26 julio 2011

una carta

supongo, mamá, que esta carta debía haberla escrito hace mucho tiempo. supongo que nunca encontré el momento adecuado. entre tus silencios, mis ajetreos y nuestra poca comunicación, lo fui posponiendo hasta el día de hoy. supongo que también me daba miedo tu reacción, como siempre. sí, como siempre. ahora no tiene mucha importancia. ya somos las dos adultas y podemos hablar sin enfadarnos. nací cuando tú tenías veinte años y te jodí la vida. te guardaste bien de decirlo, al principio, aunque tampoco fue necesario. después de tres o cuatro días de parirme optaste por dejar de fingir. los médicos y las abuelas lo llamaban depresión post parto pero tú y yo sabíamos que era algo distinto. algo menos transitorio. esa mirada taciturna y lúgubre era suficiente para saber que, si hubieras podido, si no hubieras dependido de tu marido para comer y comprarte ropa, te hubieras largado de casa. cuando tres años después nació inés, tu otra hija, mi hermana, esa tristeza en la mirada se contagió al carácter, a los actos, a la respiración. no podías con nosotras ni con nuestra alegría por descubrir y hacerte partícipe de nuestros logros. te agobiábamos, te molestábamos. te superábamos. pero éramos demasiado pequeñas para comprenderte así que seguíamos alborotando. era normal, mamá. los niños alborotan, aunque aprendiste rápido a hacernos callar. me acuerdo bien de tus bofetadas, no fueron muchas, lo sé, pero las recuerdo bien. al menos sirvieron para que el silencio reinara en casa unas horas y tú pudieras relajarte en el sofá mientras nosotras, encerradas en la habitación, apenas nos movíamos y esperábamos a que volviera papá. en esa época aprendimos a jugar a los mimos y a caminar de puntillas. cuando crecimos un poco cesaron las bofetadas. imagino a que no querías arriesgarte a que te las devolviéramos. la violencia física dejó paso al chantaje psicológico. no dejabas pasar ocasión, en fiestas, reuniones familiares o comidas con los amigos en los que, después de llenar el vaso tres o cuatro veces, recordaras a todos los presentes tu gran potencial frustrado debido a la maternidad. culpabas a los tiempos en los que naciste, a la falta de oportunidades de aquella época, a las limitadas opciones que tuviste para escoger, pero inés y yo, con la mirada clavada en el plato, sabíamos que no era eso a lo que te referías, sino que en realidad estabas hablando de los dos grandes errores de tu vida, allí sentados, con los mofletes llenos y los vestidos manchados de barro. culpables. papá solía aprovechar estos momentos para ayudar en la cocina y desaparecer. creo que él también cabía en el saco de los errores, probablemente el primero. luego inés se fue a berlín. ¿te acuerdas de ese día? había conseguido una beca y se marchaba un año a estudiar fuera. todos estábamos orgullosos de ella y la acompañamos al aeropuerto una fría mañana de enero. empezó a nevar y dentro del coche sonaba la voz rota de billie holiday que siempre te había gustado y tarareabas algunas veces. papá repitió su discurso por enésima vez sobre lo que debía y lo que no debía hacer inés en berlín. todo eran peligros y negativas y sus consejos obvios nos hacían reír, pero tú estabas más ausente de lo normal. en el momento de despedirnos papá y yo no pudimos evitar las lágrimas. siempre fuimos un par de sentimentales, unos exagerados, como solías llamarnos. tú en cambio abrazaste a inés solemnemente y después de una mañana sin abrir la boca, te despediste con un “cuídate” que hubiera sido mejor no pronunciar. inés no supo qué contestar y me miró buscando ayuda. como siempre, sólo obtuvo esa familiar sensación de incomodidad. no fue hasta que nos metimos de nuevo en el coche, de regreso a casa, cuando rompiste tu silencio por segunda vez y, mirando la carretera que nos devolvía a la rutina, dijiste sin titubear que hubieras matado para poder subirte a ese avión. esta vez papá no pudo desaparecer y yo eché de menos a inés por primera vez en lo que iba a ser un eterno año sin ella. 

¿se está bien aquí, no crees, mamá? este silencio debe gustarte. siempre te gustó. un poco de frío quizás, pero seguro que no te importa. once años después inés tuvo su primer hijo y yo me casé. nunca te gustó mi pareja. asegurabas que era un payaso y que se cansaría pronto de mí. cuando os anunciamos que nos casábamos resoplaste y te bebiste la botella de champán que papá había sacado para celebrar la noticia. fue él quien te ayudo a subir a la habitación, mientras gritabas a los cuatro vientos que tus hijas habían tirado sus vidas por la borda. el día de la boda se me rompió el vestido de tanto bailar y tú simulaste una gripe intestinal que te postró en la cama todo el día. papá leyó un bonito poema y te trajo un trozo de pastel que no probaste. ay mamá, hay tantas anécdotas más que esta carta se alargaría demasiado y no nos queda mucho tiempo. 

¿sabes qué, mamá? como tú, yo nunca tuve demasiada fe. no creo en dios, ni en el más allá, ni en la reencarnación. lo que nos espera después de la muerte son las llamas y el fuego o una lenta descomposición, pero me gustaría pensar que en tu caso alguien te regalará una segunda oportunidad y la sabrás aprovechar. te convertirás en lo que siempre habías deseado y no cometerás errores. será la vida perfecta por la que siempre habías suspirado. ¿estaría bien, verdad? quién sabe, tal vez el mundo empezará a ser justo contigo y te devolverá todos los favores que te debe. de verdad que lo deseo, mamá. creo que no hay mucho más que decir y aquí hace demasiado frío. me duele la muñeca de tanto escribir y tengo los dedos adormecidos. nuestra generación se ha acostumbrado a los teclados y rápidamente olvidamos el placer de recibir una carta; la larga espera, la impaciencia al abrir el sobre, el olor de los folios tintados, descifrar la caligrafía de cada uno... pensé que a ti te gustaría más una carta. espero no haberme equivocado. 
me voy ya, mamá. me espera mi marido payaso, inés y papá. creo que comeremos en ese restaurante chino de la esquina donde decías que servían perro en vez de pato. dejo la carta aquí al lado para que la leas cuando te apetezca. no tengas prisa. tómate tú tiempo. sé que lo harás. no sé si te lo había dicho ya, mamá, pero hoy estás especialmente bonita. así; quieta, callada. rodeada de lirios blancos.

2 comentarios:

  1. Esos padres o madres que cargan con sus frustraciones a los hijos.

    Castradores que como no consiguieron desean que nadie consiga.

    Gente que culpa de sus carencias a todo el mundo mundial menos a ellos mismos.

    ¿Por qué no se atrevió a subirse a algún avion?

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  2. Jo der. Si no es real, lo parece. Que buena.

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