11 enero 2011

eran las cuatro de la mañana y por fin estaba llegando al hotel. en los tres últimos días había dormido un total de seis horas y a pesar de intentar ser amable con el taxista, saciando su repentina curiosidad, notaba como cada vez le costaba más mantenerse despierta y mucho más mantener una conversación. ningún avión había salido a su hora, había tenido que esperar, hacer colas y al final perder el vuelo interno. cuando llegó al aeropuerto de lucknow eran las dos de la noche y todavía le faltaban dos horas en coche hasta kanpur: en la india, cuando las cosas salían mal, salían realmente mal y sólo se podía tomar una única postura válida: resignación y té con limón en vaso de plástico de una máquina expendedora.
-¿así que está de vacaciones? – preguntó por enésima vez el taxista.
diana respaldó su cabeza en la ventanilla y resopló.
-no, estoy aquí por trabajo.
-¡ah! ¡trabajo!
hubo un silencio que ella agradeció pero que duró demasiado poco.
-mi hija se casa este año. debe tener su misma edad. ¿usted está casada? ¿tiene hijos? ¿le gusta la india?

the landmark hotel era el único edificio que sobresalía del resto de edificaciones en kanpur. tenía diez plantas, dos restaurantes, una tienda de souvenirs y una piscina exterior. la decoración del hotel combinaba moqueta granate a juego con el tapizado de los sillones, pinturas de monos desafiantes con lanzas puntiagudas y retratos de hombres con bigotes negros y túnicas doradas, columnas jónicas de mármol blanco y polvorientas lámparas de cristal con la mitad de las bombillas fundidas. cada vez que diana entraba al hotel se sentía extrañamente abrumada con semejante visión. por suerte, o desgracia, las habitaciones eran un poco más simples, aunque se mantenían los colores granates y dorados con alguna estampación floral poco discreta en las cortinas.
en recepción, y después de pagar el taxi y prometerle al taxista llamarle para la vuelta al aeropuerto, cuatrocientas rupias eran cuatrocientas rupias, rellenó el papeleo de rigor y se quedaron con su pasaporte y sus maletas. subió al sexto piso y, arrastrando los pies, entró en la habitación. una ráfaga de aire helado artificial le dio la bienvenida. se sentó en una de las dos camas individuales y deseó estar en cualquier otro sito, lejos de allí. tenía hambre, sueño, agotamiento, migraña y cuatro horas para la reunión del día siguiente.
llamaron a la puerta. el chico que le traía las maletas parecía más cansado que ella y sin embargo, sonreía. mientras diana rebuscaba unas monedas de propina, él repasó la habitación con rapidez: era más grande que toda su casa donde vivían ocho personas.

cuando se metió en la cama eran casi las cinco de la mañana. primero se giró hacia la derecha, después hacia la izquierda, más tarde boca arriba y finalmente boca abajo. en ninguna posición conseguía estar cómoda. el colchón era duro como una piedra, la cama pequeña y la manta demasiado delgada. llamó a recepción.
-¿hola? – contestó una voz masculina después de cuatro minutos dejando sonar el timbre.
-hola, ¿alguien podría subirme una aspirina?
-¿una aspirina ha dicho, madame? – repitió, sorprendido por la petición.
-sí.
-¿tiene dolor de cabeza?

diana se quedó callada un instante. “no, no tengo dolor de cabeza. tengo una migraña terrible por no haber dormido en dos días, estoy hasta los ovarios de ir de aquí para allá, de la comida picante, del olor a curry, de esperar, de cargar con las maletas, de que me pregunten si es mi primera vez en este pais, de que las producciones no estén bien, de que las visitas a las fábricas se alarguen hasta horas interminables, de que me observen a todas horas, de comidas de negocios para quedar bien, del calor abrasador en la calle, de pueblos perdidos en medio de la nada y de que me llamen madame. así que por favor, subanme una jodida aspirina y déjese de preguntas, que son las cinco y quiero dormir!”.

-sí, tengo dolor de cabeza - respondió.
-vaya, veremos lo que podemos hacer, madame.

sabía que esa noche tampoco iba a dormir ya. se levantó de la cama, corrió un poco las cortinas floreadas y vio la familiar vista de kanpur a sus pies. empezaba a clarear y a lo lejos sonaban los primeros cantos llamando a la oración. en los techos-terraza de algunas casas dormían familias enteras. las calles sin asfaltar que en unas pocas horas estarían sobrecargadas de motos, bicicletas, coches y rickshaws, estaban ahora vacías y silenciosas. sólo los perros, los cerdos y alguna vaca husmeaban los restos de comida esparcidos por el suelo. hizo memoria: ese año había estado unas diez veces en kanpur. el pasado unas veinte. sólo conocía el trayecto del hotel a la fábrica, y la mayoría de ocasiones lo pasaba durmiendo. llamó de nuevo a recepción.
-¿hola? – respondió la misma voz que antes, con el mismo rato de espera.
-hola. soy yo de nuevo, la de la aspirina.
-ah sí, madame. estamos intentando conseguir un par.
habían pasado treinta minutos desde la primera llamada.
-no se preocupe. ya no las necesito.
-¿ya se encuentra mejor?
-sí, mucho mejor. muchas gracias.
-me alegro, madame. de nada, madame.

continuó mirando por la ventana todos los detalles que nunca antes había observado hasta que se hizo de día y la ciudad recuperó su bullicio y caos habitual.
cuando salió al exterior se había olvidado del sueño, del hambre, de su cabeza y de su reunión. eran las nueve de la mañana, el termómetro marcaba casi treinta grados y estaba en kanpur, india.

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