22 junio 2010

se consideraba un buen jefe: escuchaba a sus empleados, se preocupaba por ellos y siempre que debían trabajar extra, les recompensaba de alguna manera u otra. de hecho, su equipo era uno de los pocos que seguía intacto desde que habían empezado a recortar personal en la empresa. pero los buenos tiempos también se habían acabado para ellos.
acababa de salir de la reunión con el presidente y a pesar de las buenas maneras y la conversación agradable, el mensaje no dejaba lugar a dudas: debía despedir a uno de sus trabajadores. no le había especificado el nombre, esto, dijo, lo dejo a su elección que seguro será la correcta, lo cual dificultaba todavía más la decisión.
en sus veinte años trabajando para esa compañía nunca se había visto en semejante situación y cuando llegó a su casa, clara, su mujer, notó que algo grave ocurría.
-¿y esta cara de muerto? – saludó mientras seguía sentada en el sofá pintándose las uñas.
-he tenido una reunión esta tarde con el presidente.
se sentó a su lado y la observó durante unos segundos. se había puesto el pijama y llevaba el pelo recogido.
-oye… se me olvidó ir a por pan. puedes ir tú? tu hijo no viene a cenar, así que no compres mucho.
-claro.
permaneció sentado un rato más hasta que ella le miró de nuevo.
-¿vas a ir antes de que cierren o qué?

cuando volvió con el pan, clara había puesto la mesa y había preparado una ensalada.
-¿qué me has dicho de una reunión? – preguntó con desgana
-da igual. nada importante.
-!típico de ti! nunca me cuentas nada.
comieron viendo las noticias. después ella se fue a la cama y él recogió la cocina en silencio, como solía hacer. durmió poco y a las seis de la mañana se levantó y fue directo al trabajo sin desayunar.

cuando llegó hizo una lista de su equipo. eran nueve personas, la mayoría casados, con hijos y con más de diez años trabajando para él. consideraba una traición dejar a alguno de ellos a la deriva. sólo un par hacía poco que se habían incorporado y por lo tanto creyó que tenía más sentido prescindir de alguno de los dos. sergio hacía cuatro años que trabajaba en la empresa. era serio, responsable y en todo este tiempo nunca había enfermado. además, había oído rumores de que estaba a punto de comprarse un piso y por algún motivo desconocido, le recordaba a su hijo. los dos poco habladores y algo toscos pero demasiado válido como para dejarlo escapar.
a alex le había contratado hacía menos de dos años y era el más joven de todos. repasó su currículum: 29 años, soltero, con dos carreras a sus espaldas y un buen nivel de inglés. no tendría problemas para encontrar otro trabajo. decidió, sin embargo, esperar un par de días antes de reunirse con él y comunicarle la noticia.
a las ocho y media empezaron a llegar los empleados, los teléfonos se pusieron de acuerdo para sonar al mismo tiempo y se multiplicaron las reuniones. a pesar de todo, cada vez que tenía un minuto libre, miraba a alex, en su mesa, concentrado en su trabajo y se preguntaba si no se estaría equivocando. parecía motivado, bien integrado con el resto de sus compañeros, siempre bromeando y dispuesto a comerse el mundo. no era justo.

se marchó a casa a media tarde a pesar de tener temas pendientes que resolver. le dolía la cabeza y no conseguía concentrarse en nada.
-¿qué haces tú aquí? – gruñó clara al verlo entrar
-¿vivo aquí, no?
-no hay quien te aguante, de verdad.

esa noche durmió en el sofá. a las dos de la mañana le despertó su hijo que llegaba a casa. los dos se miraron algo sorprendidos.
-¿llegas ahora hijo?
-sí, estuve con los colegas por ahí.
-ya. ¿cómo va todo?
-bien. me voy a dormir. estoy cansado.
mientras su hijo subía las escaleras hacia su habitación, pensó que esta había sido una de las conversaciones más largas que había tenido con él ultimamente.
no pudo conciliar de nuevo el sueño. cogió una de las revistas de clara y leyó un artículo sobre cómo perder cinco kilos en cinco días, encendió la televisión y vio un partido de rugby que no le interesaba lo más mínimo y finalmente se quedó dormido viendo una película de bajo presupuesto de extraterrestres que conquistaban la tierra y ya de paso, exterminaban a toda la humanidad. justo antes de dormirse tomó la decisión de no alargar más el tema de alex y hablar con él al día siguiente.

-¿puedes venir un momento?
-sí claro.
álex entró a su despacho a los pocos segundos, con un bloc para tomar notas en la mano. se sentó en una de las dos sillas delante de la mesa y le miró a la espera de que iniciara la conversación.
-verás álex, las cosas no van bien en la empresa. habrás notado que ha habido algunos recortes de personal en los últimos meses y...
-espera, espera andrés.
era la primera vez en años que alguien le llamaba por su nombre de pila en el trabajo.
-¿me vas a despedir? – preguntó álex.
-eso me temo - contestó bajando la mirada.
-ostras… por fin. pensaba que no lo ibas a hacer nunca.
-¿te alegras? – respondió desconcertado
-¿sinceramente? sí. aquí hace tiempo que no pinto nada – dijo con seguridad.

el departamento de personal le entregó los papeles, los firmó, recogió sus cosas personales y esa misma tarde alex se despedía de todos.
andrés se quedó trabajando hasta tarde. acabó los asuntos que no había terminado y a las nueve llamó a clara para invitarla a cenar fuera.

21 junio 2010

summertime,
and the livin' is easy
fish are jumpin'
and the cotton is high

your daddy's rich
and your mamma's good lookin'
so hush little baby
don't you cry

one of these mornings
you're going to rise up singing
then you'll spread your wings
and you'll take to the sky

but till that morning
there's a'nothing can harm you
with daddy and mamma standing by




16 junio 2010

café con santa marta

- mira lo que me ha regalado maría esta mañana nada más entrar por la puerta
- una estampa?
- de santa marta
- joder. a mi me dio una el año pasado. de san judas, creo. la tiré. me daba mal rollo
- la tiraste? estas cosas no se pueden tirar
- ya, lo imaginé. así me va. y qué se supone que tienes que hacer?
- leer una novena
- qué?
- leer el texto de detrás nueve veces y después, tres padre nuestros.
- cada cuando?
- ummm… esto no lo sé. se supone que luego pides un deseo y se cumplirá
- lo vas a hacer?
- no!
- te sabes el padre nuestro?
- no…
- voy a por un café. quieres algo?
- mi deseo
- con dos de azúcar?
- y corto de leche

14 junio 2010

Después de pagar a los abogados, aún me quedó algo de dinero para poder comprar una casita. Pero me atrajeron más las posiblidades de cambio que ofrece el alquiler. De alguna manera, mi vida en este dúplex de juguete me parecía un adecuado maridaje de temperamentos. Oh..., te horrorozaría... Todo este mobiliario de madera conglomerada desafía el lema de tu padre: "La calidad de los materiales lo es todo." Pero lo que a mí me atrae de ellos es, precisamente, ese aspecto de precariedad que entrañan.
Todo es precario aquí. La empinada escalera que lleva al segundo piso carece de barandilla, con lo que mi ascensión para irme a la cama por las noches, después de haber bebido tres copas de vino, es un un tanto excitada por el efecto del vértigo. Los suelos crujen y los marcos de las ventanas no encajan todo lo bien que deberían, de manera que todo tiene un aire de fragilidad, de ser poco fiable, como si en cualquier momento la estructura entera del edificio pudiera, simplemente, desvanecerse como una mala idea. Las diminutas bombillas halógenas del piso bajo, que penden de bamboleantes perchas metálicas oxidadas, colgadas de un cable eléctrico tendido a lo largo del techo, tienen tendencia a parpadear, y su luz trémula contribuye a crear esta sensación de "ahora caigo, ahora me levanto" que caracteriza mi nueva vida. De modo similar, las entrañas de mi único enchufe telefónico están desparramadas; mi insegura conexión con el mundo cuelga de dos alambres mal soldados, y a menudo se corta.
...
En cuanto a la decoración del interior, me sugiere cierta actitud burlona que me parece muy adecuada. La planta inferior está pintada chapuceramente de un amarillo rabioso y desagradable, a base de torpes brochazos que no llegan a cubrir por completo la anterior pintura blanca, que reaparece como si se tratara de rayas trazadas con tiza. En el piso de arriba, en mi dormitorio, las paredes han sido pintadas torpemente de color azulverdoso por un aficionado que utilizó una esponja, y el conjunto recuerda los chafarrinones de un estudiante de primaria. No es posible sentir esta vacilante casita como real. Y yo tampoco me siento real dentro de ella.

Tenemos que hablar de Kevin, Lionel Shriver