14 junio 2010

Después de pagar a los abogados, aún me quedó algo de dinero para poder comprar una casita. Pero me atrajeron más las posiblidades de cambio que ofrece el alquiler. De alguna manera, mi vida en este dúplex de juguete me parecía un adecuado maridaje de temperamentos. Oh..., te horrorozaría... Todo este mobiliario de madera conglomerada desafía el lema de tu padre: "La calidad de los materiales lo es todo." Pero lo que a mí me atrae de ellos es, precisamente, ese aspecto de precariedad que entrañan.
Todo es precario aquí. La empinada escalera que lleva al segundo piso carece de barandilla, con lo que mi ascensión para irme a la cama por las noches, después de haber bebido tres copas de vino, es un un tanto excitada por el efecto del vértigo. Los suelos crujen y los marcos de las ventanas no encajan todo lo bien que deberían, de manera que todo tiene un aire de fragilidad, de ser poco fiable, como si en cualquier momento la estructura entera del edificio pudiera, simplemente, desvanecerse como una mala idea. Las diminutas bombillas halógenas del piso bajo, que penden de bamboleantes perchas metálicas oxidadas, colgadas de un cable eléctrico tendido a lo largo del techo, tienen tendencia a parpadear, y su luz trémula contribuye a crear esta sensación de "ahora caigo, ahora me levanto" que caracteriza mi nueva vida. De modo similar, las entrañas de mi único enchufe telefónico están desparramadas; mi insegura conexión con el mundo cuelga de dos alambres mal soldados, y a menudo se corta.
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En cuanto a la decoración del interior, me sugiere cierta actitud burlona que me parece muy adecuada. La planta inferior está pintada chapuceramente de un amarillo rabioso y desagradable, a base de torpes brochazos que no llegan a cubrir por completo la anterior pintura blanca, que reaparece como si se tratara de rayas trazadas con tiza. En el piso de arriba, en mi dormitorio, las paredes han sido pintadas torpemente de color azulverdoso por un aficionado que utilizó una esponja, y el conjunto recuerda los chafarrinones de un estudiante de primaria. No es posible sentir esta vacilante casita como real. Y yo tampoco me siento real dentro de ella.

Tenemos que hablar de Kevin, Lionel Shriver

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