28 noviembre 2010

es lo que tienen las grandes metrópolis: uno puede pasear y en las cuatro horas de caminata no repite calle, el estruendo del asfalto evita escuchar conversaciones trascendentales, ningún rostro es familiar y el reguetón de los vecinos nos despierta a las cinco de la mañana, pero en vez de ponernos de mala leche, danzamos en pijamas de ositos volátiles y nubes de peluche. o era al revés.
y qué más da que no me guste el reguetón? vivo en la ciudad y cuando toque mudarse a otra mayor, más tráfico caótico, más rostros anónimos, más conversaciones triviales y más reguetón.

urbaniteándome. cada día más y mejor.

24 noviembre 2010

lo bueno del edificio donde vivo es que tiene once plantas y cuando coincido con ella en el ascensor el viaje se hace perfectamente largo. yo vivo en la novena, ella en la séptima.
siempre sujeto la puerta y la dejo pasar primero. sé que le gusta porqué sonríe, levanta un poco la cabeza y me mira a los ojos agradecida, como si le hubiera salvado la vida en un terrible accidente. después entro yo, me situo a su lado y permanecemos en silencio. no es un silencio incómodo. es uno de esos silencios sin trampa, que explican más que cualquier palabra sobrante.
cuando el ascensor se pone en marcha, ella se acerca lentamente y apoya su cabeza en mi hombro. su cabello oscuro y despeinado me da cosquillas en el cuello y siento el peso de su día. no siempre es ligero. a veces espera que sea yo quien me aproxime. en esos casos, cojo una de sus manos y la aprieto suavemente para que no se escape. siempre las tiene heladas, sea invierno o verano.
nunca hablamos.

hoy ha venido ella. mirándome sin pestañear, ha colocado su mano dentro de mi bolsillo de la chaqueta. quería abrazarla pero no lo hice. notaba como su corazón latía pausado y su respiración le seguía el ritmo. tenía una mirada alegre aunque no he sabido descubrir qué significaba, si es que tenía algún significado.
cuando hemos llegado al séptimo ha retirado su mano y me ha dicho adiós. es la primera vez que he escuchado su voz. inmediatamente después he puesto la mano en mi bolsillo. había dejado una nota arrugada, con letra pequeña y redondeada, como quien está aprendiendo a escribir: “ojalá vivas todos los días de tu vida”, decía.

19 noviembre 2010

desviaciones curriculares

era la tercera que tenía esa semana y esto hacía que se sintiese afortunado. la mayoría de personas, tal y como estaba la situación en el país, no conseguían ni una al mes, ni una al año, probablemente. sentado en uno de los cómodos sillones de piel de la sala de espera, memorizaba las respuestas que había ido repitiendo en las dos últimas ocasiones, en otras salas de espera, con sillones más o menos del mismo estilo. 
-sr. molina, ¿no es así? bien, bien… ¿veo que estudió usted en la universidad de boston? ¿y trabajó también allí, en boston? ¿en silver & morgan ltd? bien, bien… esto es muy interesante. ¿y cuáles eran sus funciones exactamente en silver & morgan ltd? ¿y por qué quiere cambiarse ahora de trabajo? ¿qué cree que puede usted aportar a nuestra empresa? ¿ha oído hablar alguna vez de nuestra compañía? 
para él se había convertido en una tarea muy fácil, bastaba con enchufar el piloto automático y soltar las explicaciones que ellos deseaban escuchar: sí, cinco años en boston. trabajando y estudiando al mismo tiempo. era un tipo responsable. ocupando un puesto de alta responsabilidad que incluía el siempre bien visto trabajo en equipo, dotes de mando, organización, competitividad, don de gentes y sus aportaciones a la empresa serían ésta y ésta otra y sí, por supuesto que conocía la compañía. ¿y quién no? de hecho, hacía mucho tiempo que les conocía y había leído y escuchado grandes excelencias de ella, no sólo por sus acciones sino por los profesionales que las llevaban a cabo. por este mismo motivo sería una enorme oportunidad para él poder unirse al grupo y aprender y mejorar en su carrera laboral y también como persona. en ese momento tenía comprobado que la cara del entrevistador solía dibujar una discreta y boba sonrisa, orgullos y privilegiado por pertenecer ya al selecto grupo y tener la decisión final para ofrecer la posibilidad a otros de formar parte de la élite. esta era su táctica, y junto a su historial plasmado en un currículum inmaculado, solía funcionar. perfectamente trajeado, repeinado hacia atrás, con la manicura recién hecha y un poco de perfume fresco y ligero, fantaseó en cómo sería trabajar en esa compañía y si tendría un despacho con vistas a la ciudad, si habría alguna compañera que le alegrara la vista o si su jefe sería un despota. también tendría que ir pensando a qué compañía les decía que sí. sin duda con las otras dos anteriores entrevistas había causado una impresión inmejorable y sabía con certeza que el puesto era suyo. él sin embargo, tenía especial interés en esta tercera, mejor remunerada y con mejores condiciones, así que debería ofrecer su mejor perfil, hacer hincapié en su capacidad para… la recepcionista entró en la sala y le despertó de sus ensoñaciones. él enderezó su espalda y se saludaron. con una sonrisa entrenada para estos casos, la chica le pidió que le acompañara y él se levantó de inmediato y la siguió hacia un pequeño despacho. no pudo evitar fijarse en sus bonitas piernas, largas, morenas y bien torneadas. a ahí tenía la chica que le alegraría la vista por las mañanas. decidió que cuando le ofrecieran el puesto, tal vez la invitaría algún día a tomar una copa, o mejor aún, a su casa. 
-ahora mismo vendrán para hacerle la entrevista – dijo ella dejando entrever una dentadura torcida y amarillenta. 
-muchas gracias. 
-¿desea un café? 
-no, gracias, no hace falta – contestó él apartando la vista de sus dientes y descartando la posibilidad de invitarla a ninguna parte. 

el despacho era pequeño y estaba desprovisto de cualquier elemento que pudiera distraer la atención; una mesa redonda de madera oscura ocupaba el espacio central, un teléfono encima, un fluorescente frío e impersonal, un calendario con fotos de paisajes colgado en la pared y un par de sillas forradas con piel alrededor de la mesa eran el único mobiliario. estaba bien acostumbrado a este tipo de situaciones y por lo tanto no notaba los típicos nervios en el estómago, ni las manos sudadas, ni las dudas de si su currículum estaría suficientemente bien detallado. de hecho, era más bien lo contrario, le gustaban las entrevistas de trabajo: uno podía hablar de sí mismo eternamente, mientras el otro asentía y anotaba sus impresiones en el margen de los folios. era como ir al psicólogo pero sin pagar, pensó, aunque él tampoco había ido nunca al psicólogo. no le hacía falta. él siempre estaba bien y los problemas tenía que arreglarlos uno mismo. 
esperó cinco minutos hasta que entró en la habitación un hombre mayor, de unos sesenta años, bajito, de tripa prominente, con gafas, el semblante serio y el pelo canoso. se presentó como el señor alejandro rojas, jefe de recursos humanos. tenía una voz grave y dedujo por su presentación directa y escueta que no le gustaba perder el tiempo en nimiedades. estrecharon la mano, se sentó enfrente de él y echó una ojeada rápida a las hojas que había traído consigo. 
-bien, bien, bien… señor álvaro molina – dijo alzando las cejas y mirándole con cierta curiosidad - ¿veo que estudió usted en la universidad de boston? -sí, así es. 
 -¿y estuvo también trabajando allí una buena temporada? 
-cinco años. 
-bien, bien. ¿supongo que fue una buena experiencia? 
-sin duda, la mejor. 
-lo imagino. y nada más y nada menos que en silver & morgan ltd… cuando yo tenía su edad también estuve una época viviendo en el extranjero. en nantes. 
-qué interesante – mintió. 
-sí, fue una época bonita - se quedó mirando el muro unos instantes, rememorando los años en nantes, una ciudad que odió desde el primer día en el que aterrizó y a la que se prometió no volver jamás en su vida. – recuerdo el frío que hacía en invierno y que a la cuatro de la tarde ya era negra noche. desde luego creo que nunca podría acostumbrarme a eso, pero tenían buenos quesos, eso sí. 
-vaya, algo es algo. 
álvaro molina cruzó su pierna derecha y el señor alejandro rojas adivinó su impaciencia por retomar la entrevista. 
-en fin, no estamos aquí para hablar de mí, sino de usted. 
los dos hombres sonrieron y el señor alejandro rojas volvió a repasar la información de los folios. era obvio que no se había tomado la molestia de hacerlo hasta el momento de la entrevista y a álvaro molina le pareció un detalle muy poco profesional. pasó un minuto y después otro. las manos de álvaro molina comenzaron a sudar. se preguntó si el hombre no estaría ya un poco senil para ese puesto. el señor alejandro rojas continuó un rato más en silencio con los ojos pegados al papel. finalmente carraspeó, se pasó la mano por la frente y miró al joven por debajo de sus gruesas gafas. 
-bueno… - dijo dubitativo y con un tono de voz que trataba de ser amigable y conciliador – aquí leo algo que no sé muy bien cómo tomarme… 
-dígame. 
-no sé si se tratará de un error. es algo poco común, la verdad. – declaró sin atreverse a decirlo de una vez. 
álvaro molina se secó las manos con los pantalones, sin ningún disimulo. hizo un rápido repaso mental a su currículum y a su trayectoria profesional. no sabía muy bien a qué se debía tanto misterio y hubiera deseado poder beber un poco de agua. 
-verá… - continuó - aquí pone… aquí pone que… que le gusta a usted… vestirse de mujer – y esta vez no se atrevió a levantar la vista. 
-¿cómo dice? -me sorprende más a mí que a usted. sinceramente… no he podido evitar comentárselo. tampoco sé si se es un error o una broma y desde luego me gustaría pensar que se trata de lo primero porque con los tiempos que corren no estamos aquí para perder el tiempo ni usted ni yo. 
-sin duda tiene que ser un error. un grave error. este no es mi currículum - respondió álvaro molina alzando la voz más de la cuenta. 
el señor alejandro rojas se quitó las gafas y las dejó encima de la mesa. estaba acostumbrado a lidiar con la desesperación de los que hacía meses que buscaban trabajo y no encontraban, con los que no tenían suficiente preparación, con los que tenían demasiado, con los que le hacían perder el tiempo y con los que creían saberlo todo. decidió que álvaro molina estaba en el último grupo y que además era un cretino. con pausada calma y un suspiro suficientemente alto para que álvaro molina se percatara de su malestar, alargó las hojas impresas a lo largo de la mesa oscura y señaló con su índice el apartado de “otros datos de interés”, donde explicita y claramente se declaraba que al sr. álvaro molina, de treinta años, soltero, licenciado en economía, viviendo y trabajando en boston durante cinco años y con un nivel alto en inglés y alemán, le gustaba vestirse de mujer. álvaro molina le arrebató la hoja y releyó la frase un par de veces hasta que se le nubló la vista. notaba que le apretaba la corbata, le molestaba la chaqueta y le faltaba el aire. pasaron unos segundos más en los que no se le ocurrió nada qué decir, ni tan siquiera levantar la mirada del maldito currículum. 
-la verdad – declaró derrotado al final - es que no sé cómo ha llegado esto aquí. 
el señor alejandro rojas respiró aliviado. quizá no era tan cretino como había imaginado, aunque a él tampoco le quedaba claro como alguien que parecía tan profesional y preparado hubiera cometido un error tan torpe. 
-no se preocupe. estoy seguro de que no se dio cuenta cuando escribía su currículum. estas cosas pasan. - mintió también él. 
-sí... desde luego, una equivocación. estaría pensando en… bueno, da igual. lo siento muchísimo. puedo reescribirlo de nuevo y enviárselo hoy mismo. 
-creo que no hará falta. ignoremos este contratiempo y si le parece bien, continuemos con la entrevista. 
álvaro molina hubiera querido replicar que no era necesario. que mejor se marchaba a su casa y se olvidaban de todo el asunto, que habrían otras personas más preparadas que él y que en realidad ya no deseaba entrar en la empresa. ya sólo quería salir a la calle, aflojarse la corbata, respirar aire fresco, secarse las manos de nuevo y beber un poco de agua. 
-por supuesto, continuemos - mintió por segunda vez.
el resto de la entrevista fue un breve formalismo en el que el señor alejandro rojas intentó concentrarse y escuchar con atención las respuestas inconexas y balbuceantes que álvaro molina iba aportando, pero cada vez que le miraba, a través de sus gruesas gafas, no podía evitar preguntarse cómo le sentarían unos tacones de diez centímetros. 

17 noviembre 2010

no me vas a gustar

esta noche, mi madre y su nueva pareja vienen a casa a cenar. es noche de presentaciones oficiales. se conocieron hace unos tres o cuatro meses, en la cola del fnac. después él la invitó a un café y la cosa siguió su curso habitual.
ella asegura que me va a gustar, que es un buen hombre, inteligente, con un buen trabajo y afirma que nos llevaremos bien. le he dicho que estoy segura que así será y que si ella es feliz, yo soy feliz. qué gran frase! no quería ponerla más nerviosa de lo que ya debe estar. pero sé que no me va a gustar. de hecho, probablemente acabe odiándole. da igual que haya leído millones de libros, que colabore con alguna asociación benéfica, que su sueldo triplique el mío y que además quedara finalista en el concurso de mister mundo. no va a gustarme porqué cuando vea su cara, también veré la de mi padre: solo, viejo, sentado en el sofá de un comedor vacío, mirando alguna estupidez en la tele y carcomiéndose por dentro, pensando una y otra vez qué falló y porqué no se dio cuenta antes.

así que mamá, aunque lleve toda la mañana en la cocina y haya comprado flores y os anime a hacer ese viaje del que tanto hablais y sonría durante toda la velada, no me va a gustar tu nueva pareja. y no lo voy a sentir.

12 noviembre 2010

siempre había sido puntual. solía llegar a las citas dos o tres minutos antes de la hora. salía de casa con el tiempo bien cronometrado; lo justo para no correr, ni para estar esperando mucho tiempo. me molestaba tener que esperar. me parecía una falta de respeto grave y alguna vez, si a los diez minutos no había aparecido la persona con la que había quedado, me marchaba sin remordimiento alguno. esperar me parecía una actividad tediosa y sin sentido, una pésima manera de mal gastar un tiempo que no producía nada.
sin embargo un día salí un buen rato antes de casa. al llegar al punto de encuentro con mi cita descubrí, algo turbado, que todavía faltaba una hora para que ésta llegara y, a pesar de mi reticencia inicial, decidí esperar. me senté en un banco, al lado de dos abuelas, de pelo violáceo, que parecían ejercer de forma profesional la misma actividad en la que me iniciaba yo. de vez en cuando las miraba por si tal ocupación precisaba de algún extra como cacarear o recitar poesías a pleno pulmón, pero observé que no era así. esperar sólo consistía en esperar. como mucho, cada cierto tiempo, una de ellas comentaba alguna trivialidad como que si esa chica llevaba una falda muy corta, que si su nieto era lo más rico del mundo o que si tenía el colesterol por las nubes. la otra asentía solemne. en mi caso, sin interlocutor a quien informar y no queriendo intervenir en los comentarios de mis vecinas para no parecer entrometido, esperaba solamente.

a partir de ese día, todo cambió. primero comencé con periodos breves de diez o quince minutos, pero después lo alargué a media hora y más tarde a cuarenta o cincuenta minutos.
ahora suelo presentarme a mis citas dos horas antes, como mínimo. cuando llegan y me preguntan si hace mucho que estoy esperando, contesto que no el suficiente. ellas piensan que soy cortés y ellos se ríen de mi broma repetitiva.
esperar: tener esa inquieta sensación de que algo va a ocurrir, de que alguien va venir a mi encuentro, de que algo va a alterarse. o quizás no. quizás sea simplemente una gran pérdida de tiempo.

09 noviembre 2010

En un estudio publicado en 1895 en la revista Cincinati Medical Journal, el Dr. L.M. Phillips reflexionaba sobre la siguiente cuestión: "¿Qué influencia ejercen sobre mentes susceptibles las esculturas de desnudos expuestas en nuestros museos públicos y en el teatro fin-de-siecle?" Su respuesta fue un intento de aclarar el misterio de esta particular perversidad sexual por medio de su cuantificación. Excepto el caso de los artistas, a quienes se les había enseñado que la desnudez no era lasciva, y el 1% de la población que jamás había experimentado excitación sexual, todo el resto de la población, según creía el Dr. Phillips, sentía fuertes deseos sexuales cada vez que se enfrentaba a esas imágenes. Al 60% de la población, sexualmente sano, no le sucedía nada anormal. Pero al otro 39 por ciento la impresión que causaban estas estatuas era tan extraordinaria que perduraba mucho tiempo después. De hecho, la vista de esta desnudez causaba tal trastorno mental que podía conducir a la ninfomanía.

Una historia de la ninfomanía - Carol Groneman

05 noviembre 2010

01 noviembre 2010

¿día de los muertos?



anita berber. según los libros, bailarina, actriz, exhibicionista, prostituta, musa... no crean todo lo que está escrito en los libros. ni en los blogs.