28 octubre 2011

caso clínico: el hombre correcto

(y quien dice hombre, dice mujer).

hay que reconocer que en el mundo actual sobra pasotismo y falta educación. en esto estamos todos de acuerdo: los jóvenes (y no tan jóvenes) ya no se levantan del asiento al ver a una embarazada o a un anciano en el metro y es más habitual escuchar un “hijo de puta” que un “gracias”. bajo estas circunstancias, hoy hablamos del hombre-correcto, sin duda una especie en extinción del que quedan escasos ejemplares pero que, por motivos que detallaremos a continuación, no nos importaría que acabara desapareciendo definitivamente.

como bien indica su nombre, el hombre-correcto es aquel que bajo un comportamiento impecable, una sonrisa permanente y una palabrería brillante, puede convertirse en el perfecto anfitrión de cualquier fiesta en particular y de la vida en general, el marido que toda madre desaría para su hija y el candidato que un jefe elegiría para un puesto de trabajo ridículamente remunerado (a la baja, claro).
¿es pues el hombre-correcto el hombre-perfecto? no no no. no nos confundamos: una cosa es corrección y otra perfección. digamos que el optimismo del hombre-correcto el lunes por la mañana, descuadra. digamos que la tercera vez que desea los buenos días, sobra. digamos que cuando comenta los preparativos para navidad a mediados de septiembre, asusta. digamos que cuando se interesa por si has dormido bien o mal, irrita. digamos que su habilidad para quedar bien, hacer el bien y decir el bien desarrollan unas ganas imperiosas de zarandearle (con cuidado, que luego vienen las demandas).

el hombre-correcto nunca tiene un mal día, siempre se acuerda de los cumpleaños, nunca bosteza en la mesa, siempre deja pasar antes a las señoras, nunca tutea si no se le ha dado permiso antes, siempre toma la medicación a la hora exacta, nunca pierde los papeles, siempre dice perdón aunque no la haya cagado él, nunca se desvía del camino aconsejado, siempre ofrece la misma sonrisa hierática y nunca, nunca, nunca la fastidia porque siempre tiene recursos para redirigir la situación y arreglarlo todo con un comentario a la altura de las típicas damas que frecuentan las salas de té y beben con el meñique levantado.
atención, ejemplo:
- buenos días. ¿cómo estás en este precioso viernes lluvioso?
- bien, gracias. (este gracias es empático)

- me alegro mucho, de verdad. ¿y tu familia?

- todos bien.

- ¿y tu abuelo? creo recordar que tuvo un catarro.
- murió hace nueve años.

- oh, vaya por dios, lo siento muchísimo. espero que no sufriera mucho. suerte que en esos duros momentos tenemos a la família para… claro que estas cosas pasan... ley de vida, dicen… mi abuelo murió también, el pobre tenía noventa y tres años… nos cogió a todos por sorpresa, pero ya estamos recuperados. ¿tú estás bien, no? yo te veo muy bien, mujer. anímate.
- (…)
- bueno, pues me alegro mucho de verte, de verdad. y cuídate por favor que no quisiera que te sucediera nada a tí. y si necesitas cualquier cosa, ya sabes dónde encontrarme. para lo que sea, honestamente. para esto estamos. faltaría más. mujer. con toda confianza. en serio.
- (templanza)

el hombre-correcto es, como suiza, un hombre neutral. terriblemente neutral. no toma partido ni en el futbol porque para él quedar mal con alguien es sinónimo de traición y destierro. de hecho, esta es su peor pesadilla y no concibe un mundo en el que no esté en harmonia con todos, incluídas cucarachas, suegras y mensajes grabados de carácter comercial de grandes empresas de telecomunicación. y ojo, que esto no quiere decir que el hombre-correcto no sea, en privado, un sádico. porque una cosa no quita a la otra. sí, se puede ser sádico en casa, pero correcto en público. al contrario de lo que suele suceder en la mayoría de casos… lo que el hombre-correcto desconoce, y es una verdadera pena, es que si mostrara al mundo un poco de este lado salvaje sería muchísimo más apreciado. porque, sincerémonos: qué prefiere usted, ¿un par de azotes o una tarjeta de feliz cumpleaños de winnie the pooh?
en cualquier caso es complicado cambiar los hábitos del hombre-correcto. cuando se nace modélico, se nace modélico y ni una educación en un colegio de curas podría modificar este comportamiento. lo más sencillo es invertir los términos: pruebe a acentuar su propio lado salvaje-imaginativo y cuando el hombre-correcto comente algo trivial con lo que usted ni siquiera haya reparado, transforme su empalagosa cortesía por un látigo, unas esposas, una botas de cuero, lo que sea para desenmascarar su lado angelical. y es que ya lo dice el dicho: si mahoma no va a sevilla, amanece más temprano. o algo así.

21 octubre 2011

a veces me imagino que nos encontramos de nuevo. por la calle. en verano. un domingo. imagino que te soprendes, pero sonríes. nos acercamos con cautela y besamos las mejillas sin apenas tocarlas, como si fuéramos familiares lejanos. dices que te alegras de verme. imagino que lo dices de verdad. me preguntas si tengo prisa y si me apetece tomar algo. accedo y buscamos algún sitio donde sentarnos. localizamos una terraza, al lado de un parque con niños y ancianos y palomas. al principio no sabemos de qué hablar. tú toses y yo jugueteo con una servilleta entre las manos. disfrazamos el silencio que nos había acompañado otras veces y con el que siempre estuvimos cómodos. las cosas cambian. lo sé. lo sabes. imagino que remueves el café en sentido contrario a las ajugas del reloj y que le pides al camarero un cenicero porque no has conseguido dejar de fumar. lo intentaste dos veces, las mismas que yo. me preguntas por la familia y el trabajo. imagino que te digo que estan todos bien aunque en realidad no te importa mucho. tú querrías saber otro tipo de cosas. si sigo durmiendo en el lado derecho de la cama, si pienso en ti cuando escucho esa canción, si me arrepiento de esa conversación, pero somos adultos y sólo hablamos de lo que no remueve tiempos pasados. imagino que cada uno recrea una vida en orden, encarrilada, plena y se lo cuenta al otro sin suficiente convencimiento. los dos pretendemos creer y evitamos mirarnos. las cosas no siempre cambian. los niños pelean, alborotan y los ancianos se aferran a su banco de hierro oxidado. imagino que los minutos se alargan y que los temas se agotan. imagino mi impaciencia, la servilleta arrugada, las tazas vacías, las palabras superficiales.

imagino que después de despedirnos ando desprisa, cruzo en rojo y paso de largo cuando llego a casa. imagino que es como si no te hubiera visto, a pesar del hueco en el corazón y la vista nublada.

19 octubre 2011

Es curioso que cuando alguien grita "!sálvese quien pueda!" todo el mundo salga corriendo. ¿Acaso no se puede uno salvar quedándose?

Una novela francesa, F. Beigbeder

15 octubre 2011

lucidez

la mujer mira las sábanas y piensa que debería cambiarlas. las manchas de sangre cuestan el doble de quitar cuando se han secado. definitivamente es la última vez que pone unas sábanas de color claro. la semana pasada, con las verde oscuro que compró de oferta en el centro comercial, el cambio de color quedaba más disimulado, aunque claro, también tuvo que limpiarlas. estas van directas a la basura. como el colchón. cada vez resulta más difícil mantenerlo limpio pero tirarlo ahora mismo es inviable. viviendo en un quinto y en un edificio de cuatro pisos por planta, sería casi imposible no cruzarse con algún vecino indiscreto que preguntase o peor aún, que quisiera ayudar. claro, relfexiona, que también podría envolverlo con alguna tela... no, definitivamente no, así llamaría todavía más la atención y no quiere jugársela con estas tonterías. deberá seguir limpiándolo a conciencia como ha estado haciendo hasta ahora.
se ha lavado la cara y las manos en el baño y entra de nuevo en la habitación. el aire está condensado y necesitaría abrir la ventana, pero tampoco puede. a sus pies un charco de sangre oscura y espesa que llega hasta la cama, unos metros más allá. todavía está tibia, como el cuerpo, que yace panza arriba, con la boca abierta, los ojos como platos y el cuchillo en vertical, clavado a la altura del estómago. se acerca depacio intentando no resbalar, aparta el brazo derecho del cadáver y lo coloca encima del pecho inerte. se sienta a su lado con cuidado para no mancharse de nuevo, coge el paquete de encima de la mesilla y enciende un cigarrillo. observa el cuerpo con cierta curiosidad, como si fuera la primera vez que viese algo semejante. tenía unos buenos abdominales y un bonito pelo oscuro. incluso le gustaron las historias que contó la noche anterior en el bar, probablemente ni una cierta, pero eso tampoco importaba demasiado. lo que no toleró fue que, ya en casa, mientras él le arrancaba la ropa y la besaba, prometiera entre susurros una noche inolvidable y que un par de sacudidas después se diera la vuelta y cayera en un profundo sueño. ella se levantó de la cama, fue hacia la cocina y decidió que sería él quien no olvidara esa noche.
no, en algunos temas no soportaba que le mintieran.

09 octubre 2011

versiones


había conseguido olvidarlo. por ese motivo abrió la puerta sin pensar. hacía más de un año que no sabía de él y durante ese tiempo habían sucedido demasiadas cosas. pensó que serían los de la fibra óptica. o los del gas. o los testigos de jehová, pero en ningún momento se le pasó por la cabeza que podía ser él. lo reconoció enseguida: se había dejado barba, estaba más delgado y moreno. no sintió que su corazón diera ningún vuelco ni tampoco ganas de sonreír, pero sí que sus piernas flaqueaban. maldijo interiormente no haber mirado por la mirilla un segundo antes, ni que fuera para estar preparada cuando abriera la dichosa puerta, si es que había forma posible de preparase para algo así.
él sonreía y la saludó. luego se quedó a la espera de que ella dijera algo. algo como “qué alegría” o “adelante”, pero ella se había quedado en blanco y lo único que se le ocurrió fue apartarse de la puerta unos pasos para que él tuviera espacio para pasar. él entró a paso lento, titubeante, como si no reconociera el piso y esa fuera su primera visita. ella lo seguía detrás, fijándose en los mismos objetos: el cactus muerto, la silla coja, la televisión estropeada.
le invitó a sentarse y él obedeció, con la espalda erguida, las piernas juntas y los brazos pegados a las costillas. no atinaba a comprender cómo se le había ocurrido semejante idea, presentarse así, como si nada. le preguntó si le apetecía tomar algo y él pidió un vaso de agua. ella apresuró el paso hacia la cocina, aliviada de poder alejarse de él, ni que fuera momentáneamente, unos pocos metros. allí intentó poner en práctica las respiraciones que le habían enseñado en ese curso de yoga cuando notaba que el aire no entraba en sus pulmones, pero esta vez la teoría no funcionó y se puso aún más nerviosa. desenroscó el tapón de la botella de agua mineral, pero inmediatamente cambió de idea: él no merecía tanto. llenó el vaso de agua del grifo y regresó al salón evitando mirarlo. él bebió todo el líquido de un solo sorbo, con ese particular ruidito al tragar que todavía recordaba perfectamente. sus manos sudaban y sentía ganas de vomitar, pero lo último que deseaba era que él notara su inquietud. decidió no encender ese cigarrillo que el cuerpo le estaba pidiendo y que hubiera delatado su turbación. permanecieron en silencio un rato. el vecino de arriba le gritaba de nuevo a su hijo adolescente porque no traía a casa las notas que se esperaban de él. los gritos contiguos les evitaron tener que hablar unos segundos hasta que finalmente él preguntó:
-bueno, ¿y qué tal te van las cosas?
ella lo miró por primera vez a los ojos, directamente, sin pestañear. hubiera preferido seguir escuchando los berridos del vecino antes que su estúpida pregunta, pero recordó que ella, ni probablemente nadie, le había contado nada de lo que había ocurrido después de su marcha.  



pensó que sería más fácil no avisar, aunque sabía que eso suponía que quizá no estaría en casa o, peor aún, no abriría la puerta. pero prefirió arriesgarse, no darle tiempo para pensar, para decir que no. no reconoció al portero cuando entró y, una vez en el rellano, dudó en llamar al timbre o con los nudillos, como había hecho siempre cuando olvidaba o perdía las llaves. decidió hacerlo con con los nudillos, suavemente, para no alarmarla. mientras esperaba inhaló aire un par de veces y lo expulsó tan lentamente como pudo. había pasado un año, pero ahí plantado, delante de la puerta, le dio la impresión que hacía mucho más tiempo. ella no tardó en abrir. le pareció que tenía el pelo más largo, ojeras y estaba pálida. pensó que tal vez se había acabado de despertar, a pesar de ser más de las doce del mediodía. tragó saliva y sonrió, esperando que ella hiciera lo mismo, aunque no fue así. ella retrocedió unos pasos y él quiso interpretar el gesto como una señal para que pasara. avanzó con paso inseguro, sin saber todavía qué iba a suceder. se sentó en una punta del sofá y pidió un vaso de agua cuando ella le preguntó, aunque hubiera deseado algo más fuerte para quitarse los nervios de encima. mientras esperaba a que ella regresara de la cocina tuvo la impresión de que el salón era más grande. contó menos muebles de los que había antes ni tampoco vio la fotografía de  ellos dos en esa playa de grecia, aunque la marca alargada y amarillenta del celo seguía allí, ensuciando la pared desnuda, como único recordatorio de un pasado común, lejano y torcido. pudo observar sus manos temblorosas cuando ella le dio el vaso de agua. la invitó a un cigarrillo, pensando que tal vez esto podría tranquilizarla, pero ella contestó que ya no fumaba, que lo había dejado hacía mucho tiempo. él la felicitó por el logro y dijo que en su caso aún no había sido capaz. luego guardó el paquete en el bolsillo de la chaqueta. las voces de un vecino enfadado traspasaban las paredes y llegaban a ese salón silencioso y vacío. bebió un trago largo y se aclaró la voz antes de preguntar cómo iba todo. sintió los ojos de ella mirándolo por primera vez desde que había entrado. él espero unos segundos, con una mueca que pretendía ser una sonrisa que no llegó a ser. se fijó de nuevo en sus manos huesudas y agrietadas y un poco más arriba, a la altura de sus finas muñecas, vio las marcas rojizas, cicatrizándose. incapaz de mostrar ningún disimulo contó uno, dos, tres largos y finos cortes. 


08 octubre 2011

hoy tacones, otro gran invento

en mi gran capacidad para perder el tiempo ayer estuve documentándome sobre los zapatos de tacón.
así en resumen y para no aburrir, su origen se remonta al s. XV y su creación surgió por motivos meramente prácticos: encajar el pie en el estribo durante las maniobras con los caballos. hasta aquí bien: existía un problema y se buscó una solución al asunto. ¿no es fascinante el ser humano?
pero llegados a este punto, las teorías se diversifican: algunos investigadores sostienen que caterina maria romula di lorenzo de médici los puso de moda en su propia boda (a la razonable edad de catorce años) y de ahí su rápida popularización. otros se inclinan más por luis XIV, el rey sol (apodo que asocio a su pequeño y humilde ego, imagino), que con este tipo de calzado quiso poner punto y final a sus traumas de corta estatura. fuese quien fuese el precusor, los talleres artesanos dedicaron largas horas a la luz de las velas a experimentar, innovar y, sin que ellos fueran conscientes, a convertir los tacones en algo imprescindible para cualquier mujer que se precie del mundo moderno.
actualmente las cosas son así: por fortuna los métodos de transporte han evolucionado y los tacones son una puta mierda.

en mi gran capacidad para perder el tiempo, ya anunciada anteriormente, me he detenido a listar cinco concisos puntos por los cuales creo que debería instaurarse una institución, así en rápido se me ocurre algo similar a una inquisición pero en versión contemporánea (no serían necesarios los hábitos negros ni las cruces) para todas aquellas/os que persisten en usar este tipo de calzado. ahí van:

_aceptémoslo, los tacones son incómodos. no existen tacones cómodos de la misma forma que no existe la paz mundial, ni los cigarrillos light, ni el aprender inglés en tres semanas. yo no sé ustedes, pero a mi modo de ver de comodidad se refiere a zapatillas, rulos, pijama holgado o bata de boatiné si se tiene un sentido de la feminidad más acusado. y yendo un poco más allá también admitimos masajes como paradigma de confort. todo lo demás, y excusen mi intransigencia en este aspecto, es sufrimiento y suplicio a evitar.

_apoyar el 75% del peso del cuerpo en la punta del pie es algo antinatural como lo son los madrugones laborales, la castidad y las hamburguesas del mc donalds. reflexionemos: si dios nos hizo con los pies planos, estoy segura que no fue por capricho suyo. desafortunadamente, ahora me fallan las fuentes pero estoy casi segura que ningún otro ser de la creación anda de puntillas para desplazarse y ni mucho menos para llamar la atención a un miembro del sexo opuesto. de acuerdo, tendrán otros sistemas, pero (!carajo!) no implican dolencias de espalda, piernas ni rodillas porque son mecanismos ¡na tu ra les!

_no se nace sabiendo andar con tacones. no, no, no. para andar bien con ellos se requieren muchas horas, mucho sacrificio y sobretodo, mucha actitud (desarrollado en el siguiente punto). y los tacones, al igual que los perros, huelen el miedo. si una se sube a unos tacones con miedo no lo dudéis, se caerá. probablemente en el lugar más concurrido y en el momento menos propicio. ley de murphy. infalible. pues haber practicado más o haberte puesto unas bailarinas, lista.

_pocas cosas pueden ser más tristes en la vida que ver a alguien sin el dominio de los tacones. porque vamos a ver, la lógica es simple: los tacones se llevan en dos tipos de días: los días buenos y los días malos. los días buenos son aquellos en los que sabes que vas a comerte el mundo (aunque al final del día sólo te hayas comido un plato de espinacas pochas) y necesitas que todos se den cuenta de tu existencia. los días malos son aquellos que, bajo los efectos de la depresión pre-menstural, lloviendo a cántaros, en plena crisis de pareja y a falta de cuchillas afiladas a mano, decides hacerte valer. es decir, es cuestión de actitud y/o de dominio. así pues si tenemos la predisposición pero nos falta la práctica, el resultado acaba siendo siempre el mismo independientemente del tipo de día: rotura de espalda y doble de ración de chocolate al llegar a casa porque el mundo sigue ignorándote.

_sí, los tacones estilizan. en esto estamos de acuerdo. perfilan la pierna, el culo y hacen los andares más interesantes. y además resuelven el tema de luis XVI, sarkozy y hitler. el tema de la estatura, quiero decir. incluso yo me pararía a mirar una señora poco agraciada si llevara unos tacones de 15 cm. (y supiera andar con ellos). ¡oh pequeños fetichistas! pero... ¿qué hacemos cuando se los quita? porque desafortunadamente esto no es como una buena inyección de silicona, que mantiene lo que debe de mantener erguido por los siglos de los siglos. ¡ai, esa idolatría relegada a unas pantorrillas gruesas y fofas que descansan despreocupadas bajo unas pantuflas rosas de la hello kitty! !ai, ese gracioso paganismo que nos hace todavía más cómicos y mortales (y del que nunca aprenderemos)!

hasta aquí mi diatriba sin sentido para reflexionar cada vez que divisen unos tacones por la esfera cósmica. me despido rápidamente y sin genuflexiones (por una vez, disculpen mi mala educación); debo practicar un par de horas más… esta noche tengo una cita y no quisiera fastidiarla con unas bailarinas de mera aficionada.

04 octubre 2011

luz no se lo ha contado a nadie, pero los sábados por la mañana después de desayunar, se masturba pensando en ese hombre que conoció hace tiempo y que le rompió los esquemas y el corazón. luz se acuerda de él cada día. ahora ya no molesta, no provoca dramas ni llantos, pero sigue ahí metido: en sus recuerdos, en su rutina y en su coño. ha asumido que por mucho que transcurran los años, por muchos hombres que conozca a lo largo de su vida, ese hombre habitará en ella y podrá aparecer en el momento más inesperado; cuando bañe a su futuro hijo, cuando acompañe a su madre al médico, cuando folle con su futuro marido algún viernes por la noche, cuando se apunte a un curso de pintura, cuando fume su primer cigarrillo tres años después de haberlo dejado.
sí, ese otro hombre vivirá siempre con ella y yacerá en el mismo ataúd de madera oscura barnizada, a su lado; y como cuando era pequeña y jugaba con su amigo imaginario antes de quedarse dormida, luz cogerá su mano fría, le mirará a los ojos y dirá:
-ahora sí, por fin solos los dos.

02 octubre 2011

- eres un maldito cabrón.
- espera, te lo puedo explicar.

- no es necesario.

- no es lo que parece, de verdad.
¿quieres escucharme?
- no, no quiero escucharte. ya lo veo por mí misma. al menos podrías haber tenido la delicadeza de limpiarte el carmín de la camisa antes de entrar en casa. y ese olor a perfume barato. ¿cómo has podido hacerme esto?


la mujer, fuera de sí, da un portazo y desaparece. él sonríe, se quita la chaqueta y se afloja el nudo de la corbata; por primera vez en las últimas cuatro semanas le ha dirigido la palabra, se ha dado cuenta de que seguía existiendo. temía haberse convertido en otro mueble del salón, pero no. recuerda cuando tuvo que fracturarse una pierna por el mismo motivo. de esto hace un año, pero ya está recuperado y vuelve a andar bien. al menos esta vez se ha librado del dolor, aunque deberá solucionar lo del carmín. y regalarle otro perfume a su madre que no ha querido preguntar cuando su hijo ha insistido en ese beso extraño.