24 julio 2012

garabatos

es normal que no te caiga bien todo el mundo. quiero decir, que no puedes pretender llevarte bien con todos. con algunas personas sientes que tienes más afinidad que con otras. es algo habitual. no es nada raro, ni tampoco quiere decir que seas poco social o un individualista. creo que esto es lo que me pasa con ella. aunque no, tampoco es exactamente esto. con ella la cosa es más grave, porque no es que no tengamos ningún interés en común, ni que no coincidamos con los gustos. es que no la soporto. no puedo. es ilógico e irracional, pero así es. lo peor de todo es que no tengo motivos concretos para detestarla de este modo. nunca me ha hecho nada, más bien ha sido todo lo contrario, pero tendríais que verla, caminando por la calle, sujetando el cigarrillo con la mano derecha y jugueteando con sus rizos castaños con la izquierda. con esa actitud de superioridad, de mujer que se sabe guapa y por lo tanto está por encima del resto de humanos. con ese vestido floreado, demasiado corto y demasiado ajustado. sabiendo de sobras que no pasa desapercibida. que los hombres la miran de reojo y las mujeres con desapruebo. aunque, claro, a ella le da igual. lo importante es llamar la atención, que todo el mundo sepa que existe. contoneando sus caderas anchas y asegurándose de que sus tacones anuncian su llegada donde quiera que vaya. aunque soy yo quien hace que la observen de esta forma. yo quien hace que vista así, yo quien le calza esos tacones de vértigo, y yo también quien la observa con atención mientras busca dentro del bolso cuando suena su móvil.
es un hombre. tiene que ser un hombre porque ella sonríe al reconocer el número parpadeante en la pantalla. tarda en contestar y cuando lo hace contemplo sus labios moviéndose rápidamente. escucho su voz por primera vez. sí, hasta ahora no la había escuchado. tampoco hace tanto tiempo que nos conocemos. sería absurdo que me gustara su voz. a estas alturas, sabiendo que nada de ella me agrada, le corresponde una voz chillona y estridente, de esas que resuenan en el interior de la cabeza aunque se haya callado hace rato. habla deprisa, atropellando las palabras unas con otras, sin apenas respirar y me pregunto cómo puede su interlocutor comprender algo de lo que dice. su voz estorba, va en aumento, gesticula y mueve las manos como si el otro pudiera verla. y ahora también se ríe con una risa falsa, forzada, que denota un nerviosismo mal disimulado. y al hacerlo echa su cabeza hacia atrás, exhibiendo un cuello largo, estirado y maquillado en exceso. después de unos minutos de conversación vanal, le pregunta cuándo se verán. espera unos instantes a que él, secamente, responda “pronto”. él es un tipo arrogante y chulo, pero ella todavía no ha querido darse cuenta e insiste. le gustan sus atenciones exageradas y sus encuentros en el apartamento de él, un ático en la parte alta, con cinco habitaciones, dos baños, una ecuatoriana que se encarga de la casa y le llama “señor” y unas vistas impresionantes de la ciudad. ella suelta otra carcajada, exaltada, y pregunta de nuevo: “¿cuándo es pronto?”, esta vez, menos amable y más inquieta.
también es culpa mía que se conocieran en ese bar. fui yo quien les presenté. quien hice que él la viera sentada en la barra, sola, con otro vestido igual de corto, y preguntara si podía invitarla a una copa. ella se resistió poco. no tienes ninguna personalidad, muchacha. cualquier persona inteligente se hubiera dado cuenta de que ese hombre sólo podría traerte problemas, pero ella se dejó impresionar; su traje, sus modales, sus manos, sus halagos. mira cómo tienes que verte ahora: pendiente del móvil, de sus llamadas intermitentes y de sus contestaciones ambiguas que ya no te hacen gracia. de esos celos malsanos que hacen que sospeches de todas y te despiertes a media noche y le llames y salte el contestador. de esas broncas que él nunca ha soportado y de esos jarrones rotos que la señora ecuatoriana reemplaza al día siguiente. supongo que podría hacerle cambiar. sí, yo podría hacerle cambiar. podría sentarle en otro bar, cualquiera otra noche de estas. él se pediría un whisky con hielo y me escucharía sin rechistar, obediente a mis consejos. podría decirle que la muchacha vale la pena, que a veces es un poco impulsiva y que aunque a mí no me guste, quizá podrían funcionar. o bien que la deje en paz, que no la atormente más si es que no está convencido. no sé... tal vez sí debería hablar con él, pero ella nunca me gustó. no veo por qué debería intervenir. él contesta que pronto es pronto, que no le atosigue y que la llamará. ella quiere decir algo, pero él cuelga antes y furiosa, lanza su móvil contra el suelo, maldiciendo su nombre, su familia y el día en el que nació al borde del llanto histérico. siempre es él quien decide, quien determina, quien controla. se veía tanto a venir. cómo se puede ser tan crédula. enciende otro cigarrilo y se agacha a coger las piezas que han saltado y permanecen esparcidas por la acera. un señor mayor se acerca a ayudarla, pero ella está demasiado ofuscada como para darse cuenta y agradecerle el gesto. él se aleja y ella se cerciora de que el móvil sigue funcionando y que podrá volver a llamarle en media hora. necesita una copa, a pesar de ser temprano todavía. a las cinco de la tarde los bares están vacíos y cuando el camarero la ve entrar, con su vestido corto, sus mejillas encendidas y su rímel corrido no puede evitar detener la vista en sus piernas bien torneadas y su escote generoso. él saluda y ella pide un vodka. “no se puede fumar aquí dentro”, dice él. ella escupe el cigarrillo, lo aplasta con la punta de su zapato rojo y busca una mesa apartada. se sienta delante de mí y me mira, esperando una respuesta.
¿qué hacemos ahora? las dos sabemos que este vaso no solucionará nada. quizá sea un buen remedio temporal, un antídoto pasajero, pero en un par de horas, mañana tal vez, sentirá la misma necesidad de verle y terminará por llamar de madrugada y preguntar cuándo. tiene los ojos acuosos y la mirada ausente. toma el primer sorbo y espera. tomo otro sorbo de un café que se ha enfriado y espero. esperamos las dos. el camarero, al fondo, se entretiene sacando brillo a las copas y silbando una melodía inventada. podría hacer que él llamase. podría hacer que esta noche, o en un par de días a mucho tardar, se reconciliaran y ella se comprara vestidos más cortos y tacones más altos para complacerle.
o también podría pagar mi café, arrugar el folio, tirarlo a la basura, salir a la calle y hacer que ella desaparezca junto a otras tantas que existieron sólo como meros garabatos. 

5 comentarios:

  1. Leí en Kapuściński que cada vez que no conseguía que le cayera bien alguien se sentía un poco fracasado porque hacía esfuerzos por conseguir que le gustara todo el mundo, tratar de entender a los más diferentes. Estos garabatos fugaces(bueno, tú la puedes convertir en garabato y tirarla pero no siempre es posible)que vemos a veces, estas personas de las que no sabemos nada más que la imagen y los gestos afectados y que nos disgustan, no nos caen bien porque parece que atentan directamente contra nosotros. Dan la sensación de no ser más que puro maniquí sin nada de cerebro. Da la sensación de que aunque quieras empatizar con ellos y darles unos motivos y unas razones no lo conseguimos. Ni siquiera aunque los veamos sufrir. No parecen personas. Sólo arquetipos. O en tu caso ni eso, garabatos. Seguimos con las buenas lecturas de verano por aquí. Saludos.

    ResponderEliminar
  2. Los personajes que peor te caen son los más generosos, creo. Pero quítale al hombre ese. Esa historia de áticos-parejas-que-sí-que-no huele a muuuuy aburrida. Ejercicio metapoético de notable, señorita, me ha mantenido en tensión buscando quién cojones sería la alterega. Por cierto, resulta que la buenorra sin gracia bebe vodka... vaya.

    ResponderEliminar
  3. Eh, me ha molado un montón cómo escribes.

    ResponderEliminar
  4. Bueno, esta es la típica historia (genial escrita por cierto) de la típica tía buena y del broker de turno, sin tiempo más que para echarle cuatro polvos etc... y ella, a sufrir la muy gilipollas (con perdón). Yo desde luego, no le diría nada a él, que saque ella sus castañas del fuego, supongo que volverá a caer en muchas relaciones como ésta, hasta que aprenda.

    ResponderEliminar
  5. jeeeeesussss babe...
    i love your garabatos...

    ResponderEliminar