30 enero 2012

caso clínico: los ex

hace unos días me encontré a un ex por la calle. hacía más de tres años que no sabíamos nada el uno del otro. no es que termináramos mal, o sí, no lo sé muy bien, bueno... estas cosas son complicadas… la cuestión es que mi primera reacción al verle, a unos cuantos metros de distancia, fue cruzar la calle y hacerme la sueca, pero oh sorpresa, vi que él había pensado lo mismo y que también estaba cruzando la calle, así que redirigí mis pasos para continuar en la misma acera y oh, él también. en fin, que parecía que ni tres años después conseguíamos ponernos de acuerdo en temas importantes, y al final tuvimos que pararnos (en la misma acera), saludarnos y hacer como que nos importaba saber cómo nos iban las cosas. mentimos estupendamente bien e incluso propusimos de quedar y vernos con más calma algún otro día.
de camino a casa me dio por pensar en los ex, así en general, y a la única conclusión a la que logré llegar es que hay tantos tipos de ex como personas en el mundo. ya sé que no es una deducción demasiado reveladora, pero ei, gracias a mi entretenida experiencia en desventuras sentimentales y medias naranjas que se convierten en limones pochos, conseguí hacer la siguiente clasificación:

-el ex triunfador: habéis sobrevivido a seis años de relación y durante todo este tiempo no has parado de animarle y darle la confianza que necesitaba para que siguiera con su proyecto (la publicación de un libro, correr una marathon, un ascenso, lo que sea). ese mismo proyecto que a él le hacía tanta ilusión y del que tú, algunas veces, dudabas un poco. aun así, nunca se lo dijiste y estabas a las duras y a las maduras. han sido años bonitos, pero también duros y a veces te sentías más madre que pareja y al final, un poco agobiada, aburrida y hasta los cojones, una noche sales, te emborrachas y terminas liándote con uno de sus amigos mientras él seguía trabajando en casa. todo muy accidentalmente, claro está. pero luego sucede de nuevo, con otro amigo o con un desconocido y ya no es tan accidental y te da por pensar que tal vez algo falla y que es el momento de poner punto y final a la relación, pero claro… pobrecillo… si le dejas ahora, se derrumba y además, está en la fase final de su proyecto y no es el momento… y hablas con tus amigas y unas dicen que lo dejes y otras que confieses tus pecados y otras que te cortes un poco las puntas que están secas y abiertas y tú no sabes qué hacer y sigues dudando durante unos meses más. cuando le ves concentrado, trabajando te da penita, pero por la noche, acordándote del desconocido te das penita a ti misma y en un arranque de sinceridad, se lo cuentas todo y él, muy racional, te da veinticuatro horas para que hagas las maletas y te largues de casa. pasa un tiempo prudencial en el que aprovechas para intimar con el amigo o el desconocido, que casualmente, tiene otro proyecto en fase inicial y cuando crees que estás viviendo un maldito déjà-vu, te enteras que el otro, el primero, terminó su proyecto (sin tu apoyo incondicional), se mudó a un luminoso loft en manhattan (que podrías haber decorado si te hubieras portado bien), su trabajo es mundialmente reconocido y se asegura de contárselo a tus amigas cuando las ve para que ellas te informen con todo lujo de detalles y tú te sientas un poco más derrotada. parecerá que es un poco malvado, pero ah, el mundo de los ex es así.

-el ex al que le rompiste el corazón: era una historia que no tenía ni que haber empezado, pero te pilló con la guardia baja y entre una cosa y la otra, terminásteis más o menos juntos. su creciente ilusión era proporcional a tu creciente hartazgo y esta vez sin consultar a las amigas y antes de que empezara el futbol un domingo por la tarde, te excusaste con explicaciones tópicas, que aunque enumeraste con suma delicadeza y buena voluntad, él no se tomó bien. al marcharse rompió un bonito jarrón para dramatizar la escena y además esa noche perdió su equipo, pero tú te sentiste aliviada, feliz y dormiste en el centro de la cama. un par de años después, os encontrasteis en un centro comercial un sábado por la tarde. tú ibas a por vodka porque la noche prometía, y él, con su señora, la parejita y un carrito del carrefour lleno de madalenas pack ahorro. había engordado, se estaba quedando calvo y mientras te presentaba a sus nenes revoltosos y ella te examinaba minuciosamente, él te imploraba con la mirada una cita a escondidas, por los viejos tiempos. dos horas después de haberos despedido tú seguías sin acordarte de cómo se llamaba y él sigue manteniendo la esperanza de que un día le llamarás y podréis ver el futbol juntos.

-el ex que desaparece: independientemente de si acabó bien, mal o regular, ese hombre desapareció de tu vida y nunca más has sabido de él; ni por la calle, ni un email, ni una llamada, ni una postal desde mongolia, ni una suegra metomentodo deseosa de ponerte al día. es el ex que dejó de existir, hasta que un día, en un libro, en un concierto, en un avión, algo hace que lo recuerdes y te preguntes qué habrá sido de él, sonrías rememorando alguna anécdota divertida, e inmediatamente después vuelvas a hacer lo que estabas haciendo, sin respuesta ni necesidad de saber, y le olvides de nuevo hasta dentro de seis o siete meses (años) después. es el ex que está pero que no está. el que, como casi todo en la vida, durante un tiempo pareció definitivo y luego se transformó en pasajero, en humo, en nada. lo mismo que tú para él. y está bien así.

-el ex que no sabe que es ex: quizá es que tú no te explicaste bien; la comunicación a veces es difícil. o quizá es que él no quiere entender; la comprensión a veces es imposible. la cuestión es que aunque los encuentros se han distanciado y tú ya no le llamas, ni haces el menor esfuerzo para saber de él, él sigue comportándose como la pareja oficial y te invita a cenas románticas, al cine, te envía flores cuando es tu cumpleaños y se preocupa por tus amigos y familiares. y a ver, molestar tampoco molesta, y a nadie le amargan unas flores (a no ser que se sea alérgica). el problema es que algunas veces olvida su condición de ex y monta unos pollos tremendos por haber encontrado un condón en la basura. y no es que rebuscara en ella, no, no, no. él ya no hace estas cosas. de la misma forma que tampoco revisa el móvil, ni te llama un sábado a las tres de la madrugada para saber por dónde andas y si quieres ir a su casa.

-el ex que te rompió el corazón: a buenas horas te agregó a su facebook, twitter y demás variantes, el muy hijo de perra, porque no sólo estás pendiente de sus estados, sus fotos y sus comentarios, dos años después de que dijera adiós, sino que además así no hay forma de olvidarle. con la excusa de que quedásteis como amigos y que de vez en cuando da señales de vida, borrarle supondría una derrota que no estás preparada para admitir así que pasas los días comparándote con todas las chicas con las que aparece acompañado en las fotos de sus fiestas y, bajo tu criterio y tu autoestima por los suelos, todas son más guapas, más listas, más interesantes, más jóvenes y más tetudas que tú. no hay nada que hacer: siempre pierdes. tus amigas se deshacen en elogios para animarte un poco y afirman que tu pelo nunca había estado tan brillante y que tienes las puntas super sanas, pero tú sigues pensando que la rubia esa que salía en las últimas fotos que subió hace un par de días, agarrada a su cuello y medio desnuda no tiene pinta de ser su prima de albacete, por mucho que ellas aseguren lo contrario. aun así, como decía mi abuela, una sabia mujer que siempre se mantuvo alejada de los ordenadores, los móviles, los microondas y los herejes que no iban a misa los domingos: poco a poco, hija, que de todo se sale y ahora mismo te preparo unas croquetas caseras que te vas a chupar los dedos.


24 enero 2012

autónomos

primero empezamos con cantidades pequeñas, dos o tres libras, cuatro algún día. si no había mucho trabajo, que era lo habitual de lunes a jueves, nos turnábamos y salíamos a media mañana para comprarnos un café y una chocolatina y volvíamos a la caja a por dos o tres libras más, pensando en la merienda. era muy fácil y sabíamos que las cámaras todavía no estaban conectadas a ninguna red central. un ticket para el visitante, que pagaba encantado para ver cuadros que un niño de dos años hubiera pintado igual de bien, y un par de monedas para nuestros bolsillos, que para eso trabajábamos hasta las diez de la noche y pasábamos horas aislados en la tercera planta. nadie quería ir a la tercera planta. lo mejor era la primera donde al menos podías hablar con la gente y responder amablemente a la pregunta estrella:
-¿dónde están los baños, querida? 
-al fondo a la derecha. 
-¿cómo dices? 
-al fondo a la derecha. 
-¿perdona? tú no eres de aquí, ¿no? 
-no, no soy de aquí. 
-ah, lo he notado por tu acento. ¿de dónde eres, querida? 
y así cada día que abría la boca. 
un día vino kate moss. era tarde ya. estábamos a punto de cerrar y apareció ella, divina, estilosa y fumando. ningún guardia de seguridad la reprendió porque el humo que echaba kate moss no era perjudicial para los óleos de rothko. aunque chris casi se desmaya al verla, a mí no me pareció nada del otro mundo; creo que era esa época en la que había dejado las drogas y se le había puesto culo, pero yo no me atreví a decir nada porque no quería parecer una criticona. por suerte no me preguntó dónde estaban los baños y al final sólo cerramos dos horas más tarde. fue una suerte que prefiriera las vistas del restaurante de la quinta planta y no las obras de la galería porque de ser así hubiéramos terminado bastante más tarde. gracias kate, eres un sol.

la cuestión es que cuando descubrimos que vendiendo tickets en la tercera nos podíamos sacar un sobresueldo, chris y yo no dudamos en ofrecernos como voluntarios para pasar los días allí. vicky, la supervisora, una mujer con bastante mala leche a pesar de su voz dulce y pausada, estaba encantada con nosotros no sólo por nuestra plena disponibilidad, sino porque al final de la jornada, cuando tocaba recoger los nuevos carnets de socios, organizar los días libres, preparar las sillas para las conferencias del día siguiente y mil tareas más, nuestras cajas cuadraban a la perfección. nunca un céntimo de más, ni de menos. era sólo cuestión de tiempo llegar a la conclusión de que tres libras no daban para mucho y comenzamos con los billetes; diez y veinte. una entrada para el cliente, dos billetes para nosotros. cambiamos las chocolatinas del desayuno por menús de mediodía y un par de cervezas en el pub y luego repetíamos la acción de sanear la caja por la tarde, una, dos, doce veces. alguna noche habíamos salido con doscientas libras extras, que comparado con los grandes profesionales del robo no era mucho y eso nos ayudaba a creer que nuestros pequeños hurtos carecían de importancia. al fin y al cabo, la galería contaba con ayudas y donaciones millonarias de acaudalados mecenas, que, de haberlo sabido, se habrían burlado de nuestras rapiñas insignificantes. en esa época chris se apuntó a un curso de interpretación y yo aproveché para comprarme una cámara de fotos que con mi mensualidad y el desorbitado alquiler de la habitación donde vivía, hubiera sido imposible de adquirir. amábamos el arte, los visitantes, la tercera planta y nuestro sobresueldo, pero una noche en la que habíamos cerrado con seiscientas setenta y nueve libras extras, sucedió algo inesperado. 
vicky nos esperaba en su despacho, haciendo tamborilear sus dedos rechonchos y sobre alimentados de fish and chips con vinagre en el apoyabrazos de su silla. saludamos como siempre, volcamos el dinero en la mesa y antes de comenzar a contarlo, nos pidió que nos sentáramos un momento. aunque chris parecía tranquilo, yo me inquieté. notaba el bulto de los billetes en mi bolsillo y cuando intenté aplastarlo con la mano para disimular, vi un trozo de un papel de veinte libras que se asomaba. comencé a sudar. 
-¿cómo os ha ido el día hoy, chicos? – preguntó ella. 
-vicky, yo estoy reventado. – contestó chris, mucho más proclive a despistar al enemigo con quejas, observaciones y comentarios superficiales. – hoy ha venido un grupo de americanos imposibles, uno de ellos me ha dicho de quedar esta noche, imagínate. menudo morro, aunque no estaba nada mal el muchacho. no sé, quizá me lo peinse. también se ha montado una cola impresionante, todos pagando con american express y luego cabreados cuando les decía que sólo aceptábamos visa o mastercard. eso deberíamos arreglarlo con un cartelito, por ejemplo, así me ahorraba todo el rollo de explicarlo una vez y otra y otra. más tarde nos hemos quedado sin cambio tres veces, el de seguridad es un incompetente que se queda dormido en las salas, la calefacción no ha funcionado en todo el día y yo creo que voy a pillar una gripe. ella está bien. 
vicky me miró. 
-¿tú estás bien? 
-sí. – acerté a pronunciar. 
había conseguido dibujar una media sonrisa en su cara y eso me tranquilizó un poco. 
-¿y cuánto os habéis sacado, chicos? 
-umm… - chris cogió la hoja de cuentas que habíamos rellenado unos minutos antes minuciosamente – tres mil noventa y seis libras con cuarenta céntimos.
-no chris, vosotros. ¿cuánto os habéis sacado vosotros? 
-¿a qué te refieres? 
era inútil. ella lo sabía, yo lo sabía y chris lo sabía. dar vueltas mareando la perdiz no tenía demasiado sentido. le dije la cantidad exacta y chris me lanzó una mirada con la que podría haberme matado allí mismo. vicky estuvo pensando unos instantes que se hicieron eternos y luego, sin apartar la vista de los billetes de encima de la mesa, sentenció:
-no está mal, muchachos. esto es lo que vamos a hacer a partir de mañana: la mitad para mí, la otra para vosotros. 
-¿qué? 
-chris, no te hagas el ofendido. ya no corresponde. nos vemos mañana, chicos. 
salimos del despacho derrotados. no sólo nos habían pillado, sino que además ahora debíamos compartir beneficios con una jefa corrupta que a partir del día siguiente tendría todavía más poderes sobre nosotros. nuestro pequeño negocio autónomo se había ido al garete y nos sentíamos desgraciados, prostituidos, desvalijados. 
chris propuso ir al pub y yo, que seguía temblando de frío y de terror, pensé que era la mejor idea que había escuchado en años. 
-no voy a trabajar para esa maldita zorra – resolvió él al tercer whisky – me niego. a la mierda. que se consiga a otro para sus trapicheos, yo paso. 
le sonreí, fascinada. en realidad, al tercer whisky la vida era maravillosa y todavía nos quedaban seiscientas noventa y nueve libras para terminar la noche.
no volvimos al trabajo ni al día siguiente, ni al posterior. vicky nos llamó una veintena de veces, pero después imagino que se cansó porque el teléfono dejó de sonar. una semana después chris encontró trabajo en un mcdonalds de charing cross y yo en un starbucks de marble arch a dos minutos de hyde park. nos pagaban una mierda, no lidiábamos con famosos y mi acento pasaba desapercibido entre los demás hispanos y nigerianos, pero cuando nos veíamos por la noche, malolientes y agotados, chris me obsequiaba con patatas fritas frías y yo con frapuccinos de caramelo que habíamos obtenido sin aprobación ni consentimiento. 

14 enero 2012

lo importante es participar

en las reuniones de padres del colegio guillermo solía sentirse bastante incómodo. no es que no estuviera interesado en conocer los cambios en el menú, ni los nuevos profesores, ni el cambio de mobiliario en el aula donde su hijo pasaba la mayor parte del tiempo. quería estar al corriente de las novedades, como cualquier padre, pero también creía que con recibir un email una vez cada seis meses era suficiente. le ponían de mal humor las madres que al terminar tenían centenares de preguntas y miles de segundas opiniones para mejorar las decisiones que se habían tomado. eran esas típicas mujeres que podía reconocer a kilómetros de distancia; la mayoría con mechas rubias mal teñidas, pendientes de perla y zapatos de medio tacón, vestidas con colores pastel que recogían a sus críos con el tiempo justo, aparcaban en doble fila y organizaban donaciones para niños enfermos y hospitalizados. exactamente en lo que se había convertido su ex mujer, después de que ésta conociera a salva, su actual pareja, quien, a parte de mucho amor, una casa con jardín y un apartamento en la playa, suplía los costes de las inyecciones de bótox y las liposucciones. para acabarlo de rematar, su hijo era el que sacaba las peores notas y siempre tenía la impresión de que el resto de padres le miraban con suspicacia, como si fuera el responsable no sólo del fracaso de su propia vida, sino también de la de su hijo. 
había una de las madres en concreto que conseguía sacarlo de sus casillas, aunque permaneciera callada. tenía una actitud altiva siempre que hablaban los demás y solía resoplar cada vez que alguien contradecía sus opiniones. se angustiaba por temas banales que no preocupaban a nadie más y tenía la capacidad de alargar las reuniones eternamente con sus puntualizaciones quisquillosas. cuando ella hablaba guillermo no podía evitar sentir una terribles ganas de abofetearla y después, echarle un polvo. a pesar de las mechas y las perlas, era una mujer atractiva y lo sabía; quizá por eso era capaz de hablar eternamente sin decir nada. lo importante era llamar la atención y sentir que todos los ojos estaban puestos en ella. con él funcionaba a la perfección: sus palabras eran lo de menos, pero sus curvas, sus piernas, su cintura y su escote eran el principal motivo por el cual seguía yendo a las reuniones de padres. 
-tú no sueles hablar mucho, ¿no? 
habían terminado hacía un par de minutos y guillermo estaba se estaba poniendo la chaqueta y pensando qué quedaba en la nevera para cenar. lo malo de vivir solo era que ya nadie le preparaba la cena, aunque tampoco ya nadie le gritaba lo inepto que era en todo. al girarse vio que la mujer se dirigía a él. era la primera vez que una de las madres se molestaba en acercarse y se sintió honrado al comprobar que era la quisquillosa. los pocos padres que seguían en la sala le miraban con una mezcla de curiosidad y envidia. -¿tienes prisa? – continuó ella, sin esperar una respuesta a la primera pregunta. guillermo pensó algo ingenioso que decir, alguna de sus frases ocurrentes que funcionaban bien con las compañeras del trabajo. -no. -ah, pues perfecto. quería hablar un momento contigo sobre tu hijo. -¿ahora? -bueno, has dicho que podías, ¿no? -sí, claro, claro. salieron del aula, ella delante, a paso decidido, él despistado. hizo memoria: hacía tiempo que la profesora no les había convocado ni a él ni a su ex para ponerles al día de las malas notas de su hijo, ni de su pésimo comportamiento. si su intención era quejarse de su hijo sin un buen motivo iba a ponerle los puntos sobre las íes porque a pesar de su espectacular culo, también conocía bien su faceta histérica. llegaron al aparcamiento de la escuela. a esas horas había pocos coches y poca luz y él se impacientó con el silencio de ella. se detuvo enfrente de un audi gris metálico que guillermo supuso que era suyo. -verás - dijo por fin - pensé que sería mejor tratar esto en privado. abrió el bolso y empezó a buscar algo. él aprovechó para detener la mirada en los pezones que con el frío se adivinaban a través de su fina blusa. -nuestros hijos cumplen años el mismo día. -¿ah sí?- desde que habían iniciado la conversación guillermo solo se había comunicado con ella a través de muecas indecisas y monosílabos. pensó que probablemente estaba rozando la imbecilidad y por si fuera poco, andaba más centrado en las curvas de ella que en el asunto del cumpleaños de su hijo, del que ahora ni recordaba la fecha. -sí, - prosiguió ella, retirando un mechón de pelo hacia detrás de la oreja – y había pensado que podríamos celebrarlo juntos. ya sabes, este tipo de fiestas conjuntas. nos ahorraríamos trabajo y dinero y… 
-um, verás – interrumpió él, un poco molesto por hacerle perder el tiempo con nimiedades – para estos temas es mejor que hables con mi ex esposa. ella sabe mejor… 
-oh, ¿estás divorciado? 
-separado. 
-vaya, no lo sabía. perdona. qué poco tacto tengo a veces. 
-no pasa nada. ¿te doy el teléfono? 
-¿qué? 
-el teléfono de mi ex mujer. el cumpleaños. 
 -ah, sí, claro, claro. 
ella se sonrojó y tecleó el número en su móvil. se despidieron con dos besos al aire y él fue a buscar su moto, aparcada en la otra punta del parking. 
-espera – gritó ella cuando estaba a medio camino. 
 giró sobre sus pasos y al llegar al coche la vio sentada, con las piernas ligeramente separadas y las bragas en el suelo. 
 no hubo forma. ella lo intentó todo: lamió, acarició, chupó, manoseó, se puso encima, reclinaron los asientos, se trasladaron a los de detrás, incluso le pidió que le diera unos cachetes y que la insultara si eso iba a arreglar algo, pero guillermo no consiguió ni media erección que le ayudara a salir airoso de la situación. después de treinta minutos de vanos intentos, ella salió del coche, dio un portazo, se puso las bragas y evitando cruzar una mirada con él, esperó a que se subiera los pantalones y se marchara. guillermo hubiera querido declarar que era la primera vez que le ocurría algo así, pero intuyó que no era el momento de justificaciones predecibles. al pasar con el audi por su lado, ella bajó la ventanilla y con la punta de sus dedos ensortijados, le lanzó un calcetín descosido que había olvidado. 
guillermo se sentó en la moto un momento antes de arrancar. pensó en lo que había ocurrido hacía apenas unos minutos. recordó las nalgas de ella refregándose por su entrepierna, sus uñas clavadas en la espalda, sus manos, sus labios, su boca abierta y fue entonces cuando se le puso dura. miró a su alrededor. estaba solo. había oscurecido un poco más. pensó que si había practicado sexo en lugares públicos, también podría hacerse una paja rápida. se desabrochó los pantalones y se los bajó hasta las rodillas. empezó a buen ritmo. en su mente consiguió recrear las palabras que le había susurrado a ella hacía pocos minutos y el olor de su cuerpo y su pelo. su mano derecha aceleró el movimiento poco a poco. se convenció de que si ella hubiera estado ahí en ese momento, se habría enterado bien de lo que él era capaz de hacer, pero el sonido del móvil le devolvió a la realidad del aparcamiento del colegio y con ese pensamiento comprobó desencantado como su erección se esfumaba, tal y como lo había hecho ella. 
-dime. 
-¿por qué coño tardas tanto en contestar el teléfono? ¿dónde estás? 
-¿por? 
-tu hijo está insoportable. 
-también es tuyo, ¿recuerdas? 
-lleva toda la tarde gritando, saltando encima del sillón y no hay quien lo aguante. necesito que vengas a recogerlo ahora mismo. he tenido un día horrible y salva y yo queremos salir a cenar fuera. 
-ahora voy.
-date prisa, no quiero llegar tarde por tu culpa. 
arrancó la moto y salió del aparcamiento. recorrió un trayecto que hacía casi todos los viernes a esa misma hora, con la diferencia de que hoy le faltaba un calcetín y sentía el viento colarse por entre el zapato. consideró que en lo que llevaba de día cualquiera hubiera podido asegurar que era un mal padre, un mal marido y un mal amante. aceleró para al menos presentarse a tiempo y evitar otra bronca con su ex y las miradas amonestadoras de su nueva pareja desde su comedor sobrecargado con muebles restaurados y alfombras orientales. al llegar a la rotonda cedió el paso a la furgoneta, pero no vio el camión de mudanzas. intentó esquivarlo y al ver que no le daba tiempo, apretó el freno. el camión le arrolló de un golpe brusco y seco. la moto quedó aplastada bajo las ruedas y él voló por los aires hasta rebotar en el asfalto. los peatones se apresuraron a socorrerle; rápidamente llamaron a una ambulancia que llegó ocho minutos más tarde, le movieron con sumo cuidado, lo subieron a la camilla y le entubaron de inmediato. al llegar al hospital guillermo se debatía entre la vida y la muerte y los médicos tenían pocas esperanzas de poder mantenerlo en vida. cuatro días después, por sorpresa de todos, recuperó la consciencia. 

lo primero que vio al abrir los ojos fue la luz cegadora del fluorescente colgado del techo y la carilla de su hijo con los mocos secos y restos de chocolate en la boca. 
-!papá! !papá! !te has despertado! - gritó el niño. su madre lo agarró por los pantalones antes de que el crío se lanzara encima de su padre. en su mano sostenía un avión teledirigido. 
-!mira, mira papá! - dijo mostrando el juguete - !me lo regaló ayer salva y también comimos pastel y vinieron mis amigos y jugamos todo el rato en el jardín y salva dijo que el año que viene iremos a la piscina! era mi cumpleaños, pero tú estabas aquí, durmiendo. te lo perdiste todo. 

guillermo cerró de nuevo los ojos; le dolía la cabeza y se sentía mareado. sin apenas energía y con la voz ronca, susurró: 
-¿qué día es hoy? 
pensó que con el trajín del accidente, era su única forma de averiguar la fecha de nacimiento del pequeño, algo que seguía sin recordar. su ex, apoyada al pie de la cama, puso los ojos en blanco y salva, más apartado y sentado en una incómoda silla, se maravillaba de lo fácil que era sumar puntos cada vez que guillermo abría la boca. 

06 enero 2012

(...) que se jodan las columnas de opinión que no dicen nada que no diga en 140 caracteres cualquier imbécil en Twitter; que se jodan sus directores que cobran más que el presidente del gobierno y se quejan en el editorial de lo mucho que gana el presidente de la Comunidad; que se joda el periodismo y que se jodan los escritores que llevan veinte años cobrando miles de euros por decirnos que a su casa en el centro llega mucho ruido de la puta calle; que se jodan y se abran también un blog; que se jodan sus editores y los que les escriben bien las palabras y los libreros y la colección de novela rosa de DelPrado; ¡haberse digitalizado antes!; que se jodan los músicos y los cineastas, siempre bebiendo, siempre de cóctel, siempre poniendo el pie sobre alfombras rojas con cara de ser Scarlett Johansson: ¡no eres Scarlett Johansson, querida, eres de Parla!; que se jodan las discográficas y las productoras de cine, toda la puta vida escuchando los 40 Principales y el último hit de Luz Casal y aún creen que nos gusta su voz: que se jodan; y toda la puta vida aguantando las películas de Santiago Segura, el Salvador del Cine Español, que hacen del landismo la edad de oro del cine sueco: ni siquiera nos gusta el puto cine sueco, joder; que se jodan las salas de cine, vendiéndonos palomitas y refrescos y lloriqueando porque la gente se queda en casa viendo las películas en Cuévana: ¡en casa también tenemos palomitas, majos!, ¡de microondas! Y, ya puestos, que se jodan los maestros, aprueban la oposición de coña, no saben enseñar, cobran dos mil euros al mes y se pasan tres de vacaciones y encima le dicen a tu hijo cómo debe pensar: ¡no quiero que mi hijo piense como un maestro, quiero que piense como una persona!; que se joda el 15M, que se jodan esos niñatos que son siempre los primeros en comprar el último artilugio de Apple y en montar revoluciones con el Whatsapp, que se jodan sus pancartas de comeflores y sus putos slóganes de Teletubbie; que se jodan sus putos huertos en mitad del asfalto: ¡cómete tú esos repollos, no me jodas!; que se jodan los inmigrantes que nada más llegar a la ciudad se compran la camiseta del Real Madrid y se llevan a sus hijos al Corte inglés, que se lleven las camisetas del Real Madrid y el Corte inglés de vuelta al puto país al que pertenecen: aquí ya no hay ni malos trabajos ni trabajo ilegal, sólo hay trabajo para corruptos, ¿es tan difícil de entender?; que se jodan los directores de banco y los altos ejecutivos de empresas que despiden a mil trabajadores para poder pagarse su propio despido millonario: ¡sois unos hijos de puta!; que se joda Urdangarín que cada cien mil euros que conseguía lo hacía en nombre de los niños huérfanos o de Belice o minusválidos o violados o ciegos o muertos o hambrientos: ¡qué huevos tienes, de verdad!, roba como un hombre si lo haces, joder; que se jodan los científicos y los becados y los tesinandos, toda la puta vida recibiendo dinero del Estado para estudiar el post-feminismo y el género y el clima monzónico y no han inventado ni la puta fregona, por dios; que se jodan los perros también; que se jodan los mercados, desde el de San Miguel al Ibex, desde la tienda de la esquina al Carrefour, con sus cajas registradoras añadiendo productos que no he comprado y el puto carrito que no me devuelve el euro si no me pongo de rodillas, coño; que se jodan los accionistas, los inversores, esos putos idiotas que ahorran dinero durante toda su vida y luego se lo dan al primer gilipollas que les sugiere invertir en sellos o cuadros pintados por un mamarracho: ¿en qué cabeza cabe?, ¡sellos!; que se jodan los compradores de la pulsera PowerBalance por ser realmente imbéciles: ellos mismos saben que fueron unos putos imbéciles: ¿40 euros por un trozo de silicona que hacía reflejos?,¿y luego el café del bar te parece caro?; que se jodan los perros otra vez; que se jodan las personas que tienen perro y que contratan a gente para que pasee sus putos perros, que recogen la mierda de su perro con las manos y luego dicen que en el Metro la gente huele mal; que se jodan los intelectuales de izquierda que siempre van en taxi, joder; que se jodan los taxistas que te hacen limpiar el coche si vomitas la borrachera en el asiento trasero: te estoy pagando para vomitar en tu taxi, mamón, ¿no ves que estoy a cuatro manzanas de mi casa? (...)

leído aquí: http://lectormalherido.wordpress.com/

(y creo que he mojado un poco la cama)


01 enero 2012

conseguir una coca-cola la noche del uno de enero a las tres de la mañana es una tarea complicada. estaba en casa, no podía dormir gracias a la conga de los vecinos y a la última raya que me había metido a las doce, por eso de celebrar otro año que a mí me parecía que iba a ser igual de desolador que el anterior. la coca además era una mierda, lo cual no ayudó a mejorar mi agitación. había dejado la calefacción encendida todo el día y en la casa hacía un calor sofocante. me molestaban las sábanas, la música, el sabor agrio en la garganta y quería una coca-cola. me levanté de la cama y como era de esperar al abrir la nevera sólo encontré vino blanco y chocolate. me enfadé conmigo misma por no prever este tipo de cosas y por mantener una alimentación tan restringida que sólo me aportaba anemia en las analíticas anuales de la empresa.
me puse las botas, el abrigo por encima del pijama, cogí las llaves y diez euros. como era de suponer la calle estaba desierta, aunque en la mayoría de los pisos las luces permanecían encendidas y se oían voces, risas y música de dudoso gusto. pensé que la mejor dirección sería la que conducía al centro de la ciudad, donde con seguridad habría algún 24 horas abierto, aunque no me apetecía la idea de lidiar con los primeros borrachos sobones que después de dos copas y un par de vómitos renunciaban a más celebraciones esperpénticas. di un par de vueltas por el barrio, lo cual solo sirvió para cerciorarme de que debía ir al centro. hacía una noche bastante agradable para estar ya en el mes de enero. se agradecía un poco de fresco, pero dentro de los parámetros que mi cuerpo podía tolerar. del bolsillo del abrigo saqué los auriculares y me aseguré de que el volumen del reproductor estaba al máximo. si hay algo que consiga ponerme de buen humor casi siempre es caminar de noche con música y si además llevo el mechero encima ya es como si fuera dios, aunque seguramente dios tendría coca-cola en su nevera. death in vegas, natja. encendí un cigarro. pasé por delante de la pista de básquet donde tres chavales de no más de trece años quemaban una china y les sonreí. esa era una buena manera de empezar el año, sin duda. algunos conductores saludaban o hacían sonar la bocina cuando pasaban por mi lado. era todo muy previsible, menos encontrar una puta tienda abierta. caminé media hora, intentando visualizar algún lugar que no fuera un concurrido bar donde servían whisky de garrafón o un restaurante donde los precios del menú de la noche equivalían a un par de sueldos. cuando empecé a pensar que mi primer propósito del año nuevo iba a quedarse sin cumplir, vi, en una esquina al final de una callejuela, una tiendecilla con su luz de neón rosa y azul parpadeante. aceleré el paso y al llegar a la puerta y ver a un chino joven, medio dormido detrás de la caja, pensé por un momento que quizá ese sería mi año de suerte. me saludó muy amablemente y yo hice lo mismo. por su cara de sorpresa imaginé que lo había hecho usando un tono de voz demasiado alto y bajé el volumen de los auriculares. massive attack, black milk.
en la nevera había una veintena de coca-colas y estuve tentada de cogerlas todas y no pasar nunca más un fin de año con antojos estúpidos que me hacían salir a la calle malhumorada y en pijama, pero me contuve y cogí tres. al pagar el chino me deseó un feliz año, aunque ya había subido de nuevo el volumen y no lo oí. the black keys, lonely boy. el camino a casa fue más rápido y sólo me topé con un par de chicas que se pararon para pedirme fuego y prosiguieron su marcha riéndose de mi cara poco maquillada y de mi pelo sin peinar. no fui lo suficientemente ágil de mente como para desabrochar el abrigo y mostrarles el vestuario que había escogido para una noche tan especial.
al abrir la puerta de casa me vino una oleada de calor. de nuevo había olvidado apagar la calefacción. me desnudé. los vecinos habían optado por abandonar la conga e irse a dormir y ya sólo se escuchaba algún coche que cruzaba la ciudad. eran las cuatro y veinte de la mañana. del congelador saqué hielos en forma de pez, abrí una lata y vertí el líquido. preparé una raya y me senté en el comedor, a oscuras. el portátil se había quedado hibernando y al mover el ratón apareció la página en blanco y el cursor, desafiante. apagué la música. marsen jules, oeillet en delta. me apetecía escribir las primeras líneas de una novela.