19 mayo 2010

a nosotros no nos pasará esto

ir a ver una exposición con ella era algo exasperante. primero porqué el sonido de sus tacones importunaba a todos y segundo, porqué tenía la manía de adelantarse un par de obras más para luego apremiarme con prisas: debía enseñarme algo muy importante que probablemente a mi se me pasaría por alto. y tenía razón, sobretodo en el segundo punto. a mi se me pasaba todo por alto porqué en realidad me daba igual un cuadro de rothko que una instalación de tracy emin. y si menciono a estos dos, no es porqué sepa quienes son o me gusten su obras. es más bien porqué decidí regalarle los catalogos el día de su cumpleaños y los estuve ojeando un buen rato antes de comprarlos. menuda mierda. me gasté más de cien euros pero supongo que valió la pena: a ella le encantaron, me invitó a cenar y después, a su casa. era un viernes por la noche y no salí de su apartamento hasta el lunes por la mañana. fue nuestra primera cita después de semanas de exposiciones, cafés, cines, retrocesos indeseados y avances prometedores.
ese lunes, cuando entré en la oficina, después de pasar el fin de semana con ella a nadie le pasó desapercibida ni mi sonrisa, ni mis ojeras. a media mañana recibí un mensaje: “tengo ganas de verte”.

a partir de aquí las cosas sólo podían empeorar: nos vimos tres fines de semana seguidos, luego algún dia entre semana, los amigos empezaron a asociarnos juntos y de repente, eramos una pareja y salíamos. y me gustaba. nos entendíamos aunque teníamos poco en común: yo improvisaba, ella planeaba, yo comía carne, ella era vegetariana, yo fumaba, ella no, yo bebía, ella también. algo es algo.
a pesar de las diferencias nos adaptamos bien. sorprendentemente bien, diría yo. no me importó dejar de ver a mis amigos, saltarme un barça-madrid ni ensayar menos con el grupo. ibamos al cine los domingos por la tarde, echabamos largas siestas los sábados depués de comer, le regalé una rosa por san jordi, fuimos quince días de vacaciones en agosto, me compró un reloj para mi cumpleaños y pasamos el 25 de diciembre con su familia y el 26 con la mía.

cuando hicimos nuestro primer año fuimos a celebrarlo a un restaurante que nos habían recomendado sus amigos. se notaba que nos clavarían por unos platos de porciones invisibles pero se suponía que ese día todo nos daba igual. nos sentamos en un rincón, disfrutando de algo de privacidad y de una buena panorámica del local: la mayoría de mesas vacías, un pianista concentrado en su papel, velas encendidas y a nuestra derecha una pareja mayor que comía en silencio.
no pudo evitar mirarlos un buen rato. a veces su sentido del disimulo dejaba mucho que desear. imaginé que estaría observando el peinado de ella o la corbata de él.
- a nosotros no nos pasará esto, verdad? – dijo por fin con cara y voz apenada.
- el qué? – contesté yo algo desconcertado. me giré en dirección a esa pareja: su peinado me parecía correcto e incluso me gustó la corbata de él.
- esto… estar así, sin decir nada.

esperaba que le contestara que no, que nosotros siempre tendríamos algo que decir, algo de lo que reírnos o temas de los que discutir acaloradamente porque nosotros eramos diferentes al resto.
pero no fue así. recordé qué había sucedido en el último año y reconocí, con más pena que ella, que habíamos hecho exactamente lo mismo que el resto de parejas.
sonreí sin mucha convicción, le cogí la mano y la apreté suavemente. comimos en silencio y al salir del restaurante, ya en la calle, le devolví el reloj.

13 mayo 2010

a la deriva

-la mayoría de niños que vienen a la piscina son gordos. 

lo dijo así, sin más, sin que viniera a cuento en medio del silencio que hacía ya un buen rato nos rodeaba, mientras tomábamos un café en el bar de siempre. era jueves por la tarde y fuera lloviznaba por tercer día consecutivo. siempre quedábamos los jueves porque era el día que a él le iba mejor. a mí me era indiferente; en los últimos meses me dedicaba a no hacer nada y me daba igual quedar un día u otro, una hora u otra. si oliver me hubiera dicho de quedar un lunes a las cinco de la mañana, allí me hubiera tenido, esperándole. él se dedicaba a vigilar en la piscina municipal del barrio. supongo que se podría decir que era socorrista pero no me gusta usar esta palabra a oliver porque cuando uno se imagina a un socorrista se imagina a una persona corpulenta, con los brazos fuertes, con las abdominales bien marcadas y espalda ancha y piernas musculadas y él no tenía nada de esto. tampoco es que fuera un palillo, ni feo. era más bien normal y corriente, del montón, de los que no te pararías en medio de la calle para admirar. era alto, eso sí, me sacaba dos cabezas, y tenía el pelo corto de color ceniza, una nariz puntiaguda, los ojos hundidos y la mirada apagada. últimamente se le habían acumulado unos kilos de más en la tripa y él lo disimulaba comprando camisetas dos tallas más grandes. cuando alguna vez yo había bromeado sobre su creciente tripa él contestaba, molesto, que yo tampoco era miss mundo. y tenía razón. tampoco nadie se hubiera girado en medio de la calle al verme pasar. de hecho, cuando nos desnudábamos en la habitación del hostal que alquilábamos los jueves, mirábamos de reojo como nuestros respectivos cuerpos se alejaban mucho de esa perfección con la que nos bombardeaban en la televisión y las revistas de cotilleos. a él le gustaba hojear revistas de moda, algo que siempre me extrañó porque pensaba que eso era más bien cosa de mujeres. pasaba las páginas observando esas bellezas perfectas e insuperables y cuando encontraba alguna que le llamaba especialmente la atención, se detenía, la señalaba y me la mostraba orgulloso, como si la conociera de toda la vida o se hubiera acostado con ella alguna vez: 
-mira, la angelina jolie, esta sí que es espectacular, no lo negarás. 
yo asentía, a su lado, desnuda, mirando por la ventana y fumando un último cigarrillo antes de dejar la habitación y él seguía pasando las páginas de la revista y admirando esos cuerpos magníficos. 

a veces me invitaba a la piscina donde trabajaba. no me gusta nadar ni tampoco sé hacerlo demasiado bien porque en el colegio nunca nos enseñaron y mis padres no creyeron que fuera importante para llegar a ser algo en la vida, así que pasaba las horas echada en los bancos de madera donde daba el sol, observando los precisos movimientos de los nadadores, cómo se deslizaban en el agua, cómo su piel brillaba con los reflejos del sol, o cómo oliver regañaba a los que no llevaban el gorro puesto o salpicaban a los demás. me gustaba verle en su trabajo porque parecía otro. más seguro, más estable. menos titubeante ante la vida. cuando me cansaba, regresaba a casa, sin prisa, y notaba como la piel me ardía con el contacto con la ropa. algunas veces esperaba a que él terminara su turno y nos íbamos los tres: yo, oliver y berta, su novia. íbamos a tomar unas cervezas en alguna terraza, si hacía buen tiempo, o al cine a ver algún clásico en blanco y negro. le gustaba sentarse en medio de las dos. decía que se sentía afortunado por estar rodeado de hermosas mujeres y sólo cuando la sala estaba totalmente oscura, notaba su mano subiendo por mis muslos y un agradable cosquilleo. nunca vi su otra mano en el muslo de su novia. 
berta y él vivían juntos desde hacía dos años y estaban ahorrando para casarse. oliver se lo había pedido justo el día de mi cumpleaños. ese año me regaló una botella de perfume barato que todavía tenía la etiqueta del precio y cuando ella dijo sí, los dos me llamaron ilusionados. yo escuché sus planes y por supuesto su invitación a la boda y cuando colgué me di cuenta de que necesitaría una buena excusa para no asistir. oliver decía que la quería mucho y que nunca encontraría a nadie como ella. le creía. pero al mismo tiempo, aseguraba, era incapaz de dejarme y creo que jamás se lo había ni tan siquiera planteado. cuando nos conocimos, en una de esas sesiones de cine de madrugada, hacía años que los dos salían juntos y una semana después de habernos acostado por primera vez, les ayudé a mudarse a su nuevo piso. era un apartamento pequeño, bonito y céntrico, pero muy ruidoso, especialmente en verano cuando las ventanas estaban abiertas de par en par y parecía que los coches pasaran por en medio del comedor. me invitaron varias veces a cenar o a tomar el café. “con lo que nos has ayudado, deberías tener pensión completa en casa”, decían, pero yo solía declinar sus ofertas hasta que ellos mismos se cansaron de mis negativas y dejaron de insistir. 
no me gustaba estar en ese piso porque me recordaba su vida en pareja y me sentía como una intrusa. nunca he sentido celos de berta, es buena persona, aunque también sé que a pesar de habernos visto varias veces, no somos amigas. y es evidente que no podremos serlo nunca mientras oliver y yo sigamos viéndonos. no podría ser tan hipócrita, ni con ella, ni conmigo misma. es posible que ella piense que soy esquiva, pero es casi mejor así, que tenga su propia versión, que viva tranquila, que no se moleste en indagar. 

miré a oliver un momento. estaba absorto en algún punto impreciso de la calle, mirando la lluvia y los viandantes. busqué con la mirada algún niño gordo que me conectase a su mente, a su última frase, pero no vi ninguno. en realidad, él tampoco esperaba ninguna respuesta, así que permanecí callada, a la espera de que continuara hablando con frases sueltas y sin sentido. pedí otro café. 
-no puedo quedarme mucho tiempo más, berta me espera. – dijo cuando el camarero se hubo ido. 
-pues vete. 
-no hace falta que te pongas así. era sólo un comentario. 
-nadie te retiene. puedes marcharte cuando quieras. 
me molestaba que a veces pudiera tener tan poco tacto y sacara el nombre de berta después de haber echado un polvo conmigo. no por mí, sino por ella. por hacerla parecer tan inocente y crédula. me fastidiaba en gran manera, aunque seguramente él veía unos celos mal gestionados, que por mi parte no existían. 
-tú y yo ya hemos cumplido. – añadí. 
-¿cumplido? ¿qué coño te ha picado ahora? 
-nada. 
 -a veces no hay quien te entienda. 
-ah, y el jueves que viene no podré quedar.
todavía no sé ni porque lo dije. supongo que quería castigarle un poco o ver una reacción, cualquiera que fuera, aunque era evidente que yo no tenía nada que hacer ni ese jueves en concreto, ni los venideros. dejó de mirar por la ventana y fijó sus ojos en mí. 
 -¿ah no? ¿por qué? – por el tono de su voz noté que se había molestado. una cosa era ser grosera y otra muy distinta cancelar nuestros encuentros. 
-no puedo, esto es todo. 
-¿desde cuándo haces planes los jueves? 
-desde hoy. 
hacía más de un año que quedábamos los jueves. siempre los jueves, los dos lo sabíamos bien. sólo cuando se habían ido algunos días de vacaciones en verano habíamos tenido que posponer las citas y jamás lo había sido por mi causa. era de esperar que la noticia le cogiese por sorpresa, y aunque eran evidentes sus ganas de largarse y dejarme con la palabra en la boca, mantuvo la mirada y se cuidó mucho de preguntarme qué planes tenía, con quién o si me estaba portando como una chiquilla malcriada. 
-está bien. disfruta de tus planes, pues. tengo que irme. ya nos veremos. 
se levantó, me dio un beso en la frente, pagó la cuenta y se marchó. la semana pasó tranquilamente. 

continuó lloviendo dos días más, luego salió el sol y empezó a hacer un calor pegajoso y sofocante. me quedé en casa la mayoría de los días. la lluvia me deprime y no soporto el calor. salía por las tardes, cuando hay menos gente por la calle y paseaba sin ningún rumbo en concreto hasta que me dolían las piernas y decidía regresar. oliver no se puso en contacto conmigo ninguno de los días, ni yo tampoco estuve pendiente de que sonara el teléfono. algunas veces hablábamos entre semana y otras no, pero los dos sabíamos el día, la hora y el lugar. no era necesario avisarnos previamente. ese jueves no me moví de la cama. las horas pasaban poco a poco y a medida que se acercaba el momento de encontrarme con él dudé de si ir al hostal y olvidar el mal entendido o quedarme y abrir una fisura entre nosotros. decidí quedarme en la cama, mirando el techo y leyendo páginas de un libro aburrido y mal redactado. más tarde me vestí y salí a caminar. pasé por delante de la catedral y me paré a observar las ancianas de pelo violáceo apresurándose para entrar a misa con sus viejos bolsos de plástico agarrados con firmeza. grupos de jóvenes se encontraban a la salida del metro y planeaban su noche de fiesta con botellas de alcohol en la mano y los turistas buscaban perdidos y desconcertados un buen restaurante donde poder cenar. 
sin saber cómo acabé delante del bar donde oliver y yo solíamos ir después del hostal. imaginó que fue la costumbre, la inercia o la casualidad. en la mesa del rincón, delante de la ventana, él y berta hablaban efusivamente y se reían. parecían felices, una verdadera pareja. él le acariciaba la rodilla y ella sorbía su té humeante, vigilando de no quemarse. berta me vio desde el otro lado del cristal y con una gran sonrisa me saludó e hizo un gesto con la mano para que me reuniera con ellos. le miré a él; tenía una expresión confusa, mezcla de temor y pena, rabia e incertidumbre. me quedé unos segundos ahí plantada, delante suyo, observando la escena y después reanudé mi paseo.

05 mayo 2010

04 mayo 2010

la teoría de los nombres

es fácil adivinar si uno va a tener o no éxito en la vida. basta con preguntarle su nombre completo: manolita perez garcia (con todo mi debido respeto a todas ellas) versus bonifacio noble amigo. juan gómez lópez o flora blanco rosal, por ejemplo. manolita o juan (de nuevo con todos mis debidos respetos) están destinados a pasar por la vida sin pena ni gloria, anónimamente, sin que la historia les recuerde por nada concreto. sin escribir un libro ni plantar un árbol. como mucho teniendo un hijo torpe que sale demasiado los fines de semana y exige su paga puntualmente. bonifacio noble amigo en cambio... ¿quién no le prestaría dinero a un nombre de este talante? o ¿quién no le pondría una floristeria a flora blanco rosal y esperaría, como mínimo, ventas y ganancias a raudales? el nombre lo es todo. 

una vez conocí a un tal paco gonzález navarro. al muchacho se le daba muy bien escribir y no lo digo porque ahora sea un buen amigo. tenía estilo propio y sus historias eran divertidas y enganchaban desde el principio. yo siempre le decía que tenía un don y que debía aprovecharlo. él contestaba que no era objetiva y que eso sólo lo decía porque éramos amigos. además de escribir bien, era un tipo honesto y le apreciaba de verdad. 
con los años, y después de mucha insistencia por parte de amigos y familiares, decidió tomarse lo de la literatura un poco en serio y terminó escribiendo un libro que nos encantó a todos los que tuvimos la oportunidad de leerlo. le animamos a que lo enviara a editoriales y agencias literarias y a pesar de sus reticencias iniciales, acabó por hacernos casos. la mayoría de editoriales a las que envió su obra ni se molestaron en confirmar el recibo del ejemplar y cuando paco gonzález navarro empezó a sospechar que su talento solamente iba a ser reconocido en su círculo de amigos y familiares, recibió una llamada de una pequeña editorial de la que nunca había oído hablar que deseaba apostar por su su obra. el editor, un hombre con basta experiencia en el mundo editorial, acostumbrado a lidiar con verdaderos genios de las letras, no consideró necesario retocar aspectos gramaticales, ni frases forzadas, ni el desenlace ni el título, que según su opinión, nunca eran lo suficientemente comerciales, lo cual alegró a mi amigo. había escuchado que en muchas ocasiones las publicaciones quedaban tan retocadas y modificadas que era imposible contemplarlas como propias, así que se consideraba doblemente afortunado. había sin embargo otro tema que sí era necesario corregir. su nombre. el editor creía imprescindible buscar un nombre menos corriente, más especial, que llamara la atención y que se quedara grabado en la mente de los futuros compradores. 
-hay que tener en cuenta –dijo el hombre una tarde de octubre en la que se habían citado los dos para ultimar algunos detalles- que actualmente ya no es suficiente con tener talento. el talento es la base, no digo que no, y tú lo tienes, paco, pero hay que haber algo más. una buena campaña de márketing, una estrategia, una planificiación. un nombre. mira, te pondré un ejemplo bien claro: marilyn monroe, no te digo más. 
-ya, bueno, pero en mi caso... 
-en tu caso nada. paco, sé de lo que estoy hablando, te lo aseguro. y al fin y al cabo... qué es un nombre. un puñado de letras sin significado, un formalismo, un sentimentalismo familiar. en definitiva, un obstáculo para conseguir la fama. 
 -visto así, quizá tengas razón.
-la tengo. ya lo verás. tú confía en mí que para esto soy tu editor. 
paco se despidió de él confiado y convencido. tenía razón. sólo era un nombre. un nombre que ni tan siquiera había elegido él. unos apellidos que le habían sido impuestos, por casualidad. pues claro que tenía razón, cómo no se había dado cuenta antes. de repente la idea de tener otro nombre le pareció estupenda. debía pensar en algo que se ajustara a su personalidad, a su nueva faceta de escritor exitoso, de hombre triunfador que se pasea por la vida seguro y optimista. así sería su nuevo nombre y su nuevo yo. ahora sólo faltaba encontrar la combinación ideal. 
de vuelta a casa, en el autobús, había dado con tres o cuatro opciones que le gustaban, pero le resultaba difícil decidirse por una. su nueva identidad estaba en juego y quería estar seguro de tomar la decisión correcta. pensó que sería una buena idea pedir consejo a familiares y amigos, pero cuando le comunicó a su madre su intención de cambiar de nombre ella montó en cólera. no entendía qué tenía de malo su nombre original y porque no podía triunfar siendo paco gonzalez. el talento, afirmó al borde de las lágrimas, tendría que estar en el libro, no en el nombre. 
-y lo está, mamá, por eso me van a publicar, pero hay que tener en cuenta también la planificación, la estrategia. ellos entienden de eso, son cosas de márketing. 
-¿de márketing? 
-de ventas. 
 -¿vas a vender más por llamarte jorge en vez de paco? 
-mamá, déjalo, tú no lo entiendes. 
-será eso, hijo, que yo no lo entiendo, pero a mí me gusta paco y por eso te llamé paco cuando naciste. 
paco supuso que su madre no era la persona más idónea para aconsejarle sobre este tema. había demasiados recuerdos y pasado de por medio y no conseguiría hacerla cambiar de opinión. acudió a sus amigos, pero no coincidíamos en ponernos de acuerdo. era demasiada responsabilidad y no queríamos que el futuro éxito o fracaso de paco recayese en un consejo erróneo por nuestra parte, así que al final, tuvo que enfrentarse solo a la decisión. 

días después se volvió a reunir con el editor. las oficinas estaban más vacías y el editor parecía cansado y nervioso. paco lo asoció a los largos horarios de trabajo y a la presión a la que debían estar sometidos. sintió pena por él y decidió que en su segundo libro, aparecería en las notas de agradecimiento. era lo mínimo que podía hacer por él. después de hablar de contratos, copias, derechos de autor, distribuidores y demás quebraderos de cabeza, el editor fue a buscar la primera maqueta del libro, recién salida del taller gráfico. allí estaba por fin, delante de sus narices: su obra, su creación, su foto, su biografía… y su nuevo nombre. necesitó unos segundos para relacionar la foto, de él, con unas brillantes letras amarillas encima de esta. 
-¿ray smith? – titubeó con voz temblorosa. 
-ray smith – repitió con aplomo el editor. 
-ese no es el nombre que yo decidí. 
-sí, lo sé, lo sé, pero con ese nombre no ibas a ir a ninguna parte, carecía de personalidad, de carácter, de... todo. ray smith, en cambio huele a best seller, a gloria, a pasar a los anales de la historia, a marilyn monroe. 
-¿tú crees? a mí no me gusta demasiado. 
-estoy convencido. no lo dudes. sé de lo que hablo, ray. esta vez salió de la editorial alicaído. debería haber estado contento, eufórico más bien, pero sentía como si le hubieran robado no sólo la obra, sino la identidad. no le caía bien ese tal ray smith que desde la sobrecubierta de la maqueta que sostenía en su mano, sonreía socarronamente. !burdo estafador! ya imaginaba el día que tuviera que firmar ejemplares en algún centro comercial y escribir “con cariño, r. s”. o cuando leyera los títulares de prensa “ray smith publica su sexta novela”. o mucho peor, cuando por la calle la gente susurrara su nombre: “mira ese que va andando por ahí es ray smith, qué guapo es y qué talento tiene”. no, no creía que pudiera mirarles a la cara.

por fortuna o desfortuna, nada de esto sucedió. meses antes de que la editorial lanzase los dos cientos ejemplares al mercado, cerró por deudas e impagos. en cualquier otra circunstancia paco hubiera llorado de rabia y se hubiera pasado los días preguntándos porque le sucedían esas cosas a él, pero esta vez respiró tranquilo. sus temores y miedos se disiparon. su libro seguiría a la sombra, desconocido y anónimo, pero al menos sentía que no tendría que engañar, ni mentir, ni firmar, ni hablar bajo un nombre que a estas alturas odiaba profundamente. ray smith, sin embargo, seguía sonriendo cada dia desde la estantería del comedor de paco, paciente, alerta y aguardando el momento idóneo para ver la luz y saltar, por fin, a la fama. 

03 mayo 2010

estreno

estreno nuevo mes.
siempre me pasa lo mismo: al principio me aprieta por todos los lados y no me siento cómoda en él. algo así como con los zapatos o como cuando vas a una fiesta donde no conoces a nadie y cuentas los minutos para marcharte. huele a nuevo, a recién estrenado y hay demasiados días en blanco que rellenar.
hecho de menos el mes anterior. a ese ya lo conocía. habíamos pasado buenos momentos juntos y me había reído con él.
tengo la sensación que paso de uno a otro superficialmente, sin profundizar demasiado, sin tiempo a pensar que, a lo mejor, me hubiera gustado quedarme unas semanas más en abril y pasar de largo, por ejemplo, enero.