29 diciembre 2012


Si uno no cree en la predestinación, tiene al menos que admitir que las circunstancias de un encuentro, que por comodidad atribuimos al azar, son de hecho el resultado de una incalculable serie de decisiones tomadas en cada encrucijada de nuestra vida y que secretamente nos han orientado hacia él. No se trata de que hayamos buscado, ni siquiera deseado, aunque sea en el fondo de nuestro inconsciente, todos nuestros encuentros, incluso los más importantes. Más bien, cada uno de nosotros actúa como un artista o un escritor que construye su obra mediante una sucesión de elecciones; un gesto o una palabra no determinan indefectiblemente el gesto o la palabra que sigue, sino que, al contrario, obligan a su autor a una nueva elección. Un pintor que haya dado una pincelada de rojo puede optar por extenderla yuxtaponinendo otra de violeta; puede hacerla vibrar con un trazo de verde. A fin de cuentas, por más que se haya puesto a trabajar con una idea del cuadro en la cabeza, la suma de todas las opciones que haya escogido, sin haberlas previsto todas, producirá un resultado distinto. De este modo dirigimos nuestra vida, por medio de un encadenamiento de actos más deliberados de lo que estamos dispuestos a reconocer -porque sería un fardo excesivamente pesado asumir toda la responsabilidad de los mismos-, y que sin embargo nos ponen en el camino de personas que no pensamos que se dirigían hacia nuestro encuentro desde hacía tanto tiempo.

Celos. La otra vida de Catherine M. - C. Millet 

22 diciembre 2012

trapicheos

ocho días sin llamarle. a algunos les parecerá poco, un tiempo insignificante comparado con los que llevan limpios meses o incluso años, cierto, pero a ella le parece una eternidad. la última vez que le vio le aseguró que era la última, que había terminado con toda esa mierda y que empezaba de nuevo. no supo muy bien por qué se molestaba en darle explicaciones, si ni tan siquiera sabía su nombre. su nombre real, el que aparecía en su dni o por el que le llamaba su madre, si es que tenía una. él, sin embargo, la escuchó y esperó a que terminara con su palabrería. luego la observó con cierta sorna, bajó la mirada hacia sus labios y sus hombros. se guardó de bajar un poco más, no era lo apropiado en esos momentos, y se guardó los billetes en el bolsillo de la chaqueta con expresión indiferente, como si todo eso no fuera con él. 
-bueno, - dijo poniéndose la capucha para ocultar su rostro a los vecinos curiosos – pues suerte y que te vaya bien. ya tienes mi número por si cambias de opinión. 
ella asintió. 
-no será necesario. ya te lo he dicho, lo dejo. 
ella cerró la puerta despacio, sin hacer el menor ruido y se tumbó en el sofá, intentando todavía convencerse de que esa había sido la última vez. 
los dos primeros días los pasó tranquila. se aseguró de mantenerse ocupada y lo consiguió con más o menos éxito, pero al despertar el tercer día supo que mantener su promesa iba a ser mucho más difícil de lo que creía. supuso que tantos años de malos hábitos no podían borrarse en unas horas. eso se repetía a si misma para apaciguarse y mantenerse firme, pero se notaba exaltada, mal humorada, no conseguía concentrarse con nada, tenía el pulso acelerado y cogió el móvil un par de veces, tentada, aunque no llegó a marcar su número, que por algún motivo inexplicable, no había borrado todavía. tal vez para ponerse a prueba. tal vez a modo de red salvadora, como un último recurso, como sucede con los intrépidos trapecistas de un circo, sólo que esto no era un entretenimiento, ni su vida un espectáculo. luego vinieron una sucesión de días borrosos. un recuerdo vago. una neblina espesa y asfixiante. cuando se miraba al espejo no se reconocía y al andar por la calle notaba la mirada de los transeúntes clavada en su cuerpo huesudo y frágil. terminó por no salir de casa e ignorar el reflejo de su propio rostro en el espejo. 
el jueves, al volver a casa después de bajar al estanco a por tabaco se cruzó con ahmed. “coca, marihuana, hachís”, susurró él al pasar por su lado. de su boca salió un hilillo fino de vaho que desapareció en el aire helado. ella agachó la cabeza, rehuyendo sus ojos oscuros, y aceleró el paso. abrió la puerta con dificultad y al meterse en el ascensor notó un mareo y náuseas, pero no fue allí cuando se acordó de él. fue un poco más tarde. después de salir de la ducha y fumar tres cigarrillos, uno detrás de otro, a oscuras, en la cama. 
solía venir los jueves. una visita rápida y precisa. no era necesario que él le preguntara qué quería ni que ella regateara el precio. los dos conocían bien las normas y los dos se atenían bien a ellas. pensó que no debía pensar. puso la radio y después la televisión, pero se cansó enseguida y escuchar voces extrañas le provocaba aún más ansiedad. salió al balcón. ahmed, abrigado con su gorro de lana, atendía a unos chavales impacientes en uno de los portales de enfrente. billetes a cambio de bolsitas blancas bien selladas. todo parecía tan fácil, tan cómodo y tan sencillo. al abasto de cualquiera que quisiese un poco de diversión aquella noche de jueves. sólo hacía falta un poco de dinero.
entró en el piso y se tumbó de nuevo en la cama, tiritando de frío. no debía pensar. no pensar. no debía. no podía. y cuanto más se esforzaba en poner la mente en blanco, más vívidas eran las imágenes que le venían a la cabeza y la sensación de bienestar de después. era inútil. no iba a conseguirlo. al menos no ese día. tampoco hago daño a nadie, se dijo con asombrosa facilidad. al menos yo no me pincho, ni tengo que robar para conseguir lo que quiero. tal vez pueda hacerlo una sola vez. una vez más y lo dejo. esta vez sí, en serio.
“hola, te contactaré en cuanto pueda” 
tiró el móvil al suelo, con las manos temblorosas, no tanto por el mensaje impreciso de él, miles de veces en el pasado había escuchado las mismas palabras, sino por su patética debilidad. sólo habían pasado ocho días. quedaba claro quién había ganado. quién conocía bien su papel. quién se llevaba qué. pero tampoco desconectó su móvil. sentada en un rincón de la cama, esperó. como hacía siempre que le había telefoneado. llamó diez minutos después. 
-hola.
-hola. - contestó él.
no la había olvidado y se alegró.
-necesito que… necesito… ¿podrías…? – balbuceó nerviosa. 
-lo tengo complicado. estoy en la otra punta de la ciudad. está siendo una noche... 
él no terminó la frase. no solía hablar de sus negocios con nadie. mucho menos con su clientela. 
-será rápido – aseguró ella. 
-veré lo que puedo hacer. las antiguas clientas tienen preferencia – bromeó.
pero ella no se rió. 
llegó dos horas después. ella corrió a abrir la puerta cuando escuchó el timbre y los pasos de él subiendo los escalones de dos en dos. al llegar al piso estaba sin aliento. pasó sin saludar y cuando se quitó la capucha ella vio una costra reseca en su frente. no preguntó. sabía que no iba a contarle la verdad ni tampoco era de su incumbencia. le ofreció una cerveza y rozó su brazo al pasar por su lado. olía a colonia barata, de esas que venden en cualquier supermercado de barrio por menos de diez euros. antes de que hubiera tenido tiempo de terminar la lata desabrochó su camisa arrugada.
-¿aquí, en la cocina? – preguntó él. 
ella no contestó y se limitó a cerrar los ojos y a subirse la falda. él la cogió por los brazos y la detuvo. tenía las manos frías. con experta diligencia le bajó las medias y de reojo miró el reloj de la pared. las dos y veinte. 
esta es la última vez, pensó ella cuando él recogió el dinero de encima de la mesilla del pasillo. 
 

15 diciembre 2012

ganas

no tengo ganas
pienso al mirarle a los ojos 
brillantes e ilusionados 
agradecidos 
deseosos, 
pero asiento sin convicción 
porque es más fácil 
más cómodo 
más dañino. 
y coge mis manos, 
las envuelve entre las suyas
cálidas, pero frías, 
las acaricia largamente, las acerca a su rostro exiguo 
las besa con suavidad 
y las dirige a su espalda 
esperando, tal vez, un abrazo 
un gesto 
cualquier gesto 
un juego caduco 
que nos solía entretener.
una letra 
cualquier letra: 
la s de somos, 
no, no es esa. 
la t de tenemos, 
tampoco. 
la n de nosotros. 
y callo. 
sí, la n de nosotros
también la n de nada.
y se ríe, inocente y divertido, por su acierto 
buscando en mi mirada 
un anhelo agotado 
inexistente 
falso. 
y cuando sus labios rozan mi piel 
en un vano intento de alargar 
el hastiado pasatiempo, 
sin presagiar, ni adivinar 
ni querer creer 
que ya no
que ya me es indiferente
que ya ni siento, ni soy
ni compadezco, 
cierro los ojos 
y recuerdo el viento fresco
la luz radiante 
el agradable murmuro 
al otro lado de esa pesada puerta 
a la que apremio mis pasos 
con urgencia, ansia, 
alivio
mientras él todavía espera aprender a silbar 
esa nueva canción 
que improviso
con el paso de las noches
lejana, ausente, 
y en absoluto silencio. 

10 diciembre 2012

caso clínico: la vida en la oficina

con los tiempos que corren, no están las cosas como para despotricar demasiado sobre el trabajo. imagino que bastante es tener uno y poder agradecer a los cielos o a quién sea, el seguir recibiendo una paguita cada treinta días. sin embargo, vamos a dejarnos de historias. aún sabiéndonos afortunados, todos en algún momento u otro hemos despotricado con los madrugones, la depresión de un domingo por la noche, las horas extras no remuneradas, el compañero experto en excusas y escaqueos y toda una retahíla de incordios más que vienen incluidos en el pack laboral. 
en fin, que sí, que voy a renegar un poco y que ya que todo está tan mal, pues no vendrá de otro tema más, digo yo. así que sin más dilación, maldita sea: 

la voz del jefe. sólo dos personas en toda la galaxia tienen la capacidad de llamarme y aparecer yo al instante con la cabeza gacha, las manos sudadas, la voz temblorosa y una actitud dócil y mansa, una mezcla de “mierda, ya se ha enterado” y “por dios que sea breve”: mi madre y mi jefe. de mi madre, o de las madres en general, hablaremos en otro momento porque ellas bien valen un caso clínico. pero volviendo a la oficina, esta es la sensación correcta cuando nuestro jefe vocifera nuestro nombre, con su voz rotunda, amenazante, grave y con aplomo. con un vozarrón que debe extenderse por los pasillos, retumbar en las paredes del despacho, colarse por entre las rendijas y explosionar en nuestros oídos. y tres horas después, cuando todo el asunto parece haberse apaciguado, debe seguir tronando en nuestra pobre cabecita de servil asalariado. así debe ser la voz de un jefe. y quien dice voz, dice actitud. porque no nos engañemos, un jefe-colega, que se ríe de nuestras bromas, nos pide opinión sobre temas decisivos y se preocupa por si llegamos a fin de mes no sólo no existe, sino que si existiera acabaría siendo engullido por otro menos amable. lo que se conoce como ley evolutiva del más fuerte, el rey de la jungla, el ciclo de la naturaleza, aquí mando yo y punto que, como no, tanto puede aplicarse a la selva como a la oficina, aunque en muchos casos apenas existan diferencias entre lo uno y lo otro. 

las reuniones. las reuniones laborales están muy bien porque en ellas se llegan a grandes acuerdos y conclusiones que cambiarán el rumbo de la empresa, y del mundo si me apuran, y porque uno puede pensar en qué cenar cuando llegue a casa o organizar planes para el fin de semana sin que los demás se percaten de su total y absoluta falta de interés. para que una reunión resulte efectiva es importante convocar a mucha gente, que todos lleven traje, intercambiar muchas tarjetas y amigables golpecitos en la espalda, proyectar centenares de powerpoint con letras grandes y gráficos y estadísticas basadas en suposiciones, conectar (a la primera) con algún cliente internacional via skype y sobre todo, no desconectar los móviles para poder salir al pasillo de vez en cuando a pretender ser una persona ocupada y muy muy muy imprescindible. también es importante que al final de dichas reuniones, los altos cargos, los que han batallado hasta el final mientras usted intentaba recordar el nombre de esa vecina del pueblo de la que se enamoró perdidamente hace veinte años, se vayan a comer y continúen hablando de lo bien que se les da arreglar el mundo. a su regreso, es posible que sus caros trajes apesten a puro, alcohol y a chalet en los suburbios con servicios las 24 horas. si es así, las negociaciones han sido un éxito, el trato está cerrado y su jefe permanecerá feliz durante un par de horas. y si el jefe está feliz, todos estamos felices y la tierra es un lugar maravilloso.

los emails internos. el día a día en una oficina puede ser muy duro y solitario. horas delante de una pantalla, mirando cifras, emails, gráficos, diseños, porno… en fin, un interminable, espinoso y árido desierto sin oasis. ante este desolador panorama, nada como un poco de distracción con el siempre bienvenido intercambio de emails personales, intransferibles y subidos de tono con el muchacho de la segunda planta o la rubia de exportación para rebajar la presión del ambiente y evadirse un poco de la realidad. es de vital importancia cerciorarse de que no haya cruces de informaciones y de que antes de darle a enviar aparezca el nombre correcto. no queremos que x se entere de que también flirteamos un poco con y, ¿eh? así que para que no haya disgustos ni lamentaciones, mi consejo es que lo dejen todo de lado. sí, todo. los informes, los gráficos, las estadísticas basadas en suposiciones, las videoconferencias a hong kong, los pedidos pendientes, los gritos del jefe y se centren en lo esencial: ¿el muchacho o la rubia? 
si desafortunadamente usted no tiene la suerte de tener a alguien en el edificio que le despierte algún especial interés, no se preocupe. hay formas igual de válidas a la hora de reducir tensiones. ¿para qué creen pues que se inventó internet? con sus redes sociales, su prensa digital, sus vuelos baratos a lugares tropicales a media mañana, sus páginas porno de por la tarde y el estado de las carreteras antes de abandonar la oficina. recuerde de estudiar bien la posición de su mesa y de su ordenador respecto al resto de compañeros y/o clientes y acuérdese de reprimir carcajadas, mejillas sonrojadas y/o erecciones que no vengan a cuento con el entorno no virtual si no quiere levantar sospechas ni broncas innecesarias. 

la climatización. ¿qué sería de una oficina con un sistema de climatización operando correctamente? ¿para qué ser moderado y coherente con las temperaturas exteriores pudiendo estar a cuarenta grados en invierno, evitando a toda costa una deshidratación mortal y a menos diez en verano, pendientes de la congelación y posterior amputación de las extremidades? ¿para qué, si podemos pasarnos el día poniéndonos y quitándonos capas de ropa y mostrar así a los demás nuestro bonito fondo de armario? sería del todo absurdo, evidentemente, y por este motivo el tema de la temperatura permanecerá como uno de los grandes misterios de la humanidad sin resolver. no se molesten en esperar que algún día alguien descubra un remedio, un alivio, una solución. no. moriremos con el desasosiego de saber que el ser humano consiguió volar, llegar a la luna, encontrar una cura contra el cáncer, hacer música y literatura, inventar el pijama, la depilación láser y el vodka con limón, pero que sin embargo, jamás logró ajustar la temperatura en la oficina. 

el comedor. toda empresa que se precie y ame a sus trabajadores dispone de una estancia de reducidas dimensiones, luz artificial, sin calefacción, ni aire acondicionado y con un microondas por cada cien empleados, para que éstos puedan comer allí si no les queda más remedio, también conocido como comedor. el comedor no deja de ser un micro mundo dentro de la empresa, regido por normas no escritas, pero reconocidas por todos los que suelen hacer uso de sus precarias instalaciones: las sillas y las mesas están asignadas según la antigüedad de sus usuarios, de manera que sentarse en un sitio que no corresponde puede crear el caos y la confusión más absoluta. algo a evitar, claro. es importante, de hecho es casi lo más importante de saber el primer día, qué lugar está ya ocupado y cuál queda libre si uno quiere empezar con buen pie con los demás compañeros. si las altas esferas son generosas, es probable que la sala tenga un televisor, lo cual es una ventaja a la hora de esquivar conversaciones tediosas y repetitivas. al fin y al cabo si ya con nuestra media naranja, escogida libre y felizmente, nos cuesta mantener una conversación interesante después de seis meses, imagínense ustedes con un compañero de trabajo con el que no tienen nada en común y conoce desde hace más de diez años. si por el contario no hubiera tele y se niegan a reunir un fondo común para dicho aparato, lo más recomendable es no levantar la vista del plato, evitar el cruce de miradas, terminar pronto y subir cuanto antes al despacho para comprobar si nos ha contestado ya el muchacho de la segunda o la rubia de exportación. 

los becarios. no me digan que no les dan penica los becarios. ahí, con su cara sonriente por las mañanas, su ilusión y sus ganas de aprender a hacer funcionar la fotocopiadora y a preparar los mejores cafés de la oficina, su afán para impresionar a todos con sus conocimientos y por aportar nuevas ideas a la empresa, con su frescura y su inocencia. ay. yo, es ver un becario y querer abrazarle suavecito y desearle lo mejor en la vida porque tanta candidez es lo mínimo que se merece. la vida del becario sí que es dura y desagradecida. y ya no hablo sólo del sueldo mísero que reciben, que sí, que también, sino por las tareas anodinas que deben realizar a pesar de sus tres masters y cinco idiomas nivel avanzado, la invisibilidad de su pobre ser y la temporalidad frugal de su vida laboral en la empresa. así que por favor, cuando se topen con un becario en los pasillos de su empresa, salúdenle, apréndanse su nombre, halaguen ese brillante plan que ideó para reducir los gastos en rollo de papel higiénico y que fue totalmente ignorado e invítenle a un café algún día que no noten ese brillo especial en sus ojos, conocedor, tal vez, finalmente, de que la vida no era tal y como la habían imaginado, que las oportunidades son todas unas putas y que los reyes magos son… bueno… ya nos entendemos. 

evolución anímica. de hecho la evolución anímica de una empresa no difiere mucho de la evolución anímica de una clase de primero de eso, siendo lunes el equivalente a “morir aplastado por una apisonadora no podría ser peor que ésto” y viernes a “jiji, jaja, juju, por fin viernes”, pasando entre medio por toda una serie de estados tales como la-vida-es-una-mierda, el-día-menos-pensado-me-monto-un-chiringuito-en-la-playa-y-a-tomar-por-culo-todo, faltan-tres-meses-para-el-próximo-puente, voy-a-por-lotería-que-tengo-una-corazonada, ojalá-una-epidemia-mortal-que-nos-aniquile-a-todos, y así hasta que pasa otra semana y vuelta a empezar. mi recomendación aquí es olvidarse del día y agradecer estar vivos, tener trabajo y un sueldo a final de mes. así como agradecer también la mierda de vida, la mierda de trabajo y la mierda de sueldo a final de mes. 

y ya. a trabajar (los que puedan) y feliz semana (a todos).