23 febrero 2010

podrían dar una nota, una señal, un aviso, al menos; como la madre que, viendo jugar a su hijo al borde de una escalera, le advierte con la seguridad de quien sabe más y conoce mejor: “ten cuidado o vas a caerte”. probablemente termine sucediendo: el niño se caerá porque el juego es demasiado divertido como para pararse a pensar, sospesar las consecuencias y, disciplinado y obediente, volver a la silla. a salvo, achantado, aburrido. a mí también me hubiera gustado que alguien, una madre protectora, una ventisca helada, una bofetada en la mejilla, me hubiese avisado no sólo de la caída, sino también del prolongado dolor por la herida abierta. del hormigueo de la costra seca y tirante que deseas arrancar con las uñas aunque vuelva a sangrar. de una nueva cicatriz mal desinfectada, invisible en la piel, imborrable en la memoria. y del abismal hueco que vino después de ese día que pensé, ilusionada y crédula, que tal vez serías un jugador honesto.

al final, una partida sorda y ciega, tu victorioso triunfo y mi profetizada derrota. otra losa de mármol negra, pesada y abrumadora, como la nada.
 

20 febrero 2010

El señor Spitzweg no coge nunca el metro para ir a trabajar. Prefiere el autobús, o, si no, ir andando. Hay una buena caminata desde la Rue Marcadet hasta el distrito VI, pero le gusta andar, sobre todo a comienzos de primavera, o incluso esos luminosos días de invierno. No, para él el metro no es un medio de locomoción. El señor Spitzweg coge el metro para empaparse de humanidad. Casi se ha convertido en una costumbre. Hay una hora muy especial en que el metro se torna humano. Un día, el señor Spitzweg se encontró por casualidad, entre Saint-Lazare y La Fourche, en ese frágil momento en que todo oscila, en que los asépticos vagones no acarrean a una arisca y apresurada multitud. Serán poco después de la ocho de la tarde. De pronto le encontró gusto a aquel extraño ambiente. Para convencerse de que no había soñado, al día siguiente, volvió a coger la misma línea a la misma hora. Por segunda vez, se produjo el milagro. De modo que probó suerte de nuevo, a la misma hora en Sèvres-Babylone. Milagro confirmado. La línea no tenía nada que ver. Lo importante era el momento.
¿Cuál era la causa? El señor Spitzweg no es my amigo de analizar, de entender. Prefiere mirar. Después de las ocho, viaja aún mucha gente en el metro. Pero los que salen de trabajar lo hacen tan tarde que ya ni les urge volver a casa. Hay en su manera de sentarse uan especie de cansancio acogedor, de desencantada afabilidad. Entonces se acercan los marginados. Los borrachos y los que van por ahí rasgueando guitarras dejan de sentirse diferentes. Se entablan conversaciones entre el hombre-orquesta que ya no tiene fuerzas para tocar, el empleado de oficina que ya no tiene fuerzas para correr y el bebedor que ya no tiene nada que beber. Circulan menos trenes. La gente habla en los andenes. En una ocasión, el señor Spitzweg oyó:
- !No, hombre, qué va a estar usted acabado! A su edad...
Dese las ocho y diez hasta las nueve menos cuarto, es ya el metro nocturno. Entre el estrés del día, la soledad de más tarde, entre las carreras de los marchosos y los lúgubres gritos de los errantes nocturnos, el anonimato pasa a ser vivo y cálido. La gente se atreve a veces a contar cosas que nunca ha contado a nadie. Hablan de todo, sobre todo de nada, de la vida y todo eso... Incluso cuando no hablan, se advierte esa manera de sentarde al lado, de quedarse de pie asidos a la barra.. Separados pero juntos. El señor Spitzweg coge el metro nocturno para no ir a ninguna parte.

Llovío todo el domingo, P. Delerm

06 febrero 2010

microrrelato

pienso, le doy innecesarias vueltas a la cabeza, me obsesiono, voy al especialista, me medica, me quedo tonta perdida, luego existo.

fin.

04 febrero 2010

whisky y chocolate

soy fan del mercadona, qué le vamos a hacer? bueno, soy fan de muchas otras cosas, entre ellas, el mercadona…

precios no indigestos, calidad comestible y unos trabajadores, y esto no es ningún sarcasmo, que siempre me han parecido de lo más agradables. cómo les deben motivar para contestar a las tediosas preguntas que nosotros, consumidores desorientados algo hartos de que los jefecillos de marketing insistan en cambiar los productos de sitio, solemos hacerles? dudo que me hubieran dado un puesto de trabajo a mi…

sábados por la mañana es el dia en que nos juntamos vecinos y extrarradio. qué gran dia para hacer la compra!
el grupo, es sin duda, de lo más variopinto: las abuelas que se levantaron a las siete para poder comprar la barra de pan caliente, las familias que, en comunidad, llenan carros imposibles, los que sólo quieren una lata de coca-cola para sobrellevar la resaca y yo, que no soy abuela todavía, no suelo llenar los carros de la compra porque luego lo acabo tirando todo y no bebo coca-cola.
así que otro sábado más, otra experiencia mercadona en mi vida.
a eso de las diez, única forma de ahorrarme algo de cola para pagar, uno de los pasillos menos concurridos es el del los vinos y alcohol en general. precisamente el que utilizo para ir de la sección verduras, digámosle punto A, a la sección lacteos, o sea punto B, en el menor tiempo posible y sin toparme con demasiados clientes indecisos.
al acceder al pasillo, ese sábado, me fijé en un hombre alto y corpulento, con aspecto de haber dormido poco, admirando la gran variedad de ofertas de cervezas. en circunstancias normales, le habría dado un rápido repaso y hubiera seguido con mis tribulaciones sino fuera porque el pobre hombre estaba escondiendo dentro de su chaqueta de piel polvorienta y rasgada, un par de botellas de whisky.
le pillé robando y me pilló mirando.
la situación me hizo gracia. tengo este don: todo me hace gracia hasta que se demuestra lo contrario, así que sonreí y continué con mi compra inacabada. ¿quién no ha robado algo en su vida?
con lo que no contaba era con que el ladronzuelo de whiskies había venido con un amigo al que la situación no le pareció tan graciosa. mi sonrisa desapareció cuando noté que se acercaba directo a mi y sin demasiado titubeo pero con un acento, bajo mi punto de vista, mejorable, susurró:
- tú sabrás lo que haces…

sí, hasta el momento tenía muy claro lo que debía hacer: nada. es decir, acabar de comprar y volver a mi casa.
nos miramos unos segundos. era menos corpulento y más bajito que su compañero pero la cicatriz que cruzaba su mejilla derecha me indicaba que era el momento de comprender rápido sus palabras, con o sin acento, y largarme a otra sección menos conflictiva. así lo hice.
sin embargo su amenaza me había molestado. teniendo en cuenta que eran ellos quien estaban cometiendo una falta, no era más lógico que les hubiera amenazado yo? otra ironía de la vida sin resolver.

a los veinte minutos salí cargada de bolsas, empezaba a llover y el “tú sabrás lo que haces” seguía resonando en mi cabeza de forma aguda pero crónica.
fuera, apoyados a una farola, junto a un par de niños que jugueteaban con los primeros charcos de la lluvia, estaban los dos amigos compartiendo un cigarro. intenté pasar desapercibida, pero no lo conseguí.

- eh tú! – gritó el de la cicatriz en la mejilla.
se acercó de nuevo y de su bolsillo sacó una barrita de chocolate que puso dentro de una de mis bolsas.
- por ser buena chica.

se rieron, apagaron el cigarrillo y volvieron a entrar al supermercado. esta vez, su acento me pareció mucho más pulido.