22 septiembre 2013

un campo de flores


seguramente todo empezara con algún documental de esos que emiten por la tele a las tantas de la noche. no quiero atribuirles el mérito a mis profesores de historia, que durante las clases parecían más preocupados de que guardáramos silencio, que de entender los motivos de la revolución industrial. supongo que también fue el morbo, la curiosidad. el salvajismo de todos aquellos años, que aún hoy, por muchos libros, revistas y documentales que existan, se hace incomprensible. leí unos cuatro o cinco libros y cuando comencé a soñar con marchas militares y celdas de castigo creí adecuado dejar el tema y centrarme en algo más plácido. hasta ahí llegaron mis investigaciones sobre el asunto. 
años después, muchos años después, visité berlín. las guías me hablaban de museos, edificios conmemorativos y barrios que no me podía perder. subrayé los que más me interesaron hasta que llegué al final de la guía. “visitas fuera de berlín”. era una estancia corta, de pocos días, así que apenas le di importancia porque no creía que fuera a darme tiempo a conocer toda la ciudad, pero mis ojos se detuvieron en aquellas palabras que me habían llevado a leer años antes. modifiqué los planes, suprimí un par de museos y me guardé el domingo entero para ir. 

berlín es una ciudad gris, sentencié para mis adentros nada más aterrizar. da igual que el cielo esté despejado y los turistas salpiquen las calles con ropas alegres y carcajadas. sigue siendo gris. hay como una especie de peso, de gravedad y responsabilidad que se cierne a lo largo y ancho de sus bonitas avenidas. los alemanes, con su carácter seco y cortante, tampoco ayudan demasiado, pero debo admitir que, a pesar de todo, me enamoré de la ciudad y pasé los tres primeros días maravillándome de todos los pequeños detalles que estando también en mi ciudad me pasaban inadvertidos. para cuando llegaba al hotel, a las tantas de la noche, con los pies ardiendo y la espalda encorvada y dolorida, me alegraba al pensar que para el día siguiente todavía me faltaban mil cosas por ver y me quedaba dormida encima de la cama, con el mapa marcado en rojo a mi lado. y llegó el domingo. 
habíamos disfrutado de un par de días de sol y calor, algo con lo que no contaba, pero el domingo amaneció nublado y lluvioso. mientras me decidía a salir de la cama o quedarme un rato más, abrió la puerta, por tercer día consecutivo, la mujer de la limpieza. y por tercer día consecutivo, a pesar de las cortinas corridas y la penumbra de la habitación, avanzó hasta asegurarse de que, efectivamente, seguía en la cama. en una mezcla de alemán, inglés y otro idioma que no supe identificar, se disculpó mil veces mientras yo intentaba disimular mis pelos de loca para no asustar más a la mujer. cuando hubo cerrado la puerta miré el reloj: eran las nueve menos diez. no pude evitar preguntarme si para los alemanes esas eran horas de estar ya en pie y a punto de empezar el día. el día vacacional. resolví que probablemente sí, así que me levanté y a pesar de notar el cuerpo todavía dolorido del día anterior, en media hora conseguí estar lista, con el mapa, la guía de viaje, el paraguas, dos jerséis por si acaso y una botellita de agua. 

a medida que iba acercándome a la estación iba creciendo mi expectativa para llegar. recordaba sin embargo las caras y los comentarios de algunos amigos míos cuando, al contarles mis planes, me habían tildado de morbosa o de malgastar un día de mis vacaciones para ir a pasarlo mal. el tren, eficazmente alemán, llegó puntual y después de mirar el plano más de tres veces para asegurarme de estar en la vía adecuada y en la dirección correcta, me relajé observando el paisaje de los suburbios de berlín. a cada kilómetro que recorríamos el gris de los edificios iba dejando lugar a un verde resplandeciente típico de los países del norte. también me di cuenta de que en cada parada iban apeándose más pasajeros hasta que me quedé prácticamente sola en el vagón. me extrañó, la verdad. en la guía había leído que mi destino era la segunda visita más popular de los alrededores de la ciudad y lo único que se me ocurrió para justificar la falta de público fue el día feúcho y más bien fresco que hacía. sí, estaba segura de que era eso. me repantingué en el asiento y continué admirando el paisaje, mientras me masajeaba las lumbares con los nudillos de las manos y me prometía a mí misma bajar un poco el ritmo de las caminatas para los próximos días. 

llegamos a oranienburg a la una de la tarde, una hora después de haber dejado berlín. apenas cinco o seis personas se bajaron en la misma estación y de nuevo esa sensación de sorpresa. enseguida me fijé en dos parejas que caminaban a pocos pasos delante de mí. dictaminé, por sus ropas y sin la menor duda, que se dirigían al mismo lugar que yo y decidí seguirles y así ahorrarme sacar el mapa y estar pendiente del nombre de las calles alemanas, no sólo imposibles de pronunciar sino maliciosamente largas. la primera pareja, sin embargo, se paró nada más salir de la estación para mirar algo en su guía. estuve tentada de pararme yo también y disimular hasta que reiniciaran la marcha, pero resolví seguir a la primera pareja que, sin mapas y menos dubitativos, encabezaban la marcha. 
oranienburg es un pueblecito plácido, con árboles centenarios a ambos lados de las calles poco transitadas y casas pequeñas de techos picudos. apenas me crucé con una decena de personas, la mayoría ancianos que paseaban mirando al suelo y que sólo levantaron la cabeza al encontrarse conmigo. debo decir que me sentí un poco incómoda. figuré que me habían identificado como turista y que por lo tanto sabían perfectamente hacia dónde me dirigía. por algún motivo, imaginé sus pensamientos: “ahí va otra que nunca va a dejarnos pasar página. de eso hace ya muchos años, muchos. algunos ni tan siquiera vivíamos aquí y los que lo hacían no sabían lo que sucedía realmente ahí dentro. así fue, en serio. qué culpa tendremos nosotros, ¿eh?”. 
decidí mirar al suelo yo también y sólo alzar la vista de vez en cuando para no distanciarme de la pareja que me precedía. siguiendo las indicaciones que iban repitiéndose en los postes del dibujo de una casa, que más bien parecía una mansión que hubiera pertenecido a algún aristocrático del siglo diecinueve, llegamos a una intersección entre el río y la carretera. en ese cruce las indicaciones desaparecían. sin embargo, la casa que habíamos visto dibujada en las señales aparecía por fin unos metros más allá. viendo que ya no necesitaba a mi pareja, aceleré el paso y llegué a los pocos minutos. estaba desconcertada. la casa, de proporciones descomunales, albergaba un museo con una exposición de cerámicas y figurillas de porcelanas y un bar-restaurante cuya carta era prohibitiva. justo al lado, una caseta más humilde informaba de la venta de tickets. entré. el chico, un tanto perplejo al verme acceder a la sala me preguntó, en alemán, si quería una entrada para el parque, para la exposición de figurillas de porcelana o para las dos cosas. sonreí, negué con la cabeza y en inglés le informé que no estaba entendiendo nada. repitió la pregunta en un inglés rudimentario. aún más desconcertada por haber escuchado la palabra “parque” y “exposición de figurillas de porcelana”, contesté que deseaba ver las dos cosas. él asintió, me cobró seis euros y me dio un mapa que guardé en el bolsillo. antes de salir de la caseta, divisé a mi antigua pareja, acercándose muy ilusionada. 

todo eso me parecía casi de mal gusto. quiero decir, una cosa era querer pasar página y dejar el pasado atrás, pero otra muy distinta hacer como si no hubiera pasado nada y obviar lo innegable. la cosa ya rebasó lo absurdo cuando, pasada la puerta de entrada, me encontré con unos jardines exquisitamente bien cuidados, repletos de preciosas flores de todos los colores y plantas de todas las formas. ahí empecé a sospechar de que algo no iba nada bien. me acordé del mapa que me había dado el muchacho del mostrador y lo desplegué. “campo de golf”, “pista de tenis”, “bar”, “biblioteca”, conseguí averiguar de mi alemán básico. caminé un buen rato por entre la colorida flora, esperando encontrar un cambio de escenario de un momento a otro, pero eso no ocurrió. cansada y frustrada decidí, por fin, consultar la guía que no había revisado en todo el día. me tranquilizó comprobar que estaba en el pueblo correcto. pero eso era todo. las fotos de la guía no concordaban con el paisaje que tenía delante y definitivamente concluí que aun no sabiendo dónde estaba, no era el lugar donde quería estar. salí enfurecida conmigo misma por ser tan comodona y con los alemanes por su pésima forma de indicar lugares de interés, porque, ¿desde cuándo un pueblucho insignificante perdido en medio de la nada era más popular por su parque de flores y su colección de figurillas que por su campo de exterminio? 
desanduve lo andado esperando encontrar alguna otra señal más explícita, sin éxito alguno. me perdí mil veces por entre las calles desiertas y sospesé la idea de parar a algún habitante para preguntar, pero sinceramente, me daba vergüenza. pensé que, siendo yo uno de sus habitantes, estaría hasta el gorro de escuchar la misma pregunta cada día y de sentir esa misma mirada acusadora, como si ellos hubieran tenido algo que ver. también tanteé la idea de seguir a alguien que saliera de la estación, pero vistos los resultados de la primera vez, la desestimé rápidamente. la cuestión es que después de una hora caminando sin saber muy bien hacia donde, encontré la primera pista, el primer indicio. caminé una hora más y cuando divisé a un grupo de cinco o seis personas que iban en dirección contraria a la mía, con semblante serio y arrastrando los pies, supe que esta vez había acertado. 

“bienvenido al campo de concentración de sachsenhausen. a continuación le explicaremos el modo para usar esta guía. a lo largo del campo, podrá ver carteles numerados colocados en el suelo o en la entrada de los barracones. pulse el número que aparece en el panel para proceder a escuchar la explicación de cada uno de los lugares. al final de cada explicación, escuchará otro número adicional con el que, si lo desea, podrá ampliar la información a través de testimonios reales que sobrevivieron al campo de concentración de sachssenhausen. para detener el audio, pulse el botón central rojo. para subir o bajar el volumen pulse las flechas de arriba y abajo situadas a la derecha. para…” 

perdí la noción del tiempo. en algún momento las nubes se hicieron más negras y cayeron cuatro gotas, que apenas humedecieron la tierra. al poco rato despejó y terminó saliendo el sol. un sol débil que apenas calentaba, pero sol al fin y al cabo. pocos minutos después se levantaron ráfagas de viento fresco que se colaban con fuerza por entre el edificio de la enfermería y el muro que separaba el crematorio del resto del campo. justo ahí, en un descampado donde ahora crecían las malas hierbas, me fijé en unas flores violáceas que despuntaban. eran unas flores comunes, típicas de cualquier jardín trasero mal cuidado, más bien feas, de forma redondeada, con los pétalos minúsculos y el tallo largo y blanquecino. arranqué un par y las metí dentro de la botella de agua que había estado cargando durante todo el viaje. 

cuando salí de sachsenhausen el sol ya se había puesto y el viento había parado de soplar. mientras me alejaba del campo, con el semblante serio y arrastrando los pies, me sentí tremendamente afortunada por poder coger el tren de vuelta al bullicioso berlín. 

3 comentarios:

  1. Como siempre dando la información justa para que el relato lo mastiquemos nosotros pero la suficiente para que lo disfrutemos, para palpar la tensión. Yo a ratos he estado en esa zozobra de Hostel pero en tu caso más realista. Lo mejor es toda esa sensación tan angustiosa sin que se derrame una sola gota de sangre.

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  2. Mira que he leído libros sobre el tema, y aún hoy, me sigue pareciendo irreal, como de un universo paralelo. Quizás lo más terrible sea que no eran monstruos, sino personas, seres humanos, como nosotros. Y esa sensación de decir: joder, pasó ayer.

    Perfectamente narrado, como es habitual.

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  3. Yo estuve en Sachsenhausen en septiembre en un día parecido al que describes y desde luego es algo que merece la pena ver.

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