible. tantos años para terminar así. ¿desde cuándo lo habría estado planeando? y, ¿qué voy hacer yo ahora? ¿qué posibilidades tengo? para qué engañarnos: ninguna. a estas horas miguel estará rumbo a donde sea y quien estará a punto de llegar no es él, sino la policía. tengo que tranquilizarme, sólo estoy nerviosa, es normal. no pasa nada, estoy segura que él no haría nunca algo así, dejarme así, no, imposible. tengo que respirar hondo, secarme las lágrimas y esperar un poco más. unos minutos más. él no va a venir. respirar hondo. sí va a venir. dejar de llorar. esto no iba a salir bien. cada vez oigo la risa de mi marido más desquiciada y estridente y aunque me tape con las manos, sus carcajadas se me han metido dentro de la cabeza. “eres muy estúpida”, reitera una y otra vez. niego con la cabeza y le hago callar con un grito entrecortado y poco convincente. pero no hay forma. “tan estúpida, querida”, insiste, apuntándome con su índice ensangrentado y riéndose sin parar. la pistola con la que he disparado, justo a su lado, parece hacer lo mismo. “muy estúpida, mucho”, chillan los dos. 
si lo he hecho una vez, me digo cogiendo el revólver, puedo hacerlo otra vez más. y de inmediato ahogo todas las risas y voces imaginarias. 

cuando suena el timbre de la puerta, he perdido la noción del tiempo y también bastante sangre, pero ya no oigo a octavio y eso, en cierta medida, me tranquiliza. apenas puedo moverme e imagino, espero, de hecho, que dejaré de respirar de un momento a otro. de refilón veo la cabeza calva de mi marido y pienso en la suerte que ha tenido él con un tiro limpio y definitivo, mientras mi instinto de supervivencia se resiste a dejar de respirar y agonizo lentamente. el timbre vuele a sonar, esta vez durante unos segundos más. sea quien sea, es insistente porque al ver que nadie abre, aporrea la puerta con impaciencia. toso sangre y al hacerlo siento un doloroso pinchazo en los pulmones que supongo me habré reventado de un disparo que se ha desviado del corazón. pienso en miguel. luego en la policía. siguen llamando y por el estruendo repentino podría casi asegurar que han conseguido derribar la puerta. oigo unos pasos, pero ya no distingo si hay una o más personas subiendo por las escaleras. pienso en miguel y luego en la policía.

4 comentarios:

  1. Sólo el principio es pura sugerencia. La primera frase o el primer párrafo podrían ser uno de esos cuentos breves sin más. Y luego el resto que no defrauda. Me encanta esta frase que resume las motivaciones de una infidelidad "lo nuevo es mucho más interesante, siempre y cuando se mantenga como nuevo, lo cual, obviamente, es imposible". Las motivaciones y las desventajas, todo en esa frase. Y el ambiente Highsmith o Hitchcock pero sobre todo hiliando. Y ese final de pesadilla que volvemos a acabar nosotros y que me ha recordado ciertas pesadillas en las que me siento culpable por algo y tengo esa misma incertidumbre de que me buscan (pero no sé quién me busca). ¿Las policía o el amante? ¡Y qué importa! Has bordado la psicología de ese miedo además de las otras.

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  2. Imposible dejar de leerlo hasta el último instante...Existe motivación es más fuerte en nosotros que la culpa...si, existe...

    Un beso.

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  3. Lo leí nada más lo publicaste, lo leí ayer, y lo acabo de leer hoy, brutal Hilia, hasta el último renglón, una p. obra de cine negro. Te admiro amiga.
    Abrazo

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